
Pese a todo, el Senado es honorable
Por Jorge Horacio Gentile Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Una carta de lectores de LA NACION propuso que al Senado de la Nación no se lo llame más honorable, por los últimos escándalos. La Constitución nunca usó esa expresión; sin embargo, se lo calificó así desde el acta de su primera sesión ordinaria, del 24 de octubre de 1854.
El primer escándalo al que se alude fue el de las supuestas coimas cobradas por algunos ex senadores hoy procesados -Emilio Cantarero (PJ-Salta) y José Genoud (UCR- Mendoza) para votar en favor de la ley laboral, en la sesión del 26 de abril de 2000, pagada con fondos de los servicios de inteligencia del Estado (SIDE). Esto motivó la renuncia del vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez. A fines de 2003, el "arrepentido" Mario Pontaquarto, secretario parlamentario del Senado a la fecha de aquella sesión, amplió la denuncia e hizo reabrir la causa penal. El segundo escándalo fue en 2003, cuando la Cámara alta no excluyó al senador Luis Barrionuevo por los graves incidentes que hicieron suspender los comicios de Catamarca.
Estos hechos, sin precedente, recuerdan otros no menos graves sucedidos en la historia, como el asesinato en el recinto, por alguien del público, del senador electo por Santa Fe Enzo Bordabehere en la sesión del 23 de julio de 1935, cuando el senador Lisandro de la Torre hacía la interpelación por el comercio de carnes. También al atentado con explosivos sufrido por el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen cuando intentó hacer arrancar su automóvil en el garaje de Marcelo T. de Alvear 1276, el 21 de noviembre de 1973, atribuido a la Triple A, que dirigía el ministro José López Rega. Al citado senador por Chubut también le estalló una bomba en su casa de Puerto Madryn en 1975 y el 17 de agosto de 1976 fue secuestrado, junto al ex diputado nacional Mario Abel Amaya. Luego se supo que estaba detenido y un año después salió del país. Amaya fue asesinado. Ese año, el 14 de abril, también desapareció el senador Luis Agustín Carnevale (PJ-Córdoba), de 65 años.
Entre 1930 y 1983, el Senado, y el Congreso, fueron clausurados durante 23 años, dos meses y 18 días, por los seis golpes de Estado que quebraron la continuidad constitucional.
A poco de inaugurar el actual Palacio Legislativo, el presidente José Figueroa Alcorta, disgustado con los legisladores que no le aprobaban el presupuesto, por decreto del 25 de enero de 1908, clausuró el Congreso, y ante el intento de las cámaras de reunirse para desconocer dicho decreto, el Poder Ejecutivo ordenó al jefe de policía coronel Ramón L. Falcón ocupar el edificio del Congreso y no dejar entrar a ningún legislador, lo que hizo el 27 de enero de 1908, con cien bomberos al mando de José Calaza.
En 1862, las cámaras del Congreso se trasladaron a Buenos Aires y sesionaron en la Legislatura provincial, de Perú 272. Desde 1864 hasta el 15 de diciembre de 1905 lo hicieron en el edificio construido en la ochava de la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) 318 al 330, con un recinto para reuniones que hoy está dentro del edificio en el que funcionó el Banco Hipotecario Nacional. En la presidencia de Nicolás Avellaneda, y por el levantamiento del gobernador de Buenos Aires Carlos Tejedor, entre el 8 de junio y el 21 de septiembre de 1880 el Congreso sesionó en la Municipalidad de Belgrano y sancionó 14 leyes, entre ellas la de capitalización de Buenos Aires.
La estabilidad permite hoy a Eduardo Menem, senador desde 1983, tener el récord de permanencia en su banca, y a su hermano Carlos Saúl de suplente. Pero por el Senado pasaron prestigiosos políticos, como los constituyentes de 1853 Facundo Zuviría, Pedro Ferré, Manuel Leiva, Martín Zapata, Luciano Torrent, Regis Martínez y Salustiano Zavalía; varios presidentes de la República, como Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento, Nicolás Avellaneda, Julio A. Roca, Miguel Juárez Celman, Manuel Quintana, Roque Sáenz Peña, Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa -mejor senador que presidente- y Eduardo Duhalde, y los vicepresidentes de la Nación Salvador María del Carril, Julio A. Roca (hijo), Alberto Teisaire y Carlos Perette. Otros vicepresidentes que completaron el mandato presidencial después fueron senadores, como Carlos Pellegrini, José Evaristo Uriburu y José Figueroa Alcorta. Otros fueron luego jueces de la Corte Suprema de Justicia, como lo es hoy Juan Carlos Maqueda, y hasta presidentes de esa institución, como Salvador María del Carril y José Figueroa Alcorta. Muchos ministros y gobernadores fueron senadores. También lo fueron Dalmacio Vélez Sarsfield, Leandro N. Alem, Tomás Guido, Valentín Alsina, Joaquín V. González, Dardo Rocha, Aristóbulo del Valle, Alfredo Palacios, José Antonio Allende, Francisco Cerro y Raúl Baglini, para citar sólo a algunos.
Los senadores no son los "padres de la Patria", como con ironía los llamábamos los diputados, por el estilo más sereno y ceremonioso que los caracteriza. Pero el Senado, que cumple este año su sesquicentenario, diseñado según el modelo de la Constitución norteamericana, no es una Cámara débil que ratifica lo que aprueba Diputados, sino que tiene parecidas prerrogativas y algunas otras que lo convierten en una especie de consejo de Estado. William Gladstone dijo -con referencia al Senado norteamericano, válida también para el nuestro- que era "el más extraordinario de todos los inventos de la política moderna", y James Bryce, que se trataba de "la pieza maestra de los constituyentes".
El Senado es una institución fundamental de la República, que nadie cuestiona como tal, por lo que su honorabilidad no puede ni debe ser puesta en duda, aunque entre sus integrantes pudo o pueda haber quienes no merezcan ser tratados de honorables.
El autor es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Nacional y Católica de Córdoba, fue diputado de la Nación y es autor del libro Derecho Parlamentario Argentino.






