Muñoz Molina, el último caminante

Víctor Hugo Ghitta
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30 de junio de 2018  

Ya lo hicieron antes Whitman y Poe, Pessoa y Baudelaire, y tantos otros autores que encontraron en sus ciudades el espejo donde se reflejaban las hermosuras y las atrocidades del mundo. Ahora el paseante es Antonio Muñoz Molina, el fabuloso autor de El jinete polaco y Sefarad, cuyo personaje central, provisto de lápiz y papel y una pequeña grabadora, colecciona imágenes y voces capturadas al azar, según adonde lo lleve la deriva urbana, con el ánimo del registro documental y también el de la denuncia social. En medio de tantos gestos de bienvenida, hay quienes han querido tender un puente entre Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) y Poeta en Nueva York, de García Lorca. No es poco. Uno de los más grandes autores en lengua castellana de nuestro tiempo, cuya obra trae siempre una agudeza de observación y un don poético poco frecuentes, Muñoz Molina lo ha hecho de nuevo, él mismo portavoz de esa literatura que tanto admira, la que lo pone "en pie de guerra con el mundo y me refugia de él, y me revela con la misma vehemencia todo su horror y toda su belleza".

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