Nubes inesperadas
Con su color rojizo que se advierte con claridad desde la Tierra, el cuarto planeta del sistema solar viene cautivando a la humanidad desde los inicios de la civilización. Se lo llamó Marte, por el dios de la guerra, aunque ese nombre debió reservarse en realidad para Venus, que, por el contrario, se identificó con la diosa del amor. Es el problema de dejarse llevar por las apariencias; tras su fachada de lucero amigable, Venus esconde un infierno a más de 400 grados y 92 atmósferas de presión.
Marte, en cambio, es un desierto tranquilo con temperaturas muy bajas, pero tolerables, y tiene una atmósfera tenue, aunque suficiente para que el primera dron humano, llamado Ingenuity, haya volado ya varias veces por su superficie.
Aunque Marte carece de la protección electromagnética que nos brinda la Tierra contra la radiación de alta energía proveniente del Sol y si bien todavía no es apto para la vida terrícola, estos días se conoció otro aspecto del planeta rojo que hace soñar con el futuro. El nuevo rover de la NASA, bautizado Curiosity, capturó imágenes de las nubes marcianas, y, en un primer vistazo, a uno le sale decir: “Esto es la Tierra”.








