Perón, lenguaraz mapuche

Por Fernando Sánchez Zinny De la Redacción de La Nación
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14 de noviembre de 2000  

LO sorprendente no es el nombre del autor, sino el tema con que quiso lidiar. Lo extraño, visto el mundo con ojos vulgares, no es que haya osado hacerlo, sino que tras el intento quedase libre y apto para todo trabajo y no encerrado, si no en una torre de marfil, al menos en un pasillo con anaqueles.

Toponimia patagónica de etimología araucana * , de Juan Domingo Perón, nos trae no únicamente un glosario explicado de vocablos que en su mitad nos son familiares, sino también, y sin proponérselo, la idea de un mundo que no es el actual, que se diferencia del que nos ha tocado en suerte de manera sustantiva, ajeno al esquematismo que nos atenaza y que ha llegado a ser nuestra segunda naturaleza.

Las andanzas del capitán

¿Y por qué un caudillo, un hombre político, no podría, además, tener otras inquietudes y otras afecciones? ¿Por qué le estaría vedada esa fecunda poligamia que a todos se nos concede de poder alternar amores diversos y perseguir horizontes disímiles? Estoy pensando, por supuesto, en la generación del 37, en nuestros presidentes históricos, en aquellos generales de espada no virgen y bien cortada pluma, en hombres proteicos como Estanislao S. Zeballos, Eduardo Wilde, en Garmendia bibliómano y en Agustín P. Justo floricultor. En fin, en la vieja tradición que hacía de todo señor criollo un experto ganadero, o en aquella otra según la cual todo poeta tenía pasta de tribuno.

Como es archisabido, Perón dejó numerosos trabajos didácticos sobre puntos de historia militar, junto con otros de incitación política. Valiosos en sí, como aportes al análisis de hechos castrenses los primeros, y como testimonios los segundos, todos ellos se nos presentan como trasuntos de empeños que cabe calificar de profesionales y especializados, pues el autor era, respectivamente, un profesor de la Escuela Superior de Guerra y un jefe partidario que se dirigía a sus acólitos.

Este otro Perón, en cambio, es apenas reconocible desde esa perspectiva convencional. Se diluyen el orador y sus apotegmas, y surge la silueta de un muchacho criollo, criado en estancias de Santa Cruz y del Chubut, y después la sombra de un joven oficial destinado a remotas guarniciones neuquinas, un poco émulo -en lugar y estilo- de don Manuel J. Olascoaga, otro uniformado renuente a las rutinas cuarteleras. Las andanzas del capitán Perón terminaron siendo una publicación militar denominada Memoria geográfica sintética del territorio nacional del Neuquén , aparecida en 1934, de la que esta Toponimia , que vio la luz entre 1935 y 1936 en sendos y sucesivos almanaques del Ministerio de Agricultura y Ganadería, no era sino un complemento.

Pero, ¿sabía Perón mapuche? Planteada así, la pregunta resulta capciosa, pues en realidad sólo aborígenes de absoluta vida tribal podrían osar decir que lo saben. Es obvio que el conocimiento de Perón no pasaba del significado de un buen número de palabras y de determinadas reglas morfológicas, lo cual no difiere en sí del bagaje de Benigar, Casamiquela o Moesbach, sólo que, por supuesto, éstos poseían una específica formación lingüística y antropológica, de la que carecía el futuro líder. Pero éste tenía a su favor las memorias de la infancia y la convivencia prolongada con gente del lugar, peones, reclutas, estancieros como los hermanos Pedro y Félix San Martín y los caciques Pedro Curruhuinca y Manuel Llaurquin, señalados estos cuatro como correctores de la obra.

Lo que hablaba la indiada

Lo reunido son algo más de 700 palabras, entre topónimos y designaciones diversas que con alguna frecuencia integran el nombre de lugares, y una somera addenda con verbos, adverbios, pronombres, adjetivos, números, colores, puntos cardinales, etcétera.

Consciente de sus limitaciones, Perón prescinde de embarcarse en disquisiciones etimológicas y tiende más bien a recoger términos precisos, o bien expresiones que para entonces -hacia 1930- utilizaban las indiadas remanentes, expresiones a menudo híbridas por influencia del español y sometidas no pocas veces a corruptelas, que el autor destaca repetidamente.

Acaso por eso mismo sea esta obra un documento no desdeñable para estudiar la paulatina disolución del mapuche oriental "agauchado" tal como cabía registrarla hacia esa época. Al respecto, es lástima que esta edición no contenga el trabajo preliminar que acompañó a la de 1950, debido a José Imbelloni, máxima autoridad antropológica habida entre nosotros.

(*) Olivos, Editores El Calafate, 2000, con una introducción de Domingo Arcomano.

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