
¿Para qué sirve la cultura?
Por Alicia Dujovne Ortiz Para La Nación
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En una reciente entrevista publicada por L`Express y reproducida por la Revista La Nación , el distinguido filósofo George Steiner llega a una dolorosa conclusión que contradice todo lo que ha defendido en el transcurso de su vida: la cultura no nos humaniza ni sirve para volvernos mejores, dice. Si no se la ha podido emplear para impedir Auschwitz o Pol Pot, es que no tiene utilidad alguna. El ejemplo clásico reutilizado por Steiner es el del jerarca nazi que, después de haberse extasiado escuchando un concierto de música clásica, ordena el exterminio de centenares de judíos. Durante estas últimas semanas Steiner ha multiplicado sus presentaciones en Italia para sostener esa tesis pesimista que Armando Torno apoya en el Corriere della Sera . Sólo que mientras para Steiner el camino actual está marcado ya no por la literatura o el arte sino por la ciencia, única que "no miente", para su comentarista italiano la ciencia y la tecnología se han separado de la ética enseñada por las ciencias humanas, y "la cultura no ofrece dosis mayores de felicidad ni perfecciona nuestra vida".
Confieso que estas comprobaciones me parecen fechadas en otra época. Es como si se tratara de la súbita desilusión de algún iluminista del siglo XVIII, habituado a la lectura de los moralistas y lleno de una ingenua confianza en el progreso indefinido, que de pronto fuera presa de una desesperanza, obviamente prefreudiana y no menos ingenua, ante el surgimiento del Romanticismo. En efecto, al rechazar la razón, este demostró desde sus comienzos mismos no tener la menor intención de mejorar a nadie. Originadas en ese exacto rechazo de lo racional y, paralelamente, de lo ético, nuestras vanguardias del siglo XX prosiguieron un camino que en 1920 José Ortega y Gasset llamó "la deshumanización del arte". Ortega no profetizaba, comprobaba: ya en 1907, Las señoritas de Aviñón , de Picasso, se habían convertido en la cabal y turbadora imagen de una cultura que en modo alguno se proponía hacernos más buenos.
Sueños de tortura
Basta releer a los surrealistas para darse cuenta de que la bondad nunca fue su problema. Si en política se pronunciaron por una solidaridad antifascista, su visión del arte estaba a mil leguas del impulso fraterno. El flujo del inconsciente que daba nacimiento a la escritura automática era indiferente a los principios de bien y mal. Más allá de la indiferencia, existen textos surrealistas que aterran por la fascinación de la crueldad; sueños de tortura y de sangre, exploración de zonas ocultas que parece dictada por la inminencia del nazismo. Sin olvidar a Georges Bataille, revalorizador de Sade y creador de una teoría del "derroche", opuesto a la economía útil de nuestros sistemas sociales. Por otra parte, los que conocimos la atmósfera de la vanguardia de los años 60 fuimos acunados por frases como estas: "El arte no se hace con nobles sentimientos"; "lo estético y lo ético no van juntos".
El siglo XX ha producido, por supuesto, creadores menos oscuros, ya sea por "compromiso" político (Eluard, Neruda) o por espiritualismo cristiano o judío: Claudel, Reverdy, Chagall. Pero lo último que puede decirse en conjunto es que haya sido un siglo de moralistas. Ni Proust ni Kafka ni Joyce consideraron su deber indicarnos el paradero del bien. Ha sido un siglo de experimentadores, no tan ajenos como podría creerse al espíritu de esa actual "ingeniería genética" que preocupa a Torno. Quién sabe si cuando Picasso descomponía un rostro de mujer, su curiosidad de aprendiz de brujo no tenía puntos en común con la de un científico alucinado por la posibilidad de sustituir a la naturaleza.
El desengaño de Steiner y de su comentarista resulta, pues, candoroso en la medida en que recién se desayunan de lo que al menos desde principios del siglo pasado se sabía muy bien. Ignorarlo es desconocer el trabajo cultural de los últimos ciento cincuenta o doscientos años. Un trabajo al que podemos preferir otras tentativas, más "humanas" (dicho sea entre comillas, puesto que la atracción del mal tampoco es marciana), pero que no nos da lugar al asombro: no nos mejora moralmente porque ese no era su objetivo. Con respecto a la cultura clásica, que sí se proponia un perfeccionamiento del hombre, dictaminar su fracaso implica haber creído en resultados palpables: a más lectura de Aristóteles, mejor corazón. En realidad, la "utilidad" de la cultura, sea cuel fuere, siempre ha sido indirecta. Su influencia se ejerce de modo transversal, según el término empleado por el cubano Lezama Lima para referirse al barroco, pero válido para todo arte.
Río de la música
El violinista Isaac Stern ha relatado hace poco las circunstancias de un concierto que dio en Jerusalén durante la guerra del Golfo. El público llevaba máscaras de gas en prevención de ataques con armas químicas. Alentado por esta imagen de un "arte que sirve", un periodista le preguntó a Stern si la música era para él un modo de preservar algo de humanidad. Pero el artista contestó como artista, no como hombre. En consecuencia, no lo hizo en términos de sentimiento, de pacifismo, de coraje. Su respuesta provenía de ese otro lado que es el lado del arte: "La música es como un río al que nunca le falta agua. Ella continuará por mucho más tiempo del que los hombres puedan vivir".
Dos ejemplos, uno negativo y el otro positivo, servirán para aclarar esta idea, inefable por definición. El negativo son los nuevos libritos de autoayuda que sacan de contexto frases de Shakeaspeare o de Proust, en forma tal que cualquiera las tenga a mano en la oficina para saber qué contestarle a su jefe: un patético remanente de esa ilusión de una cultura útil en sentido directo o literal.
Y el positivo es Miguel Ángel Estrella, eximio pianista y fundador de Música Esperanza, que da conciertos en cárceles del mundo entero. Hace años tuve el privilegio de verlo actuar en una prisión belga para mujeres. Las presas que lo escuchaban embelesadas habían robado y matado. Ni Estrella ni el director de la cárcel que se prestaba a la experiencia pensaron nunca que la mejoría proporcionada por la música lograría impedir la menor recaída. A la salida de la cárcel, esas muchachas podían volver a delinquir como si nunca hubieran escuchado el piano maravilloso. Todo el mejoramiento al que podía aspirarse estaba allí, en el instante del éxtasis.
Un mejoramiento incalculable. Ese día me di cuenta de la similitud entre el arte y la mística. Para la más elevada religiosidad, la plegaria no debe pedir nada preciso. No debe pedir nada. El poema y la oración comparten los beneficios de esa nada, únicos que en un mundo de evaluaciones concretas son imposibles de medir.






