
Titanes en el ring en la Feria del Libro
En el templo del papel, hicimos un papelón. Fue durante la inauguración de la Feria del Libro, y rescato la escena porque resulta una metáfora perfecta de la Argentina. Ante editores nacionales e internacionales, escritores y nobles libreros, un funcionario politizó su discurso y fue ovacionado por una barra de militantes que había traído para la ocasión. Luego un funcionario de la Ciudad le respondió con dureza y otra barra bullanguera pero de ideología contraria lo apoyó con fervor exagerado. Al final apareció el ministro de Educación del gobierno de Cristina Kirchner y echó más leña al fuego: la primera barra no lo defraudó. Cuando este show de proselitismo llegó a su fin, las dos "hinchadas" se retiraron masivamente, como si ya no fuera necesario quedarse a escuchar nada más. Total lo que faltaba era lo único importante: las palabras de Luis Gusmán, un gran escritor argentino que leería un texto entrañable. Pero, ¿a quién le importa la literatura?
Al final de esta ceremonia, los editores extranjeros parecían perplejos: en ninguna feria del mundo se ve semejante esperpento político. Al contrario, las disputas domésticas, las pulseadas de izquierdas y derechas en España, Alemania, Brasil, Chile o México siempre quedan congeladas por la cultura, que es sagrada y ecuménica. Muchos argentinos, en cambio, salían esa noche de la sala como de una violación: humillados y doloridos. Un escritor kirchnerista intentó levantarles el ánimo: "Estuvo bueno porque fue un debate abierto". El problema estriba precisamente en que no se trató de ningún debate; sólo de un diálogo de sordos que se vanaglorian de sus diatribas. A estas alturas de los hechos, hay que agradecer que las "patotas" no hayan interferido en las presentaciones de libros, como ocurrió en otras ediciones. Pero la Feria se ha transformado igualmente en un castillo de habitaciones cerradas, donde se llevan a cabo misas laicas para distintos fieles. Que salen contentos, con la fe renovada y el odio bien templado. La Feria contiene esas dos islas, esas dos Argentinas encapsuladas, donde no hay puentes ni propuestas ni discusiones francas. Sólo insultos agazapados y enemigos irreconciliables. "¿Por qué llegamos a esto?", se preguntaba Jorge Lanata ante el silencio del auditorio: fue al final de su entrevista pública y cuando, en un raro momento de intimidad, estábamos hablando de las cosas que lo hacían sufrir. ¿Cómo llegamos a este encono que ahora enfrenta a familias y amigos?
Unos días antes, presenté allí mismo el libro sobre La Cámpora con uno de los analistas más lúcidos y moderados: Eduardo Fidanza. Alguien que nunca se deja arrear por las cegueras ideológicas. Entre bambalinas lo felicité por un artículo que había escrito; su diagnóstico era estremecedor: vivimos la descomposición política del país. Yo también leo, con igual interés, a intelectuales kirchneristas moderados y lúcidos. Ellos creen y argumentan, al contrario, que vivimos un reverdecer de la política. Un lector pone frente a frente los artículos de unos y de otros y piensa ingenuamente que alguno de los dos está loco o equivocado. Hasta que comprende que unos y otros no juegan el mismo deporte. Unos juegan con la mano y con pelota ovalada, y los otros juegan con el pie y con pelota redonda. De lejos parece que todos están en la misma cancha, pero de cerca uno percibe que se hablan desde estadios distintos y remotos. El conflicto no lo presentan estos intelectuales bienintencionados. Sino los obtusos fanáticos de una y otra vereda. Aun así, si uno pudiera despejar las broncas y la mala fe, vería que las dos Argentinas tienen efectivamente concepciones antagónicas. Una Argentina cree en una democracia plural y republicana, con división de poderes, respetos institucionales, bipartidismos y alternancias. Y la otra Argentina cree en un movimiento nacional perpetuo que corra los límites de la política, se convalide en las urnas, pero se eternice en su lucha patriótica contra las corporaciones y contra la concepción burguesa de la democracia. Supongo que un revisionista reduciría todo esto a la eterna lucha entre liberales y nacionalistas: en ambas facciones hay izquierdas y derechas, idealismos, causas loables y miserias.
Sin vasos comunicantes ni vocación por entender ni respetar al otro, en una escalada sin fin, las elites políticas se alimentan a sí mismas, se hablan en circuito cerrado y se van distanciando de la realidad. La mayoría del público mira el triste y amenazador espectáculo desde las butacas. No es que carezca de opinión ni de compromiso. Es que a veces siente que se trata de un capítulo de Titanes en el ring . Ese despliegue agresivo, sin embargo, cala con su odio abrasador en ciertos sectores de la sociedad. Y ya sabemos que el odio es enemigo del pensamiento.
Aunque Lanata se ríe de unos y otros, y tiene la coraza del periodista y el humor negro de los cirujanos, comprobé el otro día que se le llenaban los ojos de lágrimas. Fue cuando hablamos de la división argentina y de cómo lo conmovía la gente común, a la que le roban, le mienten y la quieren manejar como manada de reses bípedas. Dividir al pueblo debería figurar como "traición a la patria" en la Constitución Nacional. Y crear una tercera Argentina, donde debatir sin puñaladas, debería ser un imperativo moral para escapar de esta peligrosa Feria de las Intolerancias.







