
Nuevos rencores por los Sudetes
Los amargos recuerdos de hace más de medio siglo parecen revivir por una disputa actual
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KVILDA, República Checa A más de medio siglo de la muerte de Adolf Hitler, su fantasma aún acecha el territorio de los Sudetes. Esta área con forma ascendente, que se extiende a lo largo de la frontera de la República Checa con Alemania, repentinamente se ha convertido en el epicentro de una de las disputas más acaloradas de Europa.
El primer ministro checo, Milos Zeman, escandalizó a sus compatriotas en enero último, luego de referirse a los alemanes expulsados de la región tras la Segunda Guerra Mundial como "la Quinta Columna de Hitler", provocando que el canciller germano, Gerhard Schršder, pospusiera una visita a Praga.
En el poblado vacacional de Karlovy Vary, medios de comunicación de la localidad informaron de la aparición de misteriosos -y ominosos- carteles que decían: "Los Sudetes eran alemanes y lo volverán a ser".
¿Cuál es la razón para esta repugnante retórica al estilo de los años treinta? Una polémica que puso a la República Checa en contra de Alemania y Austria a causa de los decretos de Benes, por los cuales la Checoslovaquia de la posguerra deportó a millones de personas de origen germano en represalia por su apoyo al Tercer Reich. Decenas de miles de húngaros también fueron expulsados de lo que actualmente es Eslovaquia por respaldar a los nazis.
Alemania, Austria y Hungría están buscando, cuando menos, una disculpa oficial por las expulsiones, y en el mejor de los casos, les gustaría que los decretos fueran repudiados y que las víctimas recibieran compensaciones. Algunos políticos en dichos países han amenazado con descarrilar la solicitud de Praga para unirse a la Unión Europea (UE) debido al tema citado.
El clamor dio origen a una repercusión nacionalista aquí. Miloslav Bendar, político checo, incluso llegó al extremo de calificar a Alemania, Austria y Hungría como un "eje del mal" por haber sacado a colación el tema de los decretos.
La disputa demuestra que 57 años después que la Segunda Guerra Mundial llegara a su fin, y tras más de un decenio desde la caída del Muro de Berlín, la historia sigue siendo un pesado lastre en Europa oriental, ya que amargos resentimientos, heridas supurantes, aunados a cuentas pendientes, están al acecho justo debajo de la superficie de estas sociedades cada vez más prósperas.
Para la mayoría de los checos, la idea de dar disculpas a Alemania, el país que los invadió, ocupó y oprimió, sencillamente es imposible. Cualquier admisión de que Checoslovaquia hizo mal a los alemanes de los Sudetes, abriría la puerta a una oleada de reclamos con miras a la restitución de propiedades. De igual modo, muchos destacan que los alemanes del territorio de los Sudetes traicionaron a su país y no ocultaron su simpatía por Hitler.
"No nos comportemos como sirvientes, no vaya a ser que volvamos a serlo", expresó Zeman en un discurso en la capital checa, pronunciado hace tres semanas para conmemorar el 5 de mayo de 1945, fecha en que se produjo el levantamiento de Praga en contra del dominio nazi. Advirtió contra lo que denominó como "un repunte en el odio" proveniente de Alemania, Austria y Hungría.
En 1946, el entonces presidente de Checoslovaquia, Eduard Benes, emitió los decretos que despojaron a los alemanes sudetes y a los húngaros étnicos de su ciudadanía, decomisaron sus propiedades y ordenaron la deportación de aquellos que apoyaran a los nazis. Con el fuerte sentir antigermano, las autoridades checas, auxiliadas por ciudadanos en labores de tipo policial, cumplieron la orden con gran entusiasmo.
Aproximadamente 2,9 millones de personas de origen alemán fueron expulsadas y, según grupos en favor de los alemanes de los Sudetes, casi 267.000 fueron muertos. Las estimaciones checas afirman que no murieron más de 40.000 personas.
"No se puede expulsar a millones de los propios ciudadanos, confiscar sus propiedades, y después esperar que eso vaya a desaparecer de la pantalla del radar", expresó Jiri Pehe, analista político y asesor del presidente Vaclav Havel.
Sin embargo, muchos en la región quisieran que el asunto desapareciera por completo. En la Checoslovaquia anterior a la guerra, la minoría de origen alemán en el país dominaba el área, que casi tiene las mismas dimensiones del Estado norteamericano de Maryland. Hoy, está cerca de ser totalmente checa. En Kvilda, pintoresca aldea de 168 habitantes, rodeada por ondulantes colinas verdes y densos bosques, muy pocos desean reabrir la discusión.
Poco después de que la Revolución de Terciopelo de 1989 diera fin al comunismo, afirman pobladores de la localidad, los autobuses empezaron a entrar al poblado, repletos de alemanes que iban en busca de sus antiguas propiedades. Jeroslava Orsakova, la cual renovó una pequeña casa y la convirtió en una popular taberna, dijo que el propietario germano pasaba por ahí ocasionalmente y preguntaba insidiosamente cómo iba el negocio.
"Yo dejaría las cosas como están -dijo Orsakova, de 53 años-. Cualquier otra cosa sólo volvería a traer problemas. Siempre son los inocentes quienes resultan lastimados." En las elecciones generales de 1935 en Checoslovaquia, aproximadamente el 60 por ciento de los 3,5 millones de alemanes del país votaron por partidos pro nazis. Luego de que Alemania anexara Austria, Konrad Henlein, el principal político de origen alemán en Checoslovaquia, estuvo haciendo llamamientos para que los Sudetes se unieran al Tercer Reich. En las elecciones locales de 1938, su partido obtuvo el 90 por ciento de los sufragios germanos.
Bajo el Acuerdo de Munich, de septiembre de 1938, Gran Bretaña y Francia accedieron a permitir que Hitler anexara los Sudetes. Seis meses después tomó el resto de Checoslovaquia. Cuando el ejército alemán marchó al interior del país, grandes grupos de germanos de la región vitorearon y bañaron de flores a los soldados.
Durante la ocupación nazi, aproximadamente 215.000 civiles checos -muchos de ellos judíos- fueron asesinados. Más aún, muchos de los oficiales del Tercer Reich, así como administradores, informantes y espías en la Checoslovaquia ocupada eran germanosudetes.
La guerra dejó un amargo legado de resentimiento checo en contra de los alemanes que persiste hasta la fecha.
El 24 de abril, el Parlamento checo aprobó por unanimidad una resolución que denominó los Decretos de Benes como "incuestionables, inviolables y sin posibilidad de cambiarse", además de "una consecuencia de la guerra y la derrota del nazismo". Todos los grandes partidos políticos del país y el mismo Havel han aprobado la resolución.
No obstante, el tema no da señales de extinguirse en el corto plazo.
Políticos conservadores en Alemania y Austria están determinados a condicionar la petición checa para unirse a la Unión Europea, en 2004, a una resolución satisfactoria al asunto del territorio de los Sudetes. Y si bien funcionarios de la UE afirman que la polémica no afectaría la solicitud de Praga para unirse, es casi seguro que termine en los tribunales.
Gerhard Zeihsel, director de un grupo en favor de los germano-sudetes, con sede en Austria, declaró en fecha reciente que su organización planea entablar una querella ante las cortes checas exigiendo la devolución de propiedades confiscadas. Si las cortes checas rechazan el alegato, el grupo apelaría ante una Corte Europea de Justicia, dijo Zeihsel.
"No podemos revertir la historia, pero sí podemos hacer gestos simbólicos -expresó Pehe, una de las pocas figuras públicas en la República Checa que está pidiendo una disculpa formal-. Los gestos simbólicos pueden hacer mucho."




