Viaje de Pérez-Reverte al corazón de un país

Verónica Chiaravalli
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9 de diciembre de 2019  

"Entonces estuvo nuestra patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico: que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: 'Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana'" (Ángel Ganivet). "España es un país formidable, con una historia maravillosa de creación, de innovación, de continuidad de proyecto... Es el país más inteligible de Europa, pero lo que pasa es que la gente se empeña en no entenderlo" (Julián Marías).

Ambas citas -entre tantas otras que dan comienzo al libro- marcan el tono (irreverente y a menudo hilarante) y el arco estético (de la gloria al esperpento) que Arturo Pérez-Reverte eligió para acometer, en Una historia de España, la tarea de narrar aquellas vicisitudes que eslabonaron el pasado de su gente y de su tierra.

Dos obras dedicó este año el autor a la memoria de luces y sombras españolas, territorio que domina con pericia magistral. La estrictamente histórica es fruto de la recopilación de sus publicaciones periodísticas durante más de cuatro años y ya lleva al menos diez ediciones. Así cuenta en ella, por ejemplo, los albores de España: "Estaba habitada por un centenar de tribus, cada una de las cuales tenía su lengua e iba a su rollo. Es más: procuraban destriparse a la menor ocasión, y solo se unían entre sí para reventar al vecino que era más débil, destacaba por las mejores cosechas o ganados, o tenía las mujeres más guapas, los hombres más apuestos y las chozas más lujosas. [...] Envidia y mala leche eran marca de la tierra ya entonces, cual reflejan los más antiguos textos que nos mencionan".

El otro volumen es una fascinante novela de aventuras: Sidi -un relato de frontera, lo presenta el escritor-, que recrea batallas y campañas del Cid Campeador con una prosa vibrante y una penetración psicológica capaz de tocar la fibras más sutiles del alma lúcida, la que conoce su propia oscuridad, la acepta sin hipocresías y la mantiene a raya con un estricto y personalísimo código de conducta, porque sabe que la traición íntima es la madre de todas las traiciones.

"Hay muchos Ruy Díaz en la tradición española y este es el mío", afirma el escritor en páginas preliminares. Y lo que el suyo logra es, a la vez, la carnadura de un personaje real y la esencia de un arquetipo: del héroe griego al vaquero del western. "Jamás desde que guerreaba había ordenado a un hombre algo que no fuera capaz de hacer por sí mismo. Eran sus reglas. Dormía donde todos, comía lo que todos, cargaba con su impedimenta como todos. Y combatía igual que ellos, siempre en el mayor peligro, socorriéndolos en la lucha como lo socorrían a él. Aquello era punto de honra. Nunca dejaba a uno de los suyos solo entre enemigos, ni nunca atrás mientras estuviera vivo. Por eso sus hombres lo seguían de aquel modo, y la mayor parte lo haría hasta la boca misma del infierno". Así es Sidi.

Dos reflexiones que van más allá de la epopeya literaria (abundan, en verdad, y cada lector hará propia la que le cuadre). Antes del decisivo combate que deberá enfrentar el señor de Vivar (ecos de pesadillas bélicas shakespearianas), el rey de Zaragoza, a cuyas órdenes combatirá el hidalgo, le hace notar al guerrero un punto de su ética cuasiaristotélico: "Solo es importante el final de las cosas" (no confundir con aquello de que el fin justifica los medios), y agrega un anhelo perturbador: "Es lo que desearías cuando llegue, ¿verdad?... Un final que lo confirme todo". Luego, un valiente soldado de Ruy Díaz será insultado por el enemigo de este modo: "Hombre estúpido de lealtades equivocadas". Palabras hirientes que, sin embargo, nos ponen en guardia: estupidez y error suelen ir juntos. Y nadie está a salvo de llevarlos como indeseables e inadvertidos compañeros de viaje, aunque solo sea un trecho del camino.

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