
No hay límites para aprender
Por Antonio M. Battro
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La ciencia contemporánea ha descubierto muchos detalles sobre la relación entre los cambios en el pensamiento y en el aprendizaje con los cambios físicos en el cerebro. Estas investigaciones provocarán también profundos cambios en la educación.
El ser humano en sus primeros años de vida es extremadamente "plástico", aprende con facilidad innumerables cosas y adquiere habilidades sorprendentes, como hablar y cantar, leer y escribir, jugar y compartir. Además, se ha comprobado que este crecimiento no es uniforme, no es igual para todos, sino que se desarrolla con enormes variaciones individuales, incluso entre gemelos.
Más que una "escalera" de estadios común a todos, se trata de una "red" de desarrollos individuales ( developmental web ), como dice Kurt W. Fischer . Y esta red crece constantemente, tiene muchos hilos y nudos, convergencias y divergencias. Por ejemplo, un niño desarrolla en forma independiente habilidades en el campo del espacio y de la música. En algún momento recibe una instrucción formal y entonces une ambos "hilos" en un mismo "nudo": la notación musical.
Por otra parte, este crecimiento se da en forma cíclica, en cada etapa se vuelven a "reconstruir" los mismos procesos en un plano superior. Se ha comprobado que las conexiones en el cerebro crecen también por ciclos, que coinciden con aquellos ciclos de aprendizaje y desarrollo intelectual y afectivo.
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Un niño librado a sí mismo progresa sin sobresaltos, pero siempre en un nivel de competencia bajo, funcional. En cambio, cuando recibe una enseñanza sistemática puede manifestar grandes saltos en su aprendizaje y pensamiento, alcanzando un nivel de competencia óptimo. La diferencia entre los dos tipos de crecimiento, funcional y óptimo, es universal. El primero se expresa en el tiempo como una onda lenta y continua. El segundo es un perfil quebrado, discontinuo, de avances y retrocesos, indispensables para progresar.
Tanto en la vida cotidiana como en la escuela los niños funcionan en diferentes niveles de comprensión y de habilidad. Un funcionamiento óptimo exige un apoyo explícito del maestro. Cuando ese soporte desaparece muchas veces también decae el nivel de aprendizaje, que se vuelve a recuperar, transitoriamente, con un nuevo apoyo, hasta que finalmente se estabiliza en el nivel óptimo.
Todo el misterio y el milagro de la educación reside en este juego interactivo y constructivo entre el maestro y el alumno. Lo mismo sucede en la adolescencia y en la edad adulta.
Cuando aprendemos algo nuevo volvemos a repetir los ciclos básicos, debemos reconstruir nuestras habilidades y conocimientos ya adquiridos en un nuevo nivel. Y eso exige una reorganización de nuestras neuronas. Pero no hay límites para un nuevo aprendizaje. El cerebro humano es siempre dúctil y plástico.





