Nixon, Kruschev y la cocina de Moscú

Hinde Pomeraniec
Hinde Pomeraniec PARA LA NACION
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27 de julio de 2015  

Nixon en el parque Sokolniki de Moscú, durante la inauguración de una exhibición comercial de productos estadounidenses en julio de1959
Nixon en el parque Sokolniki de Moscú, durante la inauguración de una exhibición comercial de productos estadounidenses en julio de1959 Crédito: The Magazine Antiques

Esa tarde de julio de 1959, en el gran centro de exposiciones del parque Sokolniki de Moscú, durante la inauguración de una exhibición comercial de productos estadounidenses, el vicepresidente Richard Nixon parecía un simpático vendedor de electrodomésticos:

-Mire, quiero mostrarle esta cocina, es como las que tenemos en nuestras casas de California. ¿Ve, por ejemplo, ese lavavajillas?

En el colmo de la exageración, y amparado en los éxitos que la Unión Soviética venía obteniendo en la carrera espacial, el líder Nikita Kruschev lo miró displicente y respondió:

-Ustedes creen que los soviéticos vamos a sorprendernos, pero no. Tenemos todo eso en nuestras casas...

Los intérpretes se apuraban a traducir fielmente palabras que, ante cualquier error, podían desatar un escándalo o una guerra

Mientras flamantes cámaras los grababan para transmitir el ambicioso encuentro, ambos políticos jugaron entre risas largo rato al límite de la provocación, con agitados intérpretes que se apuraban a traducir fielmente palabras que, ante cualquier error, podían desatar un escándalo internacional y, en un caso extremo, una nueva guerra. Nixon destacaba los bienes, la oferta y la capacidad de cada persona de elegir su destino y Kruschev explicaba que ellos podían hacer todo eso y mejor, pero que su mirada estaba concentrada en los temas importantes y no en el consumo. También utilizó los términos "imperialistas", "monopólicos" e "intervencionistas", para calificar a los estadounidenses. Uno y otro buscaban mostrar las virtudes de los sistemas que representaban y cruzaban esgrima retórica, un ejemplo de choque de culturas civilizado entre modos opuestos e incompatibles de entender el mundo, la política, la economía y la sociedad. "Lo bueno de este intercambio es que va a incrementar nuestra comunicación y, así como nosotros vamos a aprender, también ustedes van a aprender algo, porque ustedes no lo saben todo", rió Nixon. "Si nosotros no lo sabemos todo, ustedes tampoco saben nada sobre el comunismo, salvo tenerle miedo...", contestó, irónico, Kruschev.

Cuatro meses antes de ese encuentro, como vicepresidente de Eisenhower, Nixon había recibido al exitoso revolucionario Fidel Castro, quien visitaba Washington por una invitación de la Asociación de Editores de Diarios. Durante su estadía, Fidel llevó flores al monumento a Lincoln y se movió como una estrella de rock, entre abrazos y apretones de manos en las calles. "Yo sé lo que el mundo piensa de nosotros, que somos comunistas, pero yo he dicho muy claramente que no somos comunistas", dijo en un momento. Muy poco después, Eisenhower autorizaba entrenamiento de mercenarios cubanos y el vuelo de aviones espías sobre cielo soviético. Luego vinieron la nacionalización de las empresas estadounidenses en Cuba, el embargo, la crisis de los misiles y una larguísima película de desencuentros y pérdidas que ahora parece llegar a su fin.

Fidel Castro junto al monumento a Lincoln, en Washington (1959)
Fidel Castro junto al monumento a Lincoln, en Washington (1959) Crédito: Corbis

Visto y leído hoy, el "debate" de Nixon y Kruschev -que tuvo lugar a seis años de la muerte de Stalin- fue lo más cerca que se estuvo de derretir una Guerra Fría que finalmente duró décadas y que aún estrena capítulos, como el reciente restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Por estos días, le aseguro, vale la pena leer materiales y ver los videos que se conservan sobre este encuentro. El insólito intercambio se conoce como el "Debate de la cocina" (Kitchen Debate) y ocurrió dentro de una prefabricada montada al estilo de las casas de los suburbios de EE.UU. Al evento de Moscú concurrieron entre dos y tres millones de personas que, luego de hacer colas interminables, pudieron ver lavarropas, jugueras, tostadoras y autos fabricados por el enemigo, así como tomar un vaso de Pepsi, probar maquillajes y cámaras Polaroid, jugar al Monopoly y escuchar la música que se grababa al otro lado del mundo. Los norteamericanos entendían que ésa era la manera de mostrarle a un pueblo sometido cómo se vivía en libertad. Un mes antes, la URSS había llevado su oferta cultural a Nueva York, como parte de un acuerdo que ambos gobiernos habían suscripto en 1958, por el que se comprometían a incrementar el intercambio de ideas e información.

En EE.UU., una foto casual tomada por un fotógrafo de la agencia Magnum fue utilizada para demostrar la indiscutible superioridad estadounidense. En la imagen se ve a un Kruschev envejecido y obeso con los ojos cerrados y a un Nixon vital y enérgico, apoyando su dedo índice sobre la solapa del soviético. La misma foto fue utilizada incansablemente para mostrar el vigor anticomunista de Nixon, quien llegaría finalmente a la presidencia en 1968. La foto no refleja en absoluto lo ocurrido esa jornada, aunque no faltan quienes aseguran que la posibilidad de ver la "libertad de mercado" en casa llevó a muchos soviéticos a abrir los ojos. Claro que el modelo comenzó a resquebrajarse en Berlín recién en noviembre de 1989 y la URSS colapsó en 1991, más de treinta años después de la inesperada charlita en el parque Sokolniki.

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