
No hay progreso ni civilización sin el desarrollo del idioma
La lengua corre el riesgo de degradarse
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MONTEVIDEO.– Cuando se hizo el III Congreso de la Lengua, en la dinámica Rosario, graciosamente recostada sobre el interminable Paraná, se vivió un clima de entusiasmo fervoroso que no se ha desvanecido con el paso de los meses bajo el aliento de las conmemoraciones de “El Quijote”.
LA NACION ha mantenido ese fervor y el premio otorgado a Ivonne Bordelois, con su hermoso discurso y el libro que esperamos leer, nos vuelven a convocar sobre el tema de nuestra lengua.
Carlos Fuentes lanzó en Rosario la chispa inicial con una oración memorable, que rescató tradiciones de las profundidades de la historia: “Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista. ¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía sobrante de la España de la reconquista cruza los mares y conquista las tierras de otra civilización, a sangre y fuego, pero también a palabra y cruz? Las une la lengua. En muy poco tiempo, el castellano de América adquiere un tono propio, indoespañol”. Así fue como el castellano se hizo español en aquella primera globalización en que España y Portugal dieron la vuelta al mundo; y así ocurrió porque ni en las carabelas de Colón el habla era la misma y mucho menos en aquel Nuevo Mundo en que sus diversas civilizaciones poco contacto tenían.
De este modo, el castellano nació internacional, y con ese carácter irrumpió en la corte vaticana aquel 16 de abril de 1536, en que el emperador Carlos V dijo que nadie esperara que dijera palabra en otra lengua, lengua tan noble que debiera ser sabida y entendida por “toda gente cristiana”.
Este idioma, nacido con vocación expansiva, construye una nueva frontera que avanza en territorio del inglés sin reconocer barreras. La hispana es la primera minoría étnica que conserva su idioma, luego de que en su tiempo perdieron el suyo holandeses, irlandeses, italianos.
Hace veinte o treinta años, ¿quién hubiera predicho ese avance en el espacio norteamericano? ¿Quién hubiera pensado que el publicitado premio Oscar, otorgado en Hollywood a la mejor canción, llegara en su última edición, por vez primera, a una letra en español?
Nuestra lengua se derrama por el mundo, hija de influencias múltiples y madre, a su vez, de mestizajes varios, para erigirse ya en la segunda de las lenguas de Occidente
Aquel mismo congreso asumió –y esto también importa– una actitud de respeto hacia las lenguas indígenas, algunas tan fuertes y vivas hoy como el guaraní, el quechua, el aymara o el náhuatl. Respeto también hacia las otras lenguas españolas: el catalán, el vasco, el gallego. Respeto que, por medio de su idioma, se proyecta sobre esos pueblos, su cultura, sus tradiciones. ¿Nuestra América latina es hija de la Castilla conquistadora o fruto del injerto de lo que había en América con todo lo que en los barcos llegó? Y digo todo, porque de todo venía y lo que no estuvo en el principio, como el catalán, también más tarde arribó.
¿Nuestro Cono Sur cómo pobló su campaña y fundó su agricultura, sino con las fuertes familias vascas, que llegaron a ser la riqueza del campo argentino y uruguayo y la semilla del perfumado vino chileno que conquista el mundo? A mediados del siglo XIX, ¿quién abrió industrias y desarrolló comercios, sino la inquietud de catalanes, que hasta en la arquitectura dejaron su indeleble traza? ¿Podría entenderse el desarrollo de nuestras ciudades sin los esforzados gallegos, que trajeron el gusto por el pescado, manejaron ómnibus, regentearon almacenes y panaderías y fundaron familias que hoy somos nosotros?
Esta es nuestra historia y nuestro ser. Ahora bien, en nombre de esa entraña, ¿hemos de retrotraernos a la torre de Babel? Una vez que logramos construir la lengua franca en que todos nos reconocemos, una vez que la hemos cultivado hasta darle al mundo las alturas de Borges u Octavio Paz, para que convivieran con los Cervantes o los Galdós, ¿es lógico dar la espalda a esta construcción y volver a mirar hacia atrás?
No hay progreso sin lengua; no hay desarrollo civilizatorio sin una lengua franca que una, amalgame, comunique, brinde modos de razonar. Cada uno vive en su comarca y a su modo, pero hay un lugar en que todos nos encontramos y ese es la lengua común, ese espacio inmaterial en que todos dejamos de ser distintos para sentirnos iguales.
Por eso, no podemos entender el debate en que cada tanto se sumerge el Parlamento de España, relegando lo mejor de una forja de 500 años, nuestro más rico patrimonio, para volverlo a parcelar en nombre de tradiciones particulares. ¿Tienen sentido unas Cortes españolas con traductores al catalán, al vasco, al gallego y al castellano?
Sabemos muy bien el valor que ha dado España a sus comunidades, respetando nacionalidades y regiones. También nos consta que ése no es un tema que los constituyentes cerraran a cal y canto con formas excluyentes y rígidas, sino que, al contrario, dejaron abierto el camino de las leyes y los estatutos, hoy mismo en debate. Y asumimos que ese proceso siga. Pero así como la historia ha caminado hacia el respeto a esas autonomías, también lo ha hecho para la proyección de una España que ya no es la cenicienta de Europa, abroquelada e hirsuta detrás de los Pirineos. País moderno, desarrollado, democrático, reconstruyó una gran civilización otrora fracturada y, así como ha vuelto a reconocer a América latina en cuanto parte de su vida, nuestra América latina se ha reencontrado con su raíz europea para mirar hacia el futuro. España es de nuevo una referencia y ella está indisolublemente ligada a una lengua que nació, escueta y seca, en ese lugar donde las montañas santanderinas se chocan con la meseta castellana para ser hoy un valor universal.
Mientras esta peligrosa regresión amenaza a España, entre nosotros se instala (especialmente por medio de algunos conductores de televisión y dirigentes políticos, insoslayables referentes para el público común) una degradación sistemática de la lengua. Asumimos que la lengua vive y cambia, y deseamos que así sea. Pero a un argot artificial y publicitario que va disfrazándose al compás de modas –ya que ni siquiera es un producto auténtico, como el clásico lunfardo de nuestros tangos y antiguos arrabales– no puede permitírsele degradar nuestro mejor patrimonio cultural. La ignorancia no es tema de risa, sino una limitación, un mal por superar, que no debe partir de una ridiculización de quien adolece de él. Pero cuando el astuto rioplatense, el vivillo que todos llevamos dentro, descubre que es un buen negocio instalarse en esos territorios de la vulgaridad y exhibirlos para llegar más fácilmente al sector de pueblo que suele celebrar bajezas, allí nos deslizamos hacia la tarea corrosiva de la destrucción, que es lo que hoy sufrimos en esta contradictoria paradoja de un español que crece en el mundo, mientras en su retaguardia hispánica y rioplatense ponemos nuestro empeño “canchero” en degradarlo, mirando hacia abajo para ganar mercado fácil cuando tanto la tradición como el futuro nos exigen elevarnos para seguir siendo alguien.





