
Mohines y muecas del optimismo
Cuando Marcelino Quevedo y Pigall definió al optimismo como un estado alterado de la naturaleza humana, hace diez días, media Universidad de Salamanca lo abucheó. Filósofo racionalista, así reconocido por las enormes raciones de callos a la madrileña que jalonan sus ingestas, Quevedo y Pigall parece ahora coincidir con el sofista Protágoras, para quien el optimismo no era la savia dulce del cáñamo de la personalidad, como pretendía Empédocles, aun sobrio, sino una vulgar impostación del carácter.
Hagamos una pausa. ¿Qué significa eso de impostación del carácter? Para Soren Kierkegaard, el carácter halla en la amargura su mejor nutriente y cuanto más agrio se manifiesta, cuanto más hiede a ácido sulfhídrico, más posibilidades tiene el individuo de alcanzar las metas que se ha fijado. Dicho sea de paso, cuando su colega florentino Giussepe Dregal le preguntó si tal postulado se cumplía también en el caso de que una de las metas fijadas fuera el amor, Kierkegaard demostró cuán vitriólico podía ser: "Querido, no me haga preguntas mariquitas", le espetó.
De modo que si se acepta que el hombre es naturalmente amargo, como también suponía Arthur Schopenhauer, fácil es discernir que toda desviación hacia el tono jocundo y hacia el optimismo puede -y debe- considerarse una impostación del carácter. La premisa encuentra sólido sustento en Witold Zourholdhott, cuyo imponente Tratado de las ideas controversiales , en once tomos, llevó a su editor a la ruina económica, luego al ajenjo, al pase inglés y finalmente al suicidio. El tomo 4 dedica ochocientas páginas al análisis de por qué, en el Pleistoceno, los pitecantropus pesimistas constituían ya cómoda mayoría. Dice el autor: "Por múltiples razones, que expondré en el tomo 5, el homo habilis y sus herederos denotaron clara inclinación al escepticismo y forjaron una línea de pensamiento que promueve el triunfo del fracaso".
Hagamos una pausa. ¿No es paradójico eso de pretender que el fracaso triunfe? Desde Georg Hegel, la filosofía otorga al fracaso entidad logística y eleva a la categoría del pronóstico axiomático el tan mentado y persistente esto no va a andar , latiguillo por demás ubicuo que consagra el anhelo de frustración. Roscoe Madison considera que la proclividad al mal augurio y al pesimismo provienen de la desconfianza que los hombres se prodigan con malicioso encomio: "Ningún escarabajo estercolero considera su peor enemigo a otro escarabajo estercolero, y este fenómeno -subraya- se repite en todos los otros niveles de la zoología, excepto en el nivel superior. El ser humano desconfía de todo otro congénere, y como lo sospecha taimado, vuelca contra él su rencorosa agresividad".
La difusión de una encuesta de la agencia Gallup (de la que LA NACION dio cuenta el viernes 2) agregaba todavía más respaldo a la tesis de que el optimismo es un estado alterado de la naturaleza humana, poco compatible con la razón pura: la compulsa ubica a la Argentina en el octavo lugar entre los sesenta países más optimistas del mundo. El diario salamanquino Decíamos Ayer publicó el lunes 5 una solicitada de desagravio al filósofo Quevedo y Pigall: quienes lo habían chiflado se reconocían avergonzados y arrepentidos. El optimismo es, nomás, una mueca amable en el rostro de la contemporánea alienación.




