
Paraísos andinos
Peregrinajes patagónicos de otros siglos
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Hace 40 años, el 31 de enero de 1962, cinco montañistas que integraron la Quinta Expedición Patagónica del Club Andino Bariloche (CAB) -Manolo Puente, Arnoldo Gramajo, Oscar Palacios, Enrique Busch y quien esto escribe- culminaban exitosamente una de las travesías más penosas en los anales de la cordillera de los Andes (28 días contra la intrincada selva valdiviana, diluvios, torrentes, glaciares y, sobre todo, una lacerante e ineludible marcha de hambre final). Aunque famélicos, habían redescubierto las imponentes cataratas del chileno río Vodudahue, que avistó por primera vez fray Francisco Menéndez el 7 de enero de 1784 luego de la tenaz penetración selvática precedida de una navegación desde Chiloé. La proeza del clérigo explorador sumó 45 días de fatigas.
El corajudo franciscano repitió su aventura en 1786 y aun cruzó los glaciares limítrofes hasta que descubrió una majestuosa cuenca lacustre (hoy lago Menéndez, en el Parque Nacional Los Alerces). Fue ése el itinerario preciso que siguió la expedición del CAB, sin mapas, ya que es zona no relevada y por entonces carente de fotografías satelitales que en la actualidad detectan los relieves montañosos sin rasguño aventurero alguno.
¿Qué puede motivar a un grupo juvenil para emprender semejante aventura geográfica necesitada de la navegación del Pacífico hasta un fiordo sin puerto ni pueblo alguno y desaparecer en la exuberancia vegetal de un terreno desconocido a la vez que el pequeño esquife que arrendaron a un pescador echa vela de regreso a Puerto Montt? Respuesta: para quemar así las naves sólo se necesita inspirarse en un cautivante relato olvidado. Aun a sabiendas de que casi todos fracasaron y muchos murieron en el intento -antes y después de Menéndez- y en demanda de la incógnita que les provocaban aquel río y la cerrada vegetación que lo protege.
Páginas motivadoras
En ese caso se trató de una narración lacónica que describió como sencilla una proeza a lo Balboa o a lo Alvar Núñez, y que hubiera quedado sepultada si no fuera porque los manuscritos del intrépido explorador de sotana fueron tomados por algunos exégetas decididos a publicarlas. De ellos, el mejor recopilador resultó el también explorador y médico alemán -nacido en Goch del Rhin- afincado en Chile: Francisco Fonck (1830- 1912).
Fue médico de la colonia alemana del lago Llanquihue y el primer explorador científico del Nahuel Huapi en 1856 (que bautizó como Fray Menéndez a la hoy isla Victoria). En 1883 tuvo en sus manos los manuscritos del misionero y con valiosos apuntes y dibujos dados en un primer tomo lo llamó Viaje de fray Francisco Menéndez a la Cordillera . Lo editó en 1896. Cuatro años después publicó Viajes de fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi (sic).
Que se sepa, de este lado de la Cordillera, sólo la Biblioteca Nacional y la de la orden franciscana, con sede en Defensa y Alsina, atesoran las recopilaciones y transcripción que Fonck hizo de los manuscritos de Menéndez.
Los expedicionarios contemporáneos de 1962 habían recurrido -un año antes de su viaje- a la vieja Biblioteca Nacional para extasiarse con esos viajes y un decisivo párrafo del cura montañista: "Encontramos una ciénaga llena de alerces y cipreses pequeños y un río caudaloso que baja de una barranca en la Cordillera y forma un salto que pone miedo". La descripción se completaba luego con la búsqueda descubridora de otros dos saltos por encima del inferior. Con otras pequeñas cascadas y correderas diversas, los exploradores de 1962 midieron casi cuatrocientos metros de desnivel surcados por torrentes. Aún hoy se trata de una maravilla -quizá por muchos siglos- sepultada a la visita turística, pero que cedió su escondite y premió a un par de expediciones más.
Juan Martín Biedma llamó a Menéndez "el Livingston del siglo XVIII" y lo investigó lo suficiente como para dar una noticia biográfica importante en su Toponimia sureña. Pero fue Manolo Puente -el motor y jefe de la expedición del CAB de 1962 a las cataratas, gallego legítimo, además de prototipo explorador digno de otro siglo-, quien se puso en una apasionada saga del fraile. Cuando escalaba en la cordillera Blanca del Perú o cuando trató de ubicar el tesoro del inca de Quito enterrado en Vilcabamba -sin éxito final, claro-, Manolo ya había oído hablar del misionero franciscano y quizá fue su mejor imitador, aunque con prole, procaz, vicioso del tabaco, y pasto de sus propias y reiteradas rabietas.
El otro español, el franciscano, había sido más apacible. Era asturiano, casto, pero de Villaviciosa. Estudió en Santiago de Compostela y apareció hacia 1770 en el colegio franciscano de Santiago de Ocopa del Perú. Un año después, el virrey Amat ordenó la partida de un grupo, capitaneado por Menéndez de misioneros de Asís -en reemplazo de los expulsados jesuitas- para ocupar la isla de Chiloé y su reguero de capillas revestidas con tejuelas de alerce y campanarios amortizados.
Se instaló en Castro -mustia ciudad todavía en 1834 cuando la visitó Darwin- desde donde comandó las misiones de Chiloé y embarcaba para sus veraniegas recorridas de misión circular por las capillas del archipiélago.
Además de los dos viajes a través de los enjambres de caña quila y bosques milenarios del Vodudahue, el franciscano experimentó otros que lo transformaron en canoero reclutador de chilotes de la región para adoctrinarlos en Castro. Finalmente, relevado de su misión, viajó a Lima en 1790. Era virrey don Francisco Gil de Taboada Lemus y Villamarín, que le ordenó la nueva misión: "Descubrir la laguna de Nahuelhuapi". En realidad, ya la había descubierto en 1630 un capitán Juan Fernández -que nada tenía que ver con el de la isla- y a Menéndez lo precedieron los que establecieron la misión de la península Huemul.
La decisión virreinal
Por eso -el 3 de enero de 1791- descendió la barranca de Castro y se embarcó a la vista de los palafitos que enarbolaban casuchas paupérrimas en la costa para cumplir la decisión virreinal "con el objeto de descubrir los césares y osorneses". Es cierto que Menéndez nunca creyó realmente en la mítica ciudad y la aludió poco en sus apuntes, pero se sentía dichoso por hallarse otra vez en lucha con las dificultades andinas. Lo acompañaban el fiel Diego Barrientos -su seguidor en sus anteriores expediciones y giras apostólicas- y no pocos hábiles chilotes, con quienes llegó a la orilla oriental del lago al que retornó en noviembre del mismo año en su segundo viaje. Llegó al Nahuel el 12 de enero de 1792, al que navegó hasta las proximidades de lo que hoy es el asiento urbano más importante del lago y reconoció la costa oriental. El 31 de marzo reaparece Menéndez en Lima para informar de su reciente viaje. Pero el virrey no lo relevó de la tarea encomendada: comandaría el cuarto viaje.
Como se sabía muy poco de Menéndez sobre el final de sus días, Manolo Puente comenzó por instalarse en la casi enmohecida biblioteca del Colegio de Santiago de Ocopa en Perú. Llegó con su familia, pero se sumergió en ese "yacimiento" documental, casi aislado. Ya hace mucho tiempo que Manolo retornó definitivamente a su Galicia natal con la excusa de escapar a las contradicciones latinoamericanas, pero en realidad lo hizo para continuar en la saga de Menéndez. Se instaló en un pueblo cercano a Santiago de Compostela, seguro de que daría con la sotana del fraile y sus movimientos finales. El volumen biográfico de fray Francisco Menéndez creció no lejos de las rías marítimas de la Finisterre, pero Manolo Puente cedió a una enfermedad impiadosa. Murió el 2 de febrero de 1995 y su mamotreto biográfico permanece inédito.






