Nosotros y los números redondos

Hernán Casciari Para LA NACION
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27 de diciembre de 2009  

BARCELONA

Le tenemos un respeto cabalístico a los números, a las fechas que sospechamos claves, a los calendarios y a los ceros. Para comenzar una dieta, las señoras excedidas prefieren dejar los postres los lunes. Nunca un miércoles por la tarde. Para ser más buenos, mejores personas o esposos fieles, muchos esperan que el año termine, y que la buena letra comience a intentarse justo el primero de enero. Como los antiguos chicos de la primaria, que mejoraban la caligrafía con cada cuaderno nuevo. Las crisis de las personas ocurren siempre cuando festejan aniversarios redondos. La de los treinta y la de los cuarenta es la que nos ataca a los hombres más a menudo. La de los cuarenta y la de los cincuenta, en cambio, es bien femenina y tiene que ver con el nacimiento de las arrugas, con la sequía de la maternidad. Un matrimonio se descontrola, por lo general, con la comezón del séptimo año. La edad del pavo sorprende a los adolescentes a los quince. El comunismo se les sube a la cabeza a los dieciocho. Se madura a los veinticinco. Se desea carne fresca otra vez a los cincuenta. A los ochenta, comienza a vivirse la yapa de la vida.

Tratar de encontrarle principios y fines cronológicos a cuestiones tan azarosas e intempestivas como el amor, la angustia, el desarraigo o la madurez es una manía del hombre que sirve para ordenar lo ingobernable, para fingir que se le ha encontrado el norte a una brújula desatada: la del destino. ¿Por qué no empezar la dieta de la cebolla un martes, después de la novela? ¿Para qué nos juramos -en voz baja- ser mejores personas justo el 31? ¿Por qué no un veintisiete de abril, o un seis de septiembre? ¿Por qué a nadie le ataca la crisis de la frustración personal a los veintisiete, o a los treinta y tres? ¿Por qué tiene que ser, exactamente, a los treinta? Los números redondos nos provocan cosas. Deseos de balances o modificaciones sustanciales. Hormigas donde la espalda encuentra su buen nombre. Bienvenidos, entonces, los números redondos, las cifras frías, los años y los lunes por la mañana. Pero hay que saber también que todos los días es un día nuevo. Que cada vez que pestañeamos algo cambió a nuestro alrededor. Que el corazón, en el transcurso de esta frase, ya bombeó otra vez sangre nueva, y ahora otra, y cuando termine este párrafo habrá bombeado cuatro veces más dentro de cada uno.

Nadie en este mundo (ni el lector ni yo) tenemos veinte, o treinta o cuarenta años exactos. Faltan cientos de horas, miles de minutos, para otro fin de año. Y muchísimos años para que se acabe otro siglo. Hoy, domingo veintisiete, no empieza ni termina nada nuevo en estas vidas. Y sin embargo: ¿hay algo por cambiar? ¿Alguna cosa que no cierra está en nuestras manos? No esperemos, ni siquiera, a fin de mes (ni de año, ni de década). No esperemos a los ochenta, esa yapa de la vida. Es ahora. Ahora o nunca. Ni bien leamos el punto final de esta cháchara, ni bien sepamos que el corazón de la vida sigue marcándonos el ritmo, hagamos algo para que brille la estrella.

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