
Nuestro alto grado de populismo en sangre
5 minutos de lectura'


Muchas mentes lúcidas de la aldea global están escribiendo para nuestro país, pero los argentinos, encapsulados en una agobiante realidad, no atendemos las advertencias. Politólogos, sociólogos y filósofos analizan la degradación de las democracias occidentales y el ascenso de líderes autoritarios de uno y otro signo que corroen las instituciones desde adentro, después de haber llegado al poder por medio del voto. Tengo la suerte de recibir, por mi trabajo, los ensayos de estos pensadores. Y de algún modo todos hablan sobre la Argentina, pues su asunto es el populismo, perversión que nos acompaña desde mediados del siglo pasado, cuando el autoritarismo de inspiración fascista arraigó en nuestra cultura política como fuerza dominante para llegar hasta nuestros días encarnado en experimentos alocados, variaciones de una misma partitura que se ha vuelto costumbre en nuestros oídos. Con la musiquita de su relato, el kirchnerismo no hizo más que actualizar el mito fundacional, una cuña que hace décadas dividió al país entre “pueblo” y “oligarquía”.
“El proyecto populista que se inventó Perón buscaba la entronización de un líder, un padre de la patria, pero tenía un talón de Aquiles: dependía del electorado”, dice Carlos Granés, antropólogo social colombiano, en su libro Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina. ¿Cómo cooptar ese electorado? “Para lograrlo se necesitaba colonizar la mente de los argentinos, afectar sus escalas de valores, sus gustos, sus sentimientos, sus aspiraciones –sigue Granés–. El verdadero genio de Perón fue darse cuenta de que para sobrevivir en el tiempo una democracia populista debía tatuar sus consignas en el corazón de los votantes”.
Más de setenta años después, con una elevada cuota de populismo en sangre, los argentinos somos vulnerables a los intentos de colonización mental. Los Kirchner y Javier Milei no han apuntado al ciudadano, sino a conquistar a la persona en su totalidad, como si para ellos el voto, antes que el resultado de una elección racional, fuera el fruto de una identificación emocional que garantiza una fidelidad sin condiciones. Dogmáticos, no proponen un programa político sino una cruzada de carácter religioso contra “el mal” y exigen una adhesión total a la palabra del líder, que demoniza al que piensa distinto y acaba cancelando el diálogo democrático.
En este territorio dañado material y culturalmente, el populismo busca perpetuarse”
En un libro extraordinario, Paranoia. La locura que hace la historia, el psicoanalista italiano Luigi Zoja traza un perfil de los líderes mesiánicos. “El pensamiento paranoico es, al mismo tiempo, lógico e imposible, coherente y contradictorio. Es una máscara que cubre el rostro de un ser radicalmente inseguro, que se engaña incluso a sí mismo”, escribe. Los paranoicos proyectan su sombra sobre los demás mediante un discurso simplificador revestido de lógica, pero edificado a partir de un núcleo delirante o un presupuesto falsificado, dice Zoja. Ahora que Donald Trump fue noticia por una corta detención, acusado de asociación ilícita y conspiración electoral, recordé la carta que un grupo de psiquiatras envió al diario The New York Times en 2017. Allí afirmaban que el presidente Trump reunía muchos de los síntomas que la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos atribuye al “desorden de personalidad narcisista”. Por entonces señalé las semejanzas de fondo entre Trump y Cristina Kirchner. Hoy, ante la foto de Trump detenido, creo que Milei se le parece en mucho más que en el absurdo gesto que ofrece a los fotógrafos y la obsesión por el pelo.
En otro interesantísimo libro reciente, Mitologías fascistas. Historia y política de la irracionalidad en Borges, Freud y Schimitt, el historiador argentino Federico Finchelstein cita un texto de 1944 en el que Theodor Adorno afirma que “el espíritu paranoide”, con sus juicios absolutos, paga un precio muy caro: el de perder de vista la realidad. “Ese era un aspecto esencial del culto al líder”, escribe Finchelstein en su rescate de las ideas de este pensador de la Escuela de Frankfurt. “Recaer en sacralizar el pensamiento llevaba a los seguidores a depender de la mentira de este, y el resultado era la ceguera absoluta”.
Ante una realidad posfáctica fragmentada por la red, todos estamos un poco ciegos. Y, posiblemente, con algún grado de paranoia también. Pero presumo que los argentinos hace rato que hemos elegido no ver y hacemos un esfuerzo extra para lograrlo. Un ejemplo: la causa de los cuadernos de las coimas. Hay un expediente gigante repleto de pruebas contundentes, incluidas las confesiones de decenas de empresarios y funcionarios kirchneristas; sin embargo, a cinco años de iniciado, el juicio está estancado y todo sigue igual.
Tampoco acabamos de ver lo que significaron veinte años de kirchnerismo para la democracia argentina y para el mismo país, hoy sumido en la anomia y en la disgregación social. En este territorio dañado material y culturalmente por un ejército de ocupación en aparente retirada, el populismo busca perpetuarse con el favor del voto y disfrazado con otros ropajes. Y salió de las primarias picando en punta.





