
Nuestra concentración urbana
Por Claude Della Paolera Para La Nación
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SIENDO la ciudad el lugar que facilita los encuentros, los intercambios de ideas y de mercaderías, la satisfacción de necesidades y el desarrollo de tareas en común, por propia definición requiere un grado mínimo indispensable de concentración edilicia, dentro de un ordenamiento que abarque el espacio libre público y los espacios públicos y privados construidos, y contemple el emplazamiento de los edificios e instalaciones donde se desarrollan las específicas actividades urbanas (que la Carta de Atenas resumía en habitar, trabajar, circular, recrearse). Es también obvio que la caracterización urbana viene dada por un grado de ocupación del suelo que diferencia la ciudad del medio rural y aun del suburbio.
Pero, ¿hasta dónde es recomendable concentrar las edificaciones y las actividades que se derivan de los usos que se les dan? ¿Hasta dónde es necesario incrementar la densidad de la población, o la concentración de las construcciones, en determinados sectores de la ciudad cuyo emplazamiento es juzgado atractivo por el juego de diversos factores, a los que no es ajena la especulación inmobiliaria?
La extrema densidad puntual de la ciudad de Buenos Aires (que conviene diferenciar de su relativamente baja densidad promedio, que se mantiene en 150 habitantes por hectárea) causa el congestionamiento de sus calles. La excesiva concentración de actividades provoca una enorme afluencia de vehículos de todo tipo en ciertos puntos y a menudo se comete el error de considerar los automóviles como los causantes del congestionamiento, cuando en la realidad son las víctimas de la falta de planificación.
Porque, como decía el maestro Eduardo Sacriste, si algo caracteriza al argentino es la avaricia en el uso del suelo. ¿Cómo concebi,r, si no, que 12 millones de habitantes se apretujen en dos milésimas del territorio nacional, o que en algunas manzanas de la ciudad de Buenos Aires vivan tres o cuatro mil habitantes, más que la población de muchas de nuestras ciudades del interior? Esto sólo responde a mezquinos criterios de aprovechar al máximo los factores constructivos, a la disminución de las superficies habitables o a falta de grandeza. Ésta es una política suicida, que privilegia el beneficio del corto plazo y menosprecia la formación de un sólido y permanente patrimonio urbano.
Cuando un determinado sector de la ciudad se distingue por la calidad de sus construcciones, por un razonable balance entre los espacios edificados, el espacio público y las áreas verdes circundantes, conformando un paisaje urbano ameno y placentero, se corre el riesgo de que su natural valorización se transforme en imán para masivas inversiones inmobiliarias, que terminan por desvirtuar la razón misma de su atractivo. En algunos casos, se llega a utilizar una argumentación perversa y demagógica, tendiente a demostrar que si ese lugar era tan bueno, había que ofrecerlo a más gente para radicarse en él y usufructuarlo, en lugar de limitarlo para los pocos privilegiados que ya disfrutaban de su entorno. Así empiezan emprendimientos como las torres que degradaron a Belgrano, por ejemplo, con una exagerada densificación de las construcciones, y se termina con la pérdida de las virtudes primigenias del sector.
La desenfadada intrusión de los edificios de oficinas en distritos netamente residenciales, el intento de penetrar inmobiliariamente por el lado oriental de la avenida del Libertador mediante el Proyecto Retiro, la agresión que provocan los carteles de propaganda propios de la zona del Once y no de Palermo Chico o de Belgrano, hacen temer por la supervivencia de lo que queda de lo que en un tiempo fueron los mejores barrios residenciales de Buenos Aires.
La vulgarización y multiplicación indiscriminada de los productos del cortoplacismo financiero-inmobiliario en el medio construido no le hacen bien a la ciudad, borran las diferencias entre los diversos escenarios urbanos y contribuyen a la adopción de un denominador común de inferior calidad ambiental.
En busca de la tranquilidad perdida
Buenos Aires se merece el derecho de conservar ciertos distritos residenciales de excelencia, como suele ocurrir en las capitales importantes del mundo. Como también debe ayudar a preservar la identidad de sus barrios más típicos, por ejemplo San Telmo, La Boca o Palermo Viejo, cuyas características hacen que sean el destino de los paseos de muchos turistas.
La reacción contra este estado de cosas no se ha hecho esperar. La calidad de vida de los porteños que habitaban en barrios residenciales de buen nivel, como Belgrano, Villa Devoto y Barrio Parque, se ha resentido y muchos de los propietarios han emprendido la retirada hacia zonas más tranquilas, fuera de la ciudad, donde ya vive la mayoría de los empresarios que ha contribuido a este estado de cosas, paradójicamente protegidos por las severísimas normas edilicias que los barrios cerrados y countries han impuesto a sus residentes.
Muchas familias de estratos socioeconómicos altos y medios altos han abandonado sus tradicionales lugares de residencia en la ciudad, cuando estos distritos residenciales, aparentemente consolidados como de baja y mediana densidad, se vieron alcanzados por la aparición de torres y la intrusión indiscriminada de edificios de oficinas, otros usos complementarios y la consiguiente congestión. Los antiguos habitantes se han trasladado al suburbio en busca de la tranquilidad perdida por los ruidos, el tráfico de automóviles, ómnibus y vehículos de reparto, que son la otra cara de la moneda de este aparente progreso. En esta suerte de permanente referéndum que se establece todos los días sobre dónde radicarse para vivir con una mejor calidad de vida, la ciudad de Buenos Aires parece haber perdido la batalla frente a opciones extramuros (léase "extra avenida General Paz"), que fueron juzgadas como mejores por quienes están en condiciones socioeconómicas de optar y decidir consecuentemente.
Por eso es digna de aplauso la reciente reacción de los vecinos de Barrio Parque y, antes, la de los de Saavedra, que se oponen al aumento de densidad y a la aparición de altos edificios que perturbarían la paz y tranquilidad que venían disfrutando, o la de los vecinos de Belgrano R, que lucharon por mantener los espacios verdes característicos de la zona, o la de los vecinalistas de Palermo Viejo, que no sólo dicen qué no quieren, sino que hasta proponen soluciones para mejorar y desarrollar su barrio.
Focos de atracción
Porque aquí se plantea el nudo de la cuestión: nuestra posición no es contraria al desarrollo y a la adaptación a las tecnologías que benefician a la sociedad: nadie renunciaría hoy al teléfono o al automóvil o al refrigerador. Pero es necesario procurar un equilibrio.
Las ciudades compiten entre sí por atraer más inversiones, por ser importantes en las redes de ciudades que se van formando, por ser focos de atracción, por mantener sus fuentes de trabajo, en definitiva, por hacer su marketing territorial. Pero ello se tiene que hacer manteniendo y mejorando la calidad de vida de los habitantes. No puede hacerse en desmedro de lo ya adquirido y sin tener en cuenta la cantidad de espacios verdes, el nivel de salud y de educación, la facilidad de las comunicaciones, el acceso a todas las muestras de la cultura, incluyendo el arte, la buena gastronomía, la preservación y recreación del patrimonio histórico, la moda, las facilidades para la recreación y el deporte, etcétera.
A menudo esto se resume en el hecho de que, a la hora de decidir entre varias opciones la radicación de una importante inversión trasnacional en una ciudad cualquiera de nuestro mundo globalizado, la voz de la esposa del CEO es la que se escucha, consultando a su marido sobre si tal ciudad tiene seguridad suficiente, si la educación de los hijos está garantizada, si la contaminación ambiental está bajo control y el clima es saludable, si los servicios de salud son confiables, si existen posibilidades de acceder a muestras de cultura de nivel internacional y si hay suficientes espacios verdes y recreativos para la práctica del deporte o simplemente para el paseo dominical, en fin, si tiene una aceptable calidad de vida.
La verdadera competencia entre ciudades se establece en esos parámetros, que son los únicos capaces de acompañar un desarrollo urbano sustentable, en que la ciudad no sólo conserva su atractivo con el paso de los años para el disfrute de las nuevas generaciones sino que respeta su memoria y su patrimonio, y es, a la vez, capaz de iniciar nuevos y audaces emprendimientos en las zonas que requieren consolidación o transformación. Como ha sido entre nosotros el ejemplo del desarrollo de Puerto Madero.
Y como debería ser la transformación y mejoramiento del siempre postergado sector sur de nuestra ciudad, donde seguimos a la espera de incentivos para la inversión.
El autor es arquitecto. Miembro del Consejo de Planeamiento Urbano del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.





