Occidentales con disimulo

Por Carlos Escudé Para LA NACION
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17 de octubre de 2007  

Cuando el 27 de mayo de 2005 se supo que la Cancillería había designado a Isaac “Yuyo” Rudnik enviado especial ante Bolivia, muchos creímos que nuestro Gobierno se estaba divorciando radicalmente del mundo occidental. El funcionario era cofundador de la agrupación de izquierda Patria Libre, a la vez que coordinaba los equipos técnicos de relaciones internacionales de Barrios de Pie, brazo piquetero de esa bandería.

Para quienes creemos que la Argentina será occidental o no será nada, las perspectivas no podrían haber sido peores. Por cierto, mucho antes que él, otro piquetero de la misma cepa, Jorge Ceballos, había sido incorporado al Gobierno. Aunque fue convocado al Ministerio de Desarrollo Social, también él saltó por primera vez al estrellato a raíz de una cuestión de política internacional: una manifestación contra el ALCA, de agosto de 2003. Como dirigente de la protesta, Ceballos fue recibido por el entonces vicecanciller, Jorge Taiana. Expresó una predisposición favorable a las políticas de Néstor Kirchner y en julio de 2004 fue formalmente cooptado.

Algo similar ocurrió con Luis D’Elía, que por el mismo tiempo se había declarado cautelosamente kirchnerista. Ex diputado provincial del Polo Social, portaba frondosos antecedentes de militancia. Durante el gobierno de Raúl Alfonsín había encabezado campañas de usurpación de tierras privadas y públicas para asentamientos en el conurbano. Durante la gestión de Carlos Menem había adoptado la entonces novedosa metodología del piquete extorsivo. Ya en tiempos de Kirchner, en junio de 2004 había encabezado la toma de una comisaría en el barrio de La Boca. Y en noviembre de 2005, había sellado su lealtad hacia Hugo Chávez con su aporte a la “Contra Cumbre” de Mar del Plata. Gracias en parte a D’Elía, el venezolano pudo usufructuar de una grandiosa tribuna para protestar contra George W. Bush, que se encontraba allí participando de la IV Cumbre de las Américas.

Cuando, en febrero de 2006, el piquetero fue designado al frente de la nueva Subsecretaría de Tierras para el Hábitat Social, pareció que todo estaba dicho acerca de la posición antioccidental del gobierno de Kirchner.

Sin embargo, había importantes ambigüedades desconocidas para la mayoría. Si en vez de hacer el seguimiento de la incorporación de piqueteros al Gobierno, uno interrogaba a diplomáticos norteamericanos, la percepción era diferente. Desde muy temprano en la gestión afirmaron que la Argentina cooperaba de manera muy aceptable con los principales puntos de la agenda exterior norteamericana: la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y el lavado de dinero.

Por otra parte, otro dato paradójico es que, desde su mismo nombramiento, la relación entre D’Elía y la cúpula del poder fue ambigua. Desde el principio fue obvio que no había coincidencia de objetivos estratégicos. Para llevar adelante la labor de expropiación legal de tierras asignada a su subsecretaría, D’Elía hubiera necesitado vastos recursos. Pero nunca dispuso de un presupuesto definido.

Cuando en agosto de 2006 el funcionario piquetero cortó los alambres de cuatro tranqueras de una estancia correntina, estuvo lejos de suscitar entusiasmo en el Gobierno. El episodio derivó en un proyecto legislativo para expropiar tierras en manos de extranjeros. Pero en el bloque kirchnerista se murmuró de inmediato que las probabilidades de que se convirtiera en ley eran casi nulas. Más aún, en cuanto D’Elía sugirió que lo que se expropiaría serían campos de extranjeros, fue desautorizado por el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.

En agudo contraste, quienes sí apoyaron los ruidosos actos públicos alusivos a esos planes de izquierda fueron los embajadores de Bolivia y de Venezuela. Para quien quisiera ver, desde el inicio hubo serias divergencias entre la estrategia de Kirchner y las de Chávez y Evo Morales.

Otro episodio que ilustra la contradicción encubierta entre el Gobierno y los piqueteros fue la amenazante contramarcha realizada el 30 de agosto de 2006, para opacar la manifestación que, en demanda de seguridad, había sido convocada por Juan Carlos Blumberg. El Gobierno le pasó a D’Elía la factura por su desmesura en ese acto y éste hizo un amague de renuncia. Rechazada, se le pidió al funcionario-piquetero que bajara su perfil.

Pero moderarse no era su intención. Subió la apuesta. En noviembre de 2006, tras la orden de captura de ocho ex funcionarios iraníes librada por el juez federal Rodolfo Canicoba Corral, D’Elía se dirigió al encargado de negocios de Irán, previa consulta con el embajador de Venezuela. Urbi et orbi, afirmó que el dictamen judicial argentino era parte de una conspiración sionista-norteamericana contra la república islámica.

Punto seguido, el piquetero estaba fuera del Gobierno. La verdadera orientación de Kirchner ya estaba fuera de toda duda.

D’Elía insistió en que su alianza con el Presidente era “inquebrantable”. Así se aseguró la permanencia en sus cargos de los funcionarios provenientes de su sector piquetero, y el control de los programas sociales adjudicados a su agrupación. A su vez, Kirchner evitó que D’Elía se convirtiera en opositor. También amenguó el malestar que cundía entre sectores militantes del Gobierno, que entreveían un acercamiento de la Casa Rosada a Estados Unidos y una toma de distancia frente a Venezuela.

Y eso era precisamente lo que ocurría. El acercamiento de Caracas a Teherán y la evidencia de que el régimen persa estaba involucrado en el atentado contra la AMIA indujeron a Kirchner a trazar un límite. Mantuvo su alianza financiera y energética con Chávez, pero se disoció de sus aventuras en Medio Oriente –un límite, por otra parte, análogo al de la Casa Blanca en sus propios vínculos con Caracas–. Finalmente, el discurso de Kirchner ante las Naciones Unidas de septiembre de 2007, en que criticó a Irán en lo relativo a la investigación del atentado, ratificó que su política exterior es discretamente prooccidental.

Este desenlace no sorprende. Es verdad que quienes disputamos con los Kirchner, durante la segunda mitad de los años 90, por la cuestión de los Hielos Continentales conocemos demasiado bien la dimensión externa de su demagogia populista. Pero quienes hemos estado activos en la demanda de esclarecimiento del atentado contra la AMIA también sabemos que, en las cosas más importantes, el matrimonio –y en especial doña Cristina– siempre estuvo del lado correcto. Es más: el de Kirchner fue el único gobierno que no obstruyó la justicia en esa causa.

Por otra parte, a estas alturas, otros referentes piqueteros, como el mencionado Ceballos, también abandonaron el Gobierno. El audaz experimento parece haber entrado en una fase terminal. Pero el tiempo comprado por el Gobierno fue precioso en términos de estabilidad política y social. En verdad, el 3 de agosto del año actual LA NACION informaba que “para muchos piqueteros ya no sirve cortar calles”, agregando que, a partir de las elecciones de 2005, “tanto se desdibujó el liderazgo piquetero que, en sólo seis meses, el promedio mensual de cortes de rutas y de calles cayó a la mitad”. Y después siguió disminuyendo.

En aquellas elecciones, piqueteros kirchneristas, como Edgardo Depetri, habían sido elegidos legisladores. La cooptación controló la furia callejera de las organizaciones de protesta. Eventualmente, el “derrame” producido por las altas tasas de crecimiento económico hizo lo suyo. Porque, a diferencia de la década del 90, en este capítulo de nuestra historia algo del crecimiento se derramó hacia los pobres. Y, reducidas las tasas de pobreza y desempleo (en menor medida de lo que pretende el Indec, pero más de lo que quisiera reconocer la oposición), la Argentina se convirtió en un país más gobernable.

Sumando y restando, esta es la historia de un éxito acotado. Y el perfil externo de la Argentina es prooccidental. Con disimulo.

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