Oráculos de la política. Encuestas, el minuto a minuto de la campaña

Laura Di Marco
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3 de mayo de 2015  

Ilustración: Ángel Boligan
Ilustración: Ángel Boligan

Si bien la mayoría de las encuestas tuvo una relativa buena performance en las primarias porteñas del último domingo– la mayoría anticipó el triunfo de Horacio Rodríguez Larreta–, hace rato que los sondeos dejaron de ser las grandes herramientas estratégica de un armado político para convertirse en un insumo ultraperecedero. Un medidor instantáneo que sondea en temas coyunturales, apariciones mediáticas o frases de candidatos.

Y a cuyo alrededor se instalaron sospechas, que podrían resumirse en algunas preguntas: ¿siguen siendo los sondeos instrumentos de diagnóstico o se han transformado en parte de la propia campaña? ¿Está en juego la credibilidad de los encuestadores? Y, en esa línea, ¿quién las paga, cuánto cuestan, bajo qué rubro se cobran?

Algunas respuestas ilustran el impacto y la trastienda de estos números poderosos. "A nosotros nos pasó poco, unas cuatro o cinco veces, que nos pidieron cambiar los números. No aceptamos y calculo que se fueron a otra consultora. No es frecuente, pero sucede", dice Juan Germano, director de Isonomía.

"Hay un 85 por ciento de la gente que está lejos del proceso electoral hasta que la elección se acerca. Para la mayoría de la gente, una encuesta en la tapa de un diario no es relevante. Sí lo es para el microclima", apunta Fabián Perechodnik, director de Poliarquía.

"Las encuestadoras que eligen licuar su prestigio lo hacen por plata. Se trata de una ínfima minoría, pero existe. Son quienes en lugar de vender encuestas, venden resultados", señala Raúl Aragón, de Aragón y Asociados.

El mercado de la consultoría ha vuelto millonario a más de un encuestador. Sobre todo, en tiempos de campaña, que es cuando los políticos parecen transformarse en bulímicos de la intención de voto. Pero para tener alguna idea sobre este consumo sofisticado, digamos primero que cada presidenciable tiene, por lo menos, tres encuestadores fijos y un cuarto que funciona de "chequeador", a quien se le encargan sondeos con el objetivo de "auditar" a los demás.

El kit se completa con los consultores, nacionales o extranjeros, que con los números en la mano -más otros estudios cualitativos-, son los encargados de diseñar la estrategia electoral global. Es el caso del ecuatoriano Jaime Durán Barba o del sociólogo español Roberto Zapata, que trabajan para Mauricio Macri, o del peruano Sergio Bendixen, gurú de Sergio Massa. Los políticos de primer nivel -aunque también lo hacen, a menor escala, intendentes, gobernadores y candidatos- contratan un mix de encuestadores y consultores, y pagan un canon mensual por un asesoramiento integral.

En el marco de la campaña, las consultoras de primera línea pueden cobrar cánones de entre 300.000 y 600.000 pesos por mes a un candidato por un diseño estratégico. Mientras tanto, el precio de los consultores estrella (los extranjeros, por ejemplo), coinciden en el mercado, no tiene techo.

Los empresarios también compran encuestas. Las empresas de sondeos tienen mediciones mensuales propias que financian al modo de un "ómnibus" al que se van subiendo diversos clientes. Las encuestas miden el país político, pero a esas preguntas se les pueden agregar otras relativas a una determinada empresa, marca o industria. "A veces, el ómnibus va lleno y otras, vacío", explica Germano. El costo del "ómnibus" varía entre 15.000 y 20.000 pesos y con preguntas específicas, trepa a 80.000. Pero a los empresarios también les interesa saber cómo evolucionan los presidenciables para poder direccionar sus aportes. Es un insumo básico a la hora de financiar campañas.

Caro, confiable y complicado

Básicamente, hay tres tipos de encuestas: la presencial (el encuestador que timbrea en las casas), la telefónica con encuestador (se llama CATI, por su sigla en inglés: computer assisted telephone interviewing ) y la telefónica realizada a través de una máquina (IVR, interactive voice response ). La presencial es la más cara y, a la vez, la más confiable, aunque los consultores coinciden en que es un método impracticable en la ciudad de Buenos Aires, donde, por razones de seguridad, nadie le abre le puerta a un encuestador. Los costos varían de acuerdo a cómo esté posicionada la consultora. "Hay empresas y hay monotributistas -chicanea uno de los consultores VIP-. El monotributista es el que trabaja solo en su casa. El problema es que la forma de trabajo influye en el resultado."

De acuerdo, entonces, con la consultora que se contrate será el costo. Una encuesta presencial de 1000 casos (a nivel nacional o provincial) oscila entre 250.000 y 400.000 pesos. Una telefónica CATI, entre 150.000 y 200.000 y una IVR, entre 50.000 y 80.000. En las primarias porteñas, por ejemplo, la mayoría de las encuestadoras utilizó un mix entre CATI e IVR. Una encuesta telefónica CATI de 500 casos en la Capital es representativa y tiene un costo promedio de 100.000 pesos. Las universidades, sobre todo las del conurbano, también trabajan en el campo "cuanti". Sergio Massa, por ejemplo, ha utilizado algunos estudios de la de Lomas de Zamora.

Claro que la provincia de Buenos Aires -territorio que concentra el 40% del padrón electoral y define elecciones- es un mundo aparte. El costo promedio de una encuesta de 1500 casos allí es de 600.000 pesos. Un dato: los expertos coinciden en que, a la hora de garantizar la seriedad de los sondeos, el mínimo de una encuesta nacional en la Argentina no debería bajar de los 1000 casos.

Aragón va más lejos, sin embargo: "Para las nacionales, no se puede garantizar seriedad con menos de 3000 casos. Aunque, de hecho, se hacen por mucho menos". Si ése fuera el universo seleccionado, en el caso de un sondeo de intención de voto presidencial, presencial y a nivel nacional, el costo promedio sería de 1.200.000 pesos.

Claro que la herramienta elegida también incide en el resultado: todo depende cuánto zoom se le quiera poner a la foto. "Hay candidatos que tienen mayor penetración en sectores de bajos recursos, que no tienen teléfono fijo. Por eso, Scioli o Massa obtienen mejores resultados en la encuesta domiciliaria, mientras que Macri y Randazzo miden mejor en la telefónica", explica Perechodnik, de la consultora Poliarquía.

La mayoría de las consultoras admite que los políticos gastan mucho más de lo que blanquean en encuestas. En algunos casos, los sondeos se pagan en negro. En otros, las paga el Estado a través de diversos mecanismos: fingiendo licitaciones inexistentes, inventando contratos de algún ministerio o con la excusa de la medición de distintas áreas de la gestión.

"A mí me han llegado a pagar con algún contrato del Estado para alguno de los chicos de la consultora. Si no aceptás esas reglas del juego, no podés trabajar", admite uno de los encuestadores, que provee de servicios a varios gobiernos locales. Lo que sucede, en estos casos, es que se disimulan las encuestas de imagen con fines electorales con mediciones de gestión o de medidas de gobierno para que las pueda pagar el Estado. Porque ocurre que los Estados municipal, provincial y nacional hacen encuestas de un modo permanente para medir políticas. Sondean, por ejemplo, el nivel de conocimiento de los programas que ponen en marcha -Precios Cuidados, Ahora 12-, su grado de satisfacción y quién se lleva el rédito de su implementación. Ejemplo: cuando Axel Kicillof afirma que seis de cada diez argentinos reconocen consultar los Precios Cuidados o que el programa tiene un 70% de aceptación, apela a estos sondeos que, en algunos casos, pueden contratarse sin licitación.

Daniel Scioli también utiliza este mecanismo de un modo desenfrenado. Y también lo utiliza el gobierno porteño, de Mauricio Macri.

Pero ¿influyen realmente las encuestas en el voto o los políticos sobrestiman ese poder? ¿Hay encuestadores que adulteran los números por pedido de los clientes?

"No hay evidencia científica que diga que sirven para cambiar la decisión del votante. Sí es cierto que impactan en los equipos de campaña y en el clima de opinión sobre los candidatos", apunta Perechodnik.

Germano opina en el mismo sentido: "La gente mira encuestas para ratificar en lo que ya cree, no al revés. Es decir, tiende a descreer de aquellas encuestas que dan ganador al candidato que no les gusta".

En reserva, sin embargo, tanto políticos como consultores admiten que el orden de los candidatos -sobre todo de los presidenciales- impacta en los aportes empresarios y, también en la base, en el trabajo de la militancia y de los punteros. "La capacidad de intervención de las encuestas en la agenda mediática también genera impacto en la agenda pública. Una persona puede sentirse no influenciada directamente por los resultados de las encuestas, pero puede estarlo indirectamente a partir de la instalación de algún tema o candidatura que haya visibilizado en un sondeo de opinión", apunta Martín Romeo, director estratégico de la consultora Es Viral y docente de Técnicas de Investigación en Opinión Pública de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Romeo también destaca el efecto del "carro ganador", por el que parte del electorado quiere integrar el bando victorioso, no importa quién sea el candidato. Pero, apunta el investigador, "sólo entre un 10 y 15% de los votantes manifiesta tomar en cuenta los resultados de una encuesta al momento de definir el voto".

El viernes previo a la primaria porteña, la consultora Management & Fit alertó sobre la circulación de una encuesta falsa sobre los resultados en la ciudad, disparada desde un dominio ficticio. Otras consultoras tuvieron experiencias parecidas en los últimos meses y debieron salir a despegarse de esos números, que alguien retocó con la idea de influir en el resultado electoral.

El lado oscuro

En las primarias porteñas, la mayoría de las consultoras adelantó el triunfo de Horacio Rodríguez Larreta. Sin embargo, sucedió algo curioso. El domingo 19, una semana antes de las PASO, Poliarquía le daba a Larreta 4 puntos por encima de Gabriela Michetti, mientras que González y Valladares exhibían la misma diferencia, pero a favor de la senadora. A esas alturas, Aragón también daba ganadora a Michetti. Sin embargo, el viernes 24 y ya sobre la veda, el encuestador de Michetti ajustó sus números y lo ubicó primero a Larreta. El punto es que Poliarquía estaba contratada por Larreta, mientras que González Valladares y Aragón, por Michetti.

¿Las encuestas dan ganador a quien las pagan? Mariel Fornoni, de Management & Fit, asegura que la cosa es al revés: no es que las encuestas le dan bien a quien las paga, sino que quien las paga da a conocer sólo aquellos sondeos que lo benefician.

Hay muchas razones, incluso técnicas, que impactan en los resultados y que no necesariamente implican un toqueteo intencional de los números, tal como sugiere Romeo. Aunque también hay de esto último: políticos que piden adulteraciones y consultores que las aceptan, como admitieron varios consultores off the record, siempre aclarando que se trata de un fenómeno minoritario.

Las encuestas tienen un margen de error, que suele ser de entre 2 y 3 puntos, y un nivel de confianza, que en general es del 95 por ciento. Traducido: si un candidato tiene el 28 por ciento de intención de voto en una encuesta con un margen de error del 2 por ciento y un nivel de confianza del 95%, su rango de voto se ubica entre el 26 y el 28 por ciento. También significa que, si replicamos la misma encuesta 100 veces, el resultado sería igual en el 95 por ciento de los casos. Esto significa que, a veces y en escenario de empate técnico, ese margen de error puede ser involuntario.

En otras ocasiones, claramente no. El domingo de las primarias, al mediodía, el gobierno nacional hizo circular, al interior del sistema político, una encuesta de boca de urna que lo dejaba tercero a Mariano Recalde, inmediatamente después de Michetti. ¿La intención? Generar un clima favorable al candidato de la Casa Rosada y alentar a la propia tropa.

En 2009, por caso, fueron varias las consultoras que, contratadas por el gobierno nacional, no fueron capaces de anticipar la dura derrota del kirchnerismo en las elecciones legislativas.

Pero ¿qué pasa cuando un encuestador rifa su credibilidad?

"Cuando empezás a conectarte con el gobierno nacional, empezás a tener acceso al mundo de las empresas privadas. Entonces, tal vez a un encuestador no le importa licuar su credibilidad en el mercado de la consultoría política si luego obtiene cuentas importantes en el mundo privado", admite un consultor que trabaja para un presidenciable.

Si es cierto que, como ellos mismos dicen, los encuestadores rinden examen cada dos años, en 2015 esa prueba podría multiplicarse por seis. Demasiada exposición como para descuidarse.

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