
Monarquías, gastos y excesos bajo la lupa
Las casas reales de Europa empiezan a adecuarse a los tiempos de crisis. Acorraladas por denuncias de corrupción o alertas al mal humor social que despiertan sus privilegios en sociedades crispadas porun ajuste forzoso, acceden a los reclamos de transparencia y se someten a los recortes de gastos extraordinarios
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La expresión noblesse oblige , o nobleza obliga, ya no se aplica sólo a la sangre azul. En la visión actual de la economía moral, todo rico, famoso o aquel tiene algún tipo de poder debería ser consciente de que el privilegio conlleva responsabilidades –ver Bono en Africa o Angelina Jolie en todas partes, para citar los ejemplos más divulgados. De ellos se espera un comportamiento ejemplar o al menos que superen los estándares mínimos de decencia.
Cuando esa norma explícita e implícita no se cumple –y, sobre todo, si los que no la respetan son personajes que disfrutan de beneficios extraordinarios heredados de otras épocas, cuya supervivencia depende en buena parte del beneplácito del público– la indignación puede ser explosiva. Ni qué hablar si se trata de un caso de malversación de fondos y el fraude se conoce en medio de una crisis económica que paraliza al país y golpea especialmente a los que menos tienen.
Como en España, con Iñaqui Urdangarín, duque de Palma y yerno del rey, el caso que reactualizó el debate sobre el futuro de las monarquías en Europa. Alto, rubio, deportista olímpico, casado con la infanta más linda y con una prole de niños rubios siempre vestidos "conjunteados", como dirían los españoles, era una imagen perfecta para un país que pretendía unir tradición con dinamismo y vanguardia.
Cuentas poco claras.
Pero los medios sacaron a la luz las sospechas y la justicia encontró razones para probar su participación en un caso de corrupción. Y aunque la palabra final la tendrá la justicia, el mal humor social fue tal que el rey, por primera vez en la historia del país, hizo públicas las cuentas de la casa real para transmitir mayor transparencia y aplacar los ánimos. La prueba de cuán caldeados estaban esos ánimos nadie la dio mejor que el Museo de Cera de Madrid. Rápido de reflejos, retiró la estatua de Urdangarín del podio de la familia real con lo que, inmediatamente, volvió a subir la asistencia del público.
Pero escándalos reales no hubo sólo en España; desde tráfico de influencias a sospechas de evasión fiscal pasando por enriquecimientos prodigiosos y gastos llamativos, ha habido de todo un poco. El problema es que ahora esas noticias son como una bofetada en la cara de los ciudadanos llamados a aceptar el ajuste de la crisis.
Razón suficiente para que hoy las monarquías acepten también su propio ajuste. "Hoy están todas en el camino de hacer cada vez más transparentes sus cuentas, de reducir gastos y de reducir la cantidad de miembros de la familia real que reciben algún tipo de beneficio", explicó a La Nación Herman Mathijs, profesor de Finanzas Públicas de la Universidad Libre de Bruselas y de la Universidad de Gent y autor, desde 2007, del único trabajo comparativo exhaustivo de las finanzas de las distintas casas reinantes.
Algunos ejemplos de lo que está pasando: en el Reino Unido, el gasto de los contribuyentes británicos para mantener a la monarquía comenzó a bajar un 5.3% en 2010, y para 2015 estiman que la familia real seguirá ajustándose otro 9%. Según la cadena de televisión estadounidense ABC, la situación ha llegado a tal nivel que la reina incluso aprobó un proyecto que considera alquilar para eventos salones del Palacio de Saint James durante la realización de los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Por las noches, la reina camina por el palacio apagando las luces y guarda los sobres que recibe para volver a utilizarlos en la comunicación interna, según le contó a esta redactora la novelista Una-Mary Parker.
También en el Reino Unido.
Además, el Estado británico no financiará las actividades oficiales de los duques de Cambridge, Guillermo y Kate. Así, la seguridad, viajes y actividades oficiales de la pareja pasarán a ser pagadas por el príncipe Carlos hasta que se convierta en rey y Guillermo sea el nuevo príncipe de Gales.
Algo había que hacer para dejar atrás episodios comprometedores. Como los que protagonizó el príncipe Andrés, el segundo hijo varón de la reina Isabel, con la venta del que fue su nido de amor con Sarah Ferguson por 19 millones de euros en una operación poco clara por la que se lo acusó de haber explotado su condición de embajador del comercio británico, cargo que ya no ejerce desde que se publicaran fotos de él paseando con un millonario americano que había estado en la cárcel por pedofilia. Meses después, su ex, Sara Ferguson, fue grabada con una cámara oculta mientras aceptaba un soborno. En el video publicado por el extinto tabloide News of the World, se veía a "Fergie" recibiendo 575.000 euros de un periodista convertido en supuesto empresario a cambio de concertar una entrevista con el príncipe Andrés.
En Holanda, en tanto, los príncipes Guillermo y Máxima pagaron una parte de la casa que mandaron a construir en Mozambique a un agente inmobiliario de dudosa reputación. Si bien Guillermo y Máxima abonaron sus impuestos, el intermediario disponía de una cuenta en un paraíso fiscal. La propiedad está ahora a la venta tras la polémica que provocó su compra en un país donde se espera que la austeridad atraviese la sociedad de arriba abajo. Por lo pronto, el mantenimiento del yate (150.000 dólares anuales), los viajes en avión y las exenciones impositivas ya son sólo tres de los aspectos económicos que se discute eliminar de los beneficios de los que goza la familia real. El opositor y derechista Partido de la Libertad solicitó al gobierno que sólo se financien los gastos de representación de la reina Beatriz y de su heredero Guillermo. Otros, más laxos, buscan que los gastos incluyan a Máxima, pero a nadie más. El primer ministro holandés, Jan Peter Balkenende, anunció que examinaría "de forma crítica" el presupuesto, pero los primeros recortes ya se implementaron: sólo se financiarán los pasajes en avión de la reina, de Guillermo y de Máxima; los restantes integrantes familiares deberán pagarlos con fondos de los Orange.
En Bélgica, Lorenzo, el tercer hijo de los reyes Alberto y Paola, acaba de ser objeto de un documental que lo muestra, según las críticas, "con una pasión enfermiza por el dinero". En 2007, fue acusado de desviar fondos de la marina para mejorar su coqueto chalet y, aunque fue exonerado, Alberto II decidió que los beneficiarios del fraude deberían devolver el dinero. Pero, como todo padre sabe, hay hijos que no aprenden: este año, Lorenzo realizó un viaje al Congo con la excusa de un lucrativo proyecto de deforestación. Bélgica mantiene relaciones tirantes con esa nación y el viaje había sido vetado por la plana mayor del gobierno belga y por el rey. Por desobediente, Alberto le puso de penitencia seis meses alejado de las actividades oficiales.
Probar que valen cada centavo
Todo esto vuelve poner en el candelero la pregunta de si vale la pena mantener una institución tan anacrónica para muchos como la de los reyes ya bien entrado el siglo XXI. Al respecto, Peter Conradi, autor de Europe Royale explica que existen tres grupos en toda monarquía constitucional. Uno republicano a ultranza, para el cual es una cuestión de ideología que no haya gente con privilegios. Otro grupo es monárquico a ultranza. Y hay una gran masa a la que la cuestión no le interesa en absoluto o está abierta a ser persuadida en una dirección o la otra. Son ellos quienes, cuando se les toca el bolsillo, miran con mayor atención hacia dónde van sus impuestos y pueden exigir un cambio en el statu quo. El tema parecería ser, entonces, mostrarle a este tercer grupo que los monarcas son lo que los norteamericanos llamarían value for money. Es decir, que a pesar de los gastos concretos que implican para la población, vale la pena mantenerlos por lo que hacen por el país y el bienestar general, sea con actos de beneficencia, promoción de la industria o a nivel simbólico. Y cada vez más esto incluye también la necesidad de mostrarse o más económicos y austeros de lo que se imagina el contribuyente, bien transparentes en sus gastos o, idealmente, ambas cosas.
Al respecto, en el ranking de Mathjis, Gran Bretaña y Holanda son las monarquías más caras, pero también aquellas en donde el ciudadano mejor puede saber a qué se destina cada centavo de sus impuestos. En cambio España, si bien es de las monarquías menos onerosas para el contribuyente, en 2011 se encontraba a la cola en transparencia, razón por la cuál la decisión del rey de mostrar los números de la casa real fue tan revolucionaria.
Pero el público va por más. "Este caso va a tener un impacto muy grande para la sociedad española, sobre todo en cómo ve el papel de la monarquía dentro de un estado moderno. La casa real publicó un resumen de sus ingresos y mucha gente quiere ver un desglose más profundo. Este proceso de acabar con la impunidad de las figuras más importantes del país, políticos, banqueros, empresarios, es lo que impulsaba el movimiento de los indignados y el caso de Urdangarín podría convertirse en más leña para ese fuego", sostiene Mike Elkin, corresponsal de Newsweek. Y subraya: "España está metida en una crisis económica muy fuerte. Ver a un privilegiado robar dinero público va a levantar voces desde los más fieles defensores de la monarquía".
Consecuencias de los excesos
De hecho, muchos de los que siempre se reconocían como monárquicos constitucionales –o al menos "juancarlistas", defensores del rey al que se le sigue reconociendo su papel fundamental en defensa de la democracia ante el golpe militar– pasaron a definirse como "republicanos de derechas". Y de hablar en términos de "el duque de Palma", o el cariñoso "Iñaqui" pasaron a referirse al marido de la infanta Cristina como "el Urdangarín".
Pero los efectos del caso van más allá. Siempre se habló de un "pacto de silencio" que moderaba a los medios en la información que publicaban sobre el monarca español. La democracia honró así la deuda de gratitud que tenía con el rey Juan Carlos, que había salido en su defensa ante la intentona golpista de 1981. Tal fue la protección de que gozó la familia real, un velo de pudor y una veda informativa impensables en otras monarquías, que para muchos fue hasta sorprendente que saliera a la luz el tema Urdangarín en los medios. "Hay quienes lo ven –dice Giles Tremlett, autor de Ghosts of Spain y corresponsal de The Economist y The Guardian– como una señal al príncipe Felipe, en el sentido de que debe manejarse con enorme prudencia porque el control de los medios sobre la familia real, después de Juan Carlos, posiblemente será mucho más implacable que lo que fue en el reinado actual."
A futuro, más allá de las tendencias marcadas por Mathjis, nadie puede estar seguro de qué va a pasar. Pero de continuar la crisis económica y la crispación que genera, no sólo los ciudadanos de a pie estarán preocupados por sus ingresos: a otra escala, por supuesto, los royals de todo el continente van a tener que hacer lo mismo.
De todos modos, hay quienes insisten en que ya todo esto empieza a ser irrelevante en un mundo en que la verdadera realeza de hoy en día, con la pompa, la influencia y el poder simbólico son las estrellas de Hollywood y las celebridades internacionales. Pero nadie garantiza que un reemplazo por éstas necesariamente mejore las cosas. Después de todo, hasta el mismísimo Bono tuvo problemas cuando se instaló la sospecha de que dejaba la Irlanda de su "Sunday Bloody Sunday" como residencia oficial por cuestiones impositivas.




