
Pío XII y los judíos
Por Julio César Moreno Para LA NACION
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Que la historia nunca termina de escribirse lo demuestra el debate abierto en Italia y varios países europeos acerca de las relaciones de la Iglesia Católica con la comunidad judía en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y el largo silencio de aquélla sobre la Shoa u Holocausto: el martirologio del pueblo hebreo en los campos de concentración nazis.
El asunto toca a dos grandes papas: Pío XII y Juan XXIII, y surge de la directiva dada en octubre de 1946 por el Santo Oficio a la nunciatura en París, entonces a cargo de monseñor Angelo Giuseppe Roncalli -futuro Juan XXIII- en el sentido de que los niños judíos acogidos por instituciones o familias católicas durante la ocupación alemana, y que habían sido bautizados, no podían ser restituidos a sus padres o familiares. El documento, que llevaba la firma de Eugenio Pacelli, o sea Pío XII, admitía una serie de excepciones.
La Iglesia, a la luz de esa directiva, aparece en una actitud contradictoria: por un lado salvó a niños judíos franceses de una segura detención y deportación y por el otro les negó a muchos de ellos su identidad judía. El tema encendió inmediatamente un gran debate, y no faltó quien escribiera que Pío XII había sido coherente, pues "todo bautizado es hijo de la Iglesia". El bautismo es, en efecto, uno de los sacramentos -el primero de todos- que define la condición católica de una persona, pero es una discusión casi teológica si vale para quienes pertenecen o han sido iniciados en otra religión. Sucede que la "conversión" (la idea de que los infieles, los ateos e incluso los practicantes de otras religiones debían ser "convertidos" al catolicismo) estaba muy arraigada en la Iglesia preconciliar desde los tiempos de la Contrarreforma.
Salvados por los católicos, pero convertidos al catolicismo por medio del bautismo: éste fue el drama de muchos niños judíos de Francia en tiempos de la Shoa. Pero el debate fue más allá, ya que la Iglesia Católica fue acusada de indiferencia y silencio frente a la Shoa u Holocausto judío, tema que se convirtió en el centro de la controversia, desplazando al de los niños judíos bautizados y no restituidos.
Sobre semejantes cuestiones no se pueden pedir veredictos inapelables. Pero hay una hipótesis verosímil, que surgió en este debate: que no sólo la Iglesia sino también los intelectuales, los partidos políticos, la mayoría de los historiadores y hasta la izquierda no tuvieron conciencia -hasta entrada la década del 60- de la dimensión que había tenido el Holocausto judío. Incluso en Israel la cuestión pasó a un primer plano sólo después del proceso y condena a Adolf Eichmann, en 1962.
Hasta entonces el sentimiento predominante era superar los horrores de la Segunda Guerra Mundial, construir un mundo más pacífico y tolerante y pensar más en el futuro que en el pasado. Tuvieron que pasar casi dos décadas para que se volviera sobre el pasado y el Holocausto o Shoa se convirtiera en uno de los grandes temas de nuestro tiempo. Y habría que preguntarse si no es ésta una ley casi natural: que los pueblos necesitan de un tiempo de olvido para volver después a interrogarse sobre el pasado.






