
Nuevos riesgos del periodismo
En la última década, los reporteros corren peligro de modo cotidiano y no sólo en los conflictos bélicos
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"A veces me dicen que estoy loco, pero los periodistas están más locos que yo porque arriesgan su vida por una nota sin estar lo suficientemente preparados." Esto no lo dijo el comandante de "Los doce del patíbulo", ni un iluminado de la Jihad. Fueron expresiones de un policía provinciano que decidió disfrazarse de periodista para sorprender a dos ladronzuelos mal armados y liberar a un grupo de rehenes en agosto último.
Entre ellos estaba un joven reportero. Su rostro era tan sereno que nadie creería que por cuatro horas tuvo una pistola en la cabeza y a medio país ensimismado.
Esa escena ocurrió en la localidad de General Rodríguez, en la provincia de Buenos Aires.
Ambigua, como parece, en realidad es apenas un guarismo estadístico que espera por alguna explicación que le diga a qué realidad pertenece. Porque lo único seguro es que el periodismo mundial desconocía que, además de las guerras, las dictaduras, los golpes de Estado, los disturbios civiles y los desastres naturales, también estaba destinado a ser víctima de los descendientes de Barrabás.
Pues, parece que es así. Desde la década del noventa crece el registro de periodistas secuestrados, golpeados, tiroteados o atropellados por delincuentes comunes y a veces no tan comunes, como las mafias económicas y policiales.
Además del caso reseñado, en la Argentina tenemos cuenta de por lo menos ocho más en los últimos cinco años. En marzo de 2000, el reportero de TV Gastón Soulage y dos camarógrafos fueron tiroteados por asaltantes que huían con rehenes, en Villa Devoto. Media hora después, dos asistentes de Canal 7 fueron tomados como rehenes. En los minutos siguientes, los delincuentes eran fusilados. La puntería fue tan pavorosa, que hasta hoy esos dos trabajadores del medio periodístico se preguntan cómo es que siguen vivos.
Dos años antes, en 1998, dos reporteras de otro medio televisivo fueron tomadas como rehenes por tres ladrones que asaltaban una estación de servicio.
Ramallo, con toda su locura y truculencia policial, Bulacio y otros casos menos televisados, convirtieron a los periodistas en blanco de las balas de ambos lados.
La insoportable muerte del reportero argentino José Luis Cabezas es, sin duda, el caso paradigmático mundial de esta novedad de fines del siglo XX. Este nuevo riesgo se desarrolla en la década del noventa. Los más de 700 periodistas que están en la base de datos de la Federación Latinoamericana de Periodistas, (Felap), por un lado, y los 1953 en los archivos que lleva Freedom Forum desde la guerra de Crimea cayeron cumpliendo su deber en sucesos políticos o militares.
El nuevo escenario es la violencia urbana, sin que la otra desaparezca. En la Argentina creció en los últimos 10 años con la misma velocidad que crece el PBI de la corrupción. Si en 1996 hubo alrededor de 15 asaltos bancarios, en 2000 la suma llegó hasta los 141, según un estudio de la Consultora Sosetech.
Pero ésta no es una maldición nacional. En varias megaciudades del mundo hay datos del mismo peligro. A falta de organismos que lleven cifras sistematizadas, la propia prensa ha sido el mejor espejo de ese nuevo riesgo urbano. En ciudades como Río de Janeiro, San Pablo, Caracas, Buenos Aires, Lima, Bogotá, Moscú, México, Sinaloa, Mindanao, Nueva Delhi y otras, se sabe de no menos de 60 casos de reporteros gráficos capturados por asaltantes, o de periodistas golpeados por criminales, o de cámaras de TV a las que se les ha disparado.
En 1991, en Moscú, cuando esa ciudad se desmembraba bajo el derrumbe del imperio soviético, un periodista argentino, Aníbal Tesoro, fue asesinado estúpidamente por un grupo de rateros drogados. En Rusia se sabe de por lo menos 15 periodistas atropellados o asesinados por la mafia inmobiliaria y financiera que emergió del viejo aparato estalinista.
En Caracas, donde el promedio de muertes violentas semanales es de 53,5, los reporteros gráficos cuentan el martirio que es tratar de cubrir un homicidio sin convertirse ellos mismos en cadáveres. El fotógrafo Francisco Solórzano, "Fraso", nos relató cómo ha debido "negociar" decenas de veces con los "malandras" de los cerros caraqueños "para no terminar apuñalado como Pedro Navaja", dijo.
Hay una concurrencia del crecimiento de la delincuencia y el nuevo riesgo de informar. Los investigadores Juan Luis Londoño y Caroline Moser señalaron, en 1996, que en los últimos 40 años la violencia urbana creció sin mengua. En 1960 hubo en América latina 12,5 homicidios cada 100 mil habitantes. En 1979 fueron 10, en 1980 subió a 14, y en 1985 se registraron 16,9.
En 1995, las cifras agregadas para la región en conjunto se duplican comparadas con las de la década del ochenta para alcanzar la suma de 30,7 asesinatos por cada 100 mil habitantes. "Esto es más del doble de lo que se verifica en cualquier otra región del mundo y es seis veces mayor que el promedio de todo el mundo", acotan los investigadores. El periodismo aportó su cuota a esa grotesca estadística. En Colombia se triplicaron los asesinatos o secuestros extorsivos de periodistas entre 1985 y 1995. En el conjunto del continente se duplicaron.
El hecho es que probablemente, determinada por la reciente violencia urbana, se esté generando una nueva relación entre los medios y la percepción que de ellos comienza a tener la sociedad.
En la mayoría de los casos que registramos, el protagonista es el segmento compuesto por la delincuencia. En algunos casos, como el colombiano y el filipino, los periodistas son secuestrados también por el terrorismo político o los grupos guerrilleros con influencia de masas, que ya no diferencian entre el "soplón" y el reportero puro y simple. Esto se repite en varios países con conflictos (Sierra Leona, Franja de Gaza, Ecuador). Si es verdad lo que dice el filósofo posmoderno Gianni Vattino, que "los medios modifican la realidad", entonces estamos siendo víctimas y victimarios de la nueva violencia urbana. Victimarios, porque en medida incalculable los medios terminaron siendo, sin que se lo propusieran, recursos multiplicadores de la violencia que brota del fondo social.
La compañía inglesa de seguros Hellmers definió, en 1968 al periodismo como "el oficio más peligroso del mundo".
En la guerra de la ex Yugoslavia era más barata la póliza de un transportista de armas que la de un periodista. En la Colombia reciente, ser periodista es sinónimo de "estar condenado a muerte sin sentencia", como señaló el redactor de ese país Samper Pizano en 1999.
De aquellos 1953 reporteros caídos, según los registros de Freedom Forum, el 88 por ciento corresponde al siglo XX.
Entre 1945 y 1974 el promedio es de un poco más de 8 por año. En los siguientes 26 años, hasta 1999, el promedio subió 48,6 por ciento por año. Siete escalones de crecimiento.
Pero hay cifras más aterradoras. Por ejemplo, que el 42 por ciento de esas muertes violentas de periodistas se concentra en los últimos diez años del siglo, haciendo escalar la media a 60 cada 12 meses. En ese mismo lapso, la violencia urbana se modificó. Los países que concentran el 77 por ciento de los fotógrafos, camarógrafos, dibujantes y redactores asesinados son: Estados Unidos, Filipinas, Colombia, la Argentina, Chile, Guatemala y México.
La tradicional lucha política y de clases está siendo sorprendida por una delincuencia que no sólo es nueva en su conformación social, sino además, desestructurada. Por eso no se respeta al periodista, a la maestra de las villas o al médico domiciliario. El periodismo debió incorporar este novedoso riesgo de muerte junto con la telemática, la reorganización del trabajo y la reconversión de los medios.
Lo que falta, como advierte la organización ADEPA, es que "el periodismo se prepare para los nuevos conflictos en tiempos de paz".
A la famosa frase: "Es imposible llevar a cabo una guerra teniendo una prensa libre", escrita por el general William Sherman en la guerra civil norteamericana, no faltará quien diga: es imposible que la prensa siga siendo libre si sus reporteros son asesinados en cualquier escenario.
Cambio de reglas
Este fenómeno de la violencia urbana y sus efectos en el "noble oficio" se alimenta de una de las transformaciones globales de los últimos diez años. Los investigadores Margaretta Sollenberg y Peter Wellestein estudiaron 103 guerras en 73 países, ocurridas entre 1989 y 1999. Ellos afirman que la novedad está en que 92 fueron guerras intraestatales, 4 de ellas con intervención internacional. En apenas nueve conflictos el enfrentamiento fue entre Estados distintos.
Esta "despolitización" de los conflictos, al lado de una descomposición de las reglas y mediaciones acumuladas por la civilización capitalista, es lo que llevó a Agnus McSwann, especialista inglés, jefe de Reuter en Miami y corresponsal de guerra, a explicar: "Yo diría que, actualmente, la profesión de informar sobre las guerras, golpes de Estado, disturbios civiles y otras conmociones, está atravesando una época dorada algo deslucidaÉ En el pasado, las muertes violentas entre los periodistas eran en su mayoría accidentalesÉ" El suizo, Jean-Marc Bornet, delegado de la Cruz Roja en América Central y el Caribe, comenta: "Basta ver el alto número de periodistas o de delegados de la Cruz Roja o de otros organismos humanitarios muertos en misión peligrosa durante los últimos cinco años para entender que hoy los conflictos son más desestructurados, donde no se respeta nada ni a nadieÉ" En los últimos cinco años, con la dinámica de las transformaciones urbanas, asentadas en la flamante economía mundial, el periodismo debe encarar un nuevo desafío. Cómo ejercer su noble oficio sin ser víctima del secuestro extorsivo, las mafias de la economía y la política, o la simple delincuencia de barrio.
El autor es un periodista y escritor venezolano radicado en Buenos Aires.




