Sueños y añoranzas de partidos y conciertos

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18 de abril de 2020  

Del sueño de anoche apenas recuerdo un fragmento. Estábamos con mi viejo y mi amigo Dante, llegando a la cancha de Racing. Mi viejo tenía su boina característica; Dante, el gorrito compañero que su viejo le regaló cuando salimos campeones en 2014. Se jugaba un clásico y aunque habíamos llegado temprano, nos estaban haciendo esperar demasiado en la fila sobre la calle Italia, se estaba amontonando bastante gente y había personas mayores y niños pequeños. Entonces discutíamos un poco con un policía, hasta que abrían el paso, nos cacheaban y nos reencontrábamos en la esquina de la calle Milito con César, el papá de Dante, y mi ahijado, Rodrigo, que venían un poco más atrás. No recuerdo mucho más, pero me desperté sin que hubiéramos entrado siquiera al estadio. Sin embargo, la sensación era muy vívida. Porque, detalles más o menos, es una escena que forma (me niego a decir "formaba") parte de mi vida cotidiana, al menos, una vez cada quince días.

Hace un rato, un colega muy querido, Sergio Sánchez, posteó: "Daría todo por ver un Patronato-Aldosivi". Y yo evoqué enseguida a los amigos que en estos tiempos de abstinencia futbolística se colgaron viendo (y comentando por WhatsApp como si fueran en vivo) partidos de mundiales pasados, a los que compartieron las definiciones mano a mano de la Major League Soccer en los 90 y hasta en ese otro que se puso a ver partidos de la liga nicaragüense por streaming. Pero a la mañana, apenas me desperté de ese sueño, lo que realmente extrañaba era esa sensación de llegar a la cancha. Y también, ya dentro del estadio, encontrarme con todos los compañeros de platea. Esa cofradía que es una especie de familia extendida. Pensé en el Doctor Rainone y su hijo Franco, pensé en los Rinaldi, que se sientan a la izquierda de mi viejo, pensé en la señora Norma, su hijo Ricardo y sus nietos Matías y Noelia, de la fila de abajo. Pensé en el señor canoso de unas filas más allá, que tiene un negocio de fotografía y en su hijo, que a veces lleva el modelo de Adidas del año 2000; también en esa otra señora que no solo es vecina de la platea sino que vive a dos cuadras de casa y tiene un mapa de los comercios que comparten el fanatismo por la Academia en Villa Crespo (la farmacia de Padilla, la imprenta de Acevedo). Pensé en los festejos con Martín y Alberto Gerding, el fanático número uno de Iván Pillud. En el Polaco y sus hijos, en diagonal, varias filas más abajo, del otro lado del pasillo. En esos treinta o cuarenta rostros que vengo viendo desde hace más de tres décadas. Y de los encuentros, a la salida, con los amigos que van a otros sectores: con Diego y su hijo Joaquín, con Pablito, Ezequiel, Maxi, Marcial y sus amigos. A veces, con Carlos, a veces con Pedro, a veces con Mariano. Siempre con análisis rigurosos, a veces con debates acalorados.

Este verano, mi ahijado dudaba entre renovar el abono a la platea o ir al sector de socios. Cuando me avisó que se había decidido a conservar su butaca me alegré mucho, porque nos asegurábamos de vernos al menos cada quince días y compartir un rato para, además de ver el partido, charlar con regularidad de libros, de la vida y de todo lo demás. Pero, también, me parecía una gran inversión: además del campeonato y la copa de la Superliga, íbamos a jugar la Copa Libertadores. Más partidos de un Racing con una estabilidad que supera la buena racha, más chances de felicidad. Ya tenía marcado en el calendarios la fecha de los partidos por la Copa, como citas impostergables.

En mi agenda mental también tenía reservada, desde el verano, la noche de hoy. Pensaba ir al expo-concierto de Alfonso Barbieri en Roseti, un sitio mágico, usina de proyectos artísticos de vanguardia. Una especie de Knitting Factory en el corazón de Chacarita, donde podés, por ejemplo, ver a músicos de free jazz interactuando con bailarines y poetas. Hoy, allí, hubiera sido la presentación del nuevo libro de Alfonso, que compila collages realizado entre 1993 y 2019 y tiene un prólogo, poético y certero, de Adrián Dárgelos: "Un mundo en suspenso, fraccionado y habitado en lo minúsculo. Poblado de seres posibles y, tal vez, reales que no responden a una sola naturaleza, ni a una misma imaginación." Pensaba mostrar su obra, que incluye unas chalinas preciosas que adaptadas acaso pueden funcionar como tapabocas chic, y pensaba estrenar algunas canciones nuevas. Pero, aunque Roseti está cerrado, es momento de bancar más que nunca a los espacios (¡vaya paradoja!) independientes. Por eso, hoy a las 20, los invito a conectarse por Instagram (@rosetiespacio) para ver la charla concierto de Alfonso. En la bio de su cuenta encontrarán un link para colaborar y, a cambio, tomar unas pintas de cerveza artesanal cuando reabran. Será un hermoso encuentro, en el mejor refugio que se me ocurre para estos tiempos: el arte y los abrazos virtuales.

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