
Para restañar una herida
Por Rodolfo Rabanal
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Si Carlos Varsavsky viviera, se sentiría legítimamente orgulloso de su hijo Martín, el empresario que acaba de donar algo más de once millones de dólares para que todas las escuelas del país tengan acceso a Internet y así se ponga definitivamente en marcha la resurrección del sistema educativo en la Argentina.
A Carlos Varsavsky le conocí dos obsesiones: una era la libertad y la otra el conocimiento. Físico, economista y hombre de empresa, fue una recurrente víctima de los obtusos criterios políticos que dictaban las normas de la Argentina autoritaria. En la noche de los bastones largos, la represión de Onganía pretendió demostrarle que sus obsesiones eran inconvenientes y nulas y lo hizo golpeándole la cabeza con tan desdichada eficacia que llevó esa marca hasta el día de su muerte. La agresión no sirvió, sin embargo, para empujarlo al exilio, y Carlos -empecinado en la esperanza- permaneció en la Argentina a pesar de que el país se hundía sin que nadie atinara a detener ese naufragio. Poco después, intentos de secuestros y una serie de amenazas ordenadas por la Triple A, cambiaron su destino y el de sus hijos.
En 1979 nos encontramos en los Estados Unidos. Wassily Leontief, premio Nobel de Economía de 1973, dirigía el departamento de investigaciones económicas de la Universidad de Nueva York y Carlos era su segundo en el cargo directivo. Un desenlace más que irónico para un profesor apaleado en su propia tierra. Un mediodía de otoño almorzamos en la cafetería de la Facultad, sobre la plaza Washington, tratando de suponer de qué modo y por qué vías la Argentina podría salir del túnel oscuro que transitaba. Libertad y educación seguían siendo los componentes de la fórmula de Varsavsky.
* * *
A mediados de octubre de ese mismo año, en su casa de Scarsdale, en las afueras de Nueva York, nos sentamos junto a la chimenea que ardía desde la mañana y otra vez, naturalmente, volvimos a hablar de la Argentina y del sombrío equívoco que la empantanaba. Es preciso aclarar que Carlos Varsavsky era alegre aunque reservado y rara vez o casi nunca se mostraba pesimista. Su vida en los Estados Unidos, cómoda y segura, le había permitido obtener, por derecho propio, un lugar destacado en la comunidad científica, de manera que el tono de su conversación desconocía las lamentaciones o el reproche. Incluso cuando, en algún momento de esa tarde, inclinó la cabeza para mostrarnos la cicatriz que recordaba la noche violenta de la represión universitaria, lo hizo con ironía: "Es una modesta marca de la historia" comentó.
Cuando nos despedimos ya era noche y Varsavsky me acompañó hasta la estación de Scarsdale. Quedamos en reencontrarnos suponiendo que lo haríamos muy pronto en una Argentina viable. Pero lo cierto es que nunca más volvimos a vernos.
Veinte años después, el gesto de su hijo Martín Varsavsky cumple no sólo con el legado de un anhelo que, siendo propio, perteneció también a su padre, sino que, además contribuye a abrir una puerta de esperanza hacia el futuro, cerrando con su ejemplo una herida que es también la de todos nosotros.




