
Permiso para el entusiasmo
Se suele pensar el momento inicial de una presidencia como una luna de miel entre el ex candidato devenido presidente y la comunidad que femeninamente se apresta a dejarse conducir por él. El hecho de que, en este caso, el noviazgo no haya sido muy prolongado o que la decisión no se haya manifestado demasiado pasionalmente no implica que el amor no vaya a ser bueno y fructífero: todos hemos vivido circunstancias extrañas que nos entregan de manera inesperada situaciones favorables, coyunturas que por azarosos caminos terminan siendo de extremo valor.
También es cierto que en este caso la novia (el pueblo) no es una que se deje enamorar con facilidad. Por más que suela decir después, al sentirse traicionada, que se entregó totalmente y que no debe volver a repetir el error -que ése es su problema, ser tan enamoradiza-, lo cierto es que le cuesta mucho confiar y que tiene más bien la costumbre de creer que todos los hombres son iguales, unos frívolos o canallas que no la merecen, que le coquetean para engatusarla y que lo hacen con el único fin de aprovecharse de ella. No le hacen el amor como querría (suspira), la vejan. ¿Pero es realmente esta nueva esposa una que está dispuesta a dejarse querer y dejarse, aún más, preñar por una voluntad amorosa pero firme? ¿Es capaz de ser servida por una visión plena y dar a luz una nueva situación? Su carácter es demasiado inestable, y su feminidad, aparatosa: no hay amor que le venga bien. Prefiere, como buena histérica, sentirse mujer superior a todo intento de tenerla, ofrecerse como desafío imposible, llevar a todo candidato al nivel de su impotencia. Ningún hombre podrá conmigo, todos fracasarán.
¿Quiere la comunidad un poder político que le sea útil o prefiere expresar su frustración de formas renovadas? ¿Sabemos realmente estar a favor, apoyar? ¿Confiar? En caso de tener estos sentimientos, ¿sabemos decirlos, o prima siempre el temor de quedar en offside , apoyando lo que el mandato social exige siempre defenestrar? ¿Pueden funcionar el periodismo y la charla familiar en sincronía con el esmero de querer un país, de trabajar por él, de continuar el constante proceso de invención que requiere? Y si el nuevo líder fuera uno creativo, osado, si tuviéramos esa suerte, ¿sabríamos acompañarlo, potenciarlo, secundarlo, o seguiría vigente el automatismo de piquetear todo lo nuevo porque no sabemos adónde conduce? ¿Cómo salimos de una situación que encontramos negativa sin decidirnos a probar y generar opciones posibles? ¿Podemos superar la absurda sensación de que estar en contra, o desconfiar de manera constante, es mejor que apoyar y participar?
¿Podemos dejar de hablar de Menem, de mirar a Menem, de tejer absurdas conjeturas que parece buscan confirmar que la amenaza es constante, y justificar así el miedo y la quietud? ¿Podemos no escudriñar los nuevos rostros buscando el rictus del mal para recomenzar la tranquilizadora danza de la acusación y la autocomplacencia? ¿Podemos darnos cuenta de que no es Néstor Kirchner el que está en juego, sino nosotros, y de que el juego pide jugar y que hacerlo no es desplegar cautela y desconfianza sino apoyar e involucrarse? ¿Podemos dotar de un sentido nuevo la práctica de la oposición, concentrando su acción en el espacio de un aporte útil, limitando el ejercicio de la obstaculización incluso de las cosas positivas, con la idea de que las buenas medidas las tenemos que tomar nosotros o no las debe tomar nadie?
¿Podemos usar a los políticos como los instrumentos que son, para que la realidad que vivimos tome un poco más la forma de un mundo por disfrutar? ¿Podemos abandonar el empecinamiento en los ideales exaltados y distantes, y dedicarnos más bien a concretar el arte de dar forma a una experiencia de vivir compartida, que observe lo posible con sabiduría y trate de concentrar en él la energía de nuestras cualidades y deseos?
Algo cambió. Tenemos elementos para creer que estamos resurgiendo, que se replanteó el juego de nuestro mundo. Más que analizar hasta el infinito la verdad de esta afirmación u otras semejantes, conviene creerse esta perspectiva, para hacerla real. No, no van a desaparecer los problemas en un año. Lo que cambió es tal vez que ya no esperamos que tal cosa suceda, que el susto nos hizo aceptar el simple deseo de que dentro de un año las cosas estén un poco mejor. Y un año después, otro poco. ¿Somos conscientes ahora de lo que la suma de varios pocos puede lograr? Se dirá que hay urgencias, pero lo cierto es que no hay manera de lograr que esta sociedad funcione como un relámpago de soluciones cuando está adiestrada para no poder.
Kirchner parece ser un buen hombre. Tan bueno como puede ser un hombre. De nada sirve escarbar con fruición hasta encontrar el dato que justifique reinstalar la resistencia y la desconfianza. Ninguna persona resiste un escudriñamiento emperrado en descubrir la parte fallada del ser, ni aun el que más goza con el rol acusador. La desconfianza tiene miles de argumentos para justificarse y adoptar una apariencia de lucidez o de dignidad, pero nos conviene arriesgarnos a querer, porque el amor involucra, y porque si la comunidad no se involucra, el país no se enriquece. No se trata del amor por un hombre, por el reciente marido, sino del amor por la vida, por el país, por nosotros mismos, de un amor que debe ser capaz de servirse de un hombre para lograr su fruto, su avance. "Estoy preocupado porque me estoy entusiasmando", me cuenta un amigo que le dijo un familiar. Deberíamos más bien preocuparnos si sucediera lo contrario. © LA NACION
Alejandro Rozitchner es licenciado en filosofía. Autor de El despertar del joven que se perdió la revolución , entre otros libros.






