
Para mejorar la eficiencia policial
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CUANDO se producen situaciones de emergencia social, como la que ha creado la actual oleada delictiva, lo natural es que todos los sectores de la población demanden el acrecentamiento de la protección policial. Aspiración que, en el caso concreto de la ciudad de Buenos Aires y de su específico cuerpo de seguridad, la Policía Federal, se ha manifestado en la constante petición de mayor presencia policial en las calles , expresada por bocas de las organizaciones vecinales y de la población en general.
No es simple, sin duda, atender en una urbe extensa, compleja y multitudinaria como Buenos aires la triple tarea de prevención, disuasión y represión de los delitos que tiene asignada la policía. Por eso es interesante registrar algunas iniciativas que personas con larga experiencia en la institución están en condiciones de aportar. No se trata de propuestas estructurales de fondo o de gran envergadura, sino de pequeñas reformas, muy concretas, que podrían llegar a tener un efecto positivo.
Por ejemplo, si el servicio telefónico centralizado y gratuito atendido a través del 101, a veces desnaturalizado por llamadas ociosas o falsas, contase con el complemento de otro sistema de tres dígitos habilitado para comunicar, de manera directa y automática, con la comisaría de la jurisdicción de la cual proviene la llamada, cuyo origen podría ser determinado mediante el empleo de un visor, se agregaría un elemento de incuestionable utilidad. Un recurso de ese tipo agilizaría la intervención policial en caso de probables delitos y, asimismo, serviría para atender otras emergencias.
Sería también importante propender al fortalecimiento de la vinculación entre el personal policial y la población afincada en su área de influencia. En ese sentido, la rotación anual automática, que no toma en cuenta la funcionalidad y rendimiento profesional de cada efectivo, podría ser reemplazada por la estabilidad del destino de los servidores bien conceptuados y la inmediata baja de quienes, por falta de aptitudes o por estar incursos en corruptelas, no son merecedores de la confianza de la institución y de la comunidad en la cual sirven. Días atrás aplaudimos, desde aquí, la experiencia que se está realizando en Ramallo, donde se ha previsto crear canales de participación para que las instituciones vecinales opinen sobre la persona que habrá de ocupar la jefatura local de la institución.
Si tienen la seguridad de que su dedicación, su eficiencia y su voluntad de perfeccionarse tendrán el justo premio de mejores equipamientos, ascensos por exclusivo orden de méritos y retribuciones acordes con su delicada misión, los buenos policías tendrán más alicientes razonables para redoblar los esfuerzos que a diario realizan en su constante batallar con la delincuencia. Un efectivo sistema de premios y castigos contribuiría a potenciar y optimizar los beneficios aportados por los mejores recursos humanos de la institución.
A la imprescindible erradicación de los focos de corrupción enquistados en las fuerzas de seguridad, que tantas veces reclamamos desde esta columna, debería sumarse un análisis atento de las iniciativas que dejamos registradas, aparentemente de menor importancia pero valiosas -acaso- como contribuciones al mejor desempeño de los guardianes del orden.
El mejoramiento de los servicios policiales no es, por supuesto, el único recurso apropiado para disminuir el flagelo de la criminalidad; pero es -sin duda- el sustento esencial que hará posible encarar esa impostergable decisión con mayores probabilidades de éxito.





