
Mujer, varón frustrado, y otros absurdos
Por Enrique T. Bianchi Para LA NACION
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El 7 de diciembre de 2006 se conoció un informe anual del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo que, redactado por un equipo de expertos árabes, hace de la promoción de las mujeres "una condición sine qua non del renacimiento árabe" y pide a los países del área que tomen medidas de "discriminación positiva" en favor de éstas. Después de analizar la situación en economía, educación y salud pública y de diferenciar según regiones y países del mundo árabe, estima que la religión musulmana no es responsable directa de la desigualdad, sino que los conflictos, las ocupaciones extranjeras, el terrorismo y la dominación de las sociedades por "fuerzas políticas conservadoras e inflexibles" que protegen "las culturas y valores masculinos" son los obstáculos para la liberación de las mujeres.
Sin embargo, el informe aboga por una revisión de la "jurisprudencia islámica", o sea, la interpretación del Corán, para que ésta tome más en cuenta la evolución de las sociedades.
Veamos algunos ejemplos de lo que decían eximios pensadores -llamados por eso "doctores de la Iglesia"- en el área que llamamos Occidente y en lo concerniente a la mujer. Nos permitirá apreciar cuál era el estado de cosas que nos antecedió. Todos ellos se inspiraban en el apóstol Pablo, que afirmaba, sin vueltas, la jerarquía entre los sexos: "Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer" (Ef. 5, 22/33); "Cristo es la cabeza del hombre, la cabeza de la mujer es el hombre" (1 Cor. 11, 3). San Agustín no dudaba: la mujer no es imagen de Dios. "Ella no lo es, porque le está prescripto cubrirse la cabeza, cosa prohibida al hombre porque él es imagen de Dios" (De Trinitate, XII, V, 5). El hombre, él sólo, representa a lo divino. La mujer, en cambio, solamente cuando está asociada a su marido (íd., XII, VII , 10). El varón es la ratio superior, la mujer la ratio inferior.
San Alberto Magno, introductor del aristotelismo: "La mujer es menos apta para la moralidad [que el varón] porque ella contiene más líquido que el varón y propiedad del líquido es la de recibir con facilidad y retener mal.[...] Cuando la mujer hace el acto sexual con un varón, desearía yacer en ese mismo instante bajo otro varón, si ello fuera posible. La mujer no tiene ni idea de lo que es la fidelidad. ¡Créeme! Si depositas tu fe en ella, te sentirás defraudado [...] sus sentimientos empujan a la mujer a todo lo malo, como la inteligencia mueve al hombre hacia todo lo bueno" ( Quaestiones super de animalibus XV, q. 11).
Santo Tomás de Aquino, discípulo del anterior y el más grande filósofo y teólogo de la alta Escolástica, también seguía a Aristóteles y a su idea de que la mujer es un varón frustrado; sostenía que la mujer está en el mundo, no para complementar en general al varón -pues "para otras obras podían prestarle mejor ayuda los otros varones"- sino sólo para ayudarle en la procreación (S.Th., I q. 92 a.1). En relación a la naturaleza particular, o sea, respecto de la naturaleza del varón, la mujer es algo deficiente y ocasional. Está sometida al varón en el orden doméstico y civil pues con esta sujeción, la mujer fue puesta bajo el marido ya por el orden natural, puesto que la misma naturaleza dio al hombre más discreción en su razón. La mujer es más débil que el varón y, por tanto, más apta para ser seducida (S. Th. I q. 92 a.1 y II-II, q. 165, a.2). La sobriedad es más necesaria en la mujer, pues no hay vigor mental suficiente en ella para resistir a la concupiscencia (S. Th. II-II, q. 149, a.4). Ya San Isidoro de Sevilla había explicado que la voz fémina deriva "de la fuerza del fuego, porque su concupiscencia es muy apasionada: se afirma que las hembras son más libidinosas" (Etymologiarum, XI, 2, 24).
Mucho tardó Europa en desembarazarse de estos prejuicios. Hoy podemos ver cómo dependían de atavismos culturales de los que ni siquiera quienes los enunciaban eran conscientes, inmersos en sociedades patriarcales donde la primacía masculina era casi un dogma que encubría un oscuro temor frente a lo femenino. Algo así puede estar pasando -dicen los que saben- en una parte (no en la totalidad) del mundo de fieles sujetos al Corán (o, quizás, a una cierta lectura arcaica de éste). En todo caso, podemos anhelar que otras interpretaciones florezcan.






