Nadie quedó al margen de la tragedia educativa

Guillermo Jaim Etcheverry
Guillermo Jaim Etcheverry PARA LA NACION
Existe una gran coincidencia en el país sobre la crisis de la escuela, pero la mayoría cree que sus hijos escapan al deterioro; sin conciencia, no habrá cambios
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25 de noviembre de 2014  

Es curiosa la ilusión que las familias argentinas experimentan a propósito de la educación de sus hijos. Ilusión no en la acepción de atractiva esperanza, sino en la que consigna en primer término nuestro diccionario: "Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos". Si bien hay coincidencia generalizada en que el país atraviesa una difícil situación educativa, la imaginación o los sentidos engañados nos han convencido de que felizmente nuestros hijos, y, más aún, nuestros nietos, han logrado escapar a la crisis cuyos signos advertimos en los demás.

En una encuesta realizada a fines de 2013 por la consultora Voices, comentada en estas páginas por su presidenta, Marita Carballo, alrededor de seis de cada 10 entrevistados poseen una opinión crítica sobre la calidad de nuestro sistema educativo, que consideran regular o malo. En general, siete de cada 10 piensan que esa calidad empeoró o se mantuvo estable en los últimos años.

Pero cuando se investiga la satisfacción de los padres con la educación que reciben sus hijos, el panorama cambia de manera radical. Tanto la mencionada encuesta como estudios recientes del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina indican que casi el 70% de los padres encuestados en 2013 consideran que la calidad de la enseñanza que reciben sus hijos es buena o muy buena. Coinciden en esto los padres de quienes cursan tanto el nivel primario como el medio, los del 25% de menor nivel social y los del 25% de mayor nivel, así como los que envían a sus hijos a escuelas de gestión estatal y los que lo hacen a los de gestión privada. Las diferencias entre los grupos son mínimas, lo que permite afirmar que alrededor de siete de cada 10 padres argentinos están satisfechos con la calidad de la educación que reciben sus hijos. Cuando se les pregunta si los cambiarían de escuela si tuvieran la oportunidad, los resultados son similares: alrededor de siete de cada 10 padres no lo harían. También en este caso la conducta es similar entre padres de alumnos de enseñanza primaria y media, entre aquellos de nivel social alto y bajo, así como entre quienes envían a sus hijos a escuelas de gestión pública y privada.

Esta paradoja esencial explica en gran medida lo que nos sucede en materia educativa: pensamos que la situación del país es crítica, pero cada uno de nosotros está convencido de que nuestros hijos y nietos se han salvado del naufragio general de manera inexplicable, milagrosa, casi sobrenatural. Por eso no nos preocupamos por la situación de los "otros". La encuesta de Voices muestra que sólo uno de cada 20 entrevistados considera prioritaria a la educación entre los problemas argentinos. Confirmando tal desinterés, Marita Carballo comenta que en el reciente estudio del World Value Survey en el que se indaga la medida en que la población está preocupada por no poder dar una buena educación a sus hijos, la Argentina ocupa el puesto 45 entre los 53 países investigados hasta el momento. Cuando se analiza el comportamiento de los países de América latina, se comprueba que está muy preocupado por la educación de sus hijos el 85% de los padres en México, el 75% en Colombia, el 60% en Ecuador, el 53% en Perú, el 45% en Uruguay, el 38% en Chile y sólo el 20% en la Argentina. Es un resultado que no sorprende: la mayoría piensa que sus hijos están recibiendo una muy buena educación.

Que esa convicción es una ilusión lo demuestra el análisis de las evaluaciones de calidad educativa. Más allá de los cuestionamientos válidos que se pueden hacer a estudios de este tipo, las comparaciones a que dan lugar son útiles para trazar un panorama general de la situación de nuestra educación. Por ejemplo, el ya tan difundido estudio PISA, que investiga el comportamiento de jóvenes de 15 años en lo que respecta a la comprensión lectora, el manejo de la abstracción matemática y los conocimientos sobre ciencia, muestra que la Argentina está ubicada al final de la lista de 62 países, más precisamente en el puesto 59. Entre los ocho países de América latina que participaron en la evaluación, ocupamos el 5° lugar en matemática y el 6° en comprensión lectora. Es preciso señalar que este estudio se lleva a cabo en jóvenes que están dentro de las aulas. A los 15 años, muchos de ellos ya las han abandonado, lo que hace que la situación del conjunto de jóvenes de esa edad resulte aún más desoladora.

Pero la comprobación más preocupante surge de la distribución de los alumnos en lo que respecta a los seis niveles en que califica PISA. Por ejemplo, por debajo del nivel 2 de comprensión lectora – el nivel mínimo en el que los estudiantes comienzan a demostrar la comprensión de la lectura que les permitirá participar de manera efectiva y productiva en la vida– se encuentra el 54% de los alumnos argentinos (el porcentaje correspondiente a Brasil es 49%; a Chile, 33, y a Canadá, 11). Algo similar ocurre en matemática: el 67% de nuestros alumnos se encuentra por debajo del nivel 2, que es el que asegura las competencias básicas requeridas para participar integralmente en la sociedad moderna (el porcentaje correspondiente a Chile es 51%, a Canadá, 14, y a Australia, 20).

Quien lea estos datos experimentará a esta altura una seria preocupación por esos pobres chicos en la firme convicción de que los de su familia están entre los "buenos". Lamentablemente, las probabilidades de que eso ocurra son pocas: en el nivel 5 y 6 de alguna disciplina, los más altos de PISA, se encuentra el 0,8% de los alumnos argentinos (en Chile, el 2,2 %; en Canadá, el 22%).

En los países estudiados los mejores resultados en las pruebas PISA son obtenidos por los jóvenes de familias con un índice socio-económico más elevado, por quienes estudian en las escuelas con mayores medios y por los hijos de profesionales. La Argentina no escapa a esto, ya que entre nosotros las mejores calificaciones también corresponden a los alumnos de mayor nivel socio-económico, a los que van a las escuelas más aventajadas y a los hijos de profesionales. Sin embargo, nuestros alumnos de mayor rendimiento tienen un puntaje que es inferior al de los alumnos de menor rendimiento –es decir, los más pobres, los que asisten a las peores escuelas– de alrededor de 30 países en el mundo. En otras palabras, los hijos de nuestra elite tienen peor rendimiento que el de los chicos más desfavorecidos de muchas otras sociedades. Podríamos reproducir el título de un artículo publicado en el diario israelí Haaretz al conocerse los resultados del estudio PISA: "Los hijos de los recolectores de basura de Shanghai tienen un mayor rendimiento en matemática que los de los abogados israelíes". Una comprobación dramática para un país que basa su supervivencia en la ciencia y la tecnología.

Por eso, hay que suponer que los alumnos que ocupan nuestras aulas y que tienen tan serias dificultades deben de ser huérfanos: nadie los reconoce como hijos o nietos. ¿Tendrá la Argentina una tasa tan alta de orfandad juvenil o seremos víctimas de una ilusión educativa, es decir, de una representación sin verdadera realidad causada por el engaño de los sentidos?

Nada cambiará hasta que no reconozcamos la realidad y admitamos que la crisis de la educación se aloja en el interior de nuestros hogares. Pero no sólo en los de los sectores más desfavorecidos de la sociedad –que son los que más ilusión esperanzada aún depositan en la educación–, sino también en los de los más privilegiados, que tienen la inexplicable ilusión de haber quedado al margen de la tragedia educativa.

El autor, médico, fue rector de la UBA y es miembro de la Academia Nacional de Educación

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