Plaja, el último testigo

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23 de junio de 2002  

En julio de 1980, nuestro columnista Esteban Peicovich encontró al último testigo del accidente de Medellín. Hacía años ya que todos los sobrevivientes habían sido dados por muertos y su primicia sorprendió por el doble valor: se trataba del catalán José Plaja, intérprete y secretario personal de Carlos Gardel. Ambos se habían conocido en los estudios cinematográficos de Long Island, donde Plaja oficiaba de traductor y ayudante de doblajes.

Gardel valoró su corrección y capacidad, y le ofreció el trabajo de asistente para asuntos publicitarios, bancarios y epistolares. En tal carácter, José Plaja se incorpora a la gira que los llevará de Nueva York a Colombia. La entrevista a este singular personaje de la odisea gardeliana puede leerse completa en el libro Gente bastante inquieta, de Esteban Peicovich, editado por Simurg el año último.

A continuación se transcribe el fragmento que trata del accidente en sí:

-¿Y cómo fue su última gira, don José?

-Salimos de Nueva York en barco. Eramos ocho, Gardel, Le Pera, José María Aguilar, que era su principal guitarrista, un académico que en los recitales ocupaba lo que se llama el intermezzo interpretando melodías criollas, Guillermo Barbieri y Angel Riverol, también guitarristas, Alfonso Azaff, que creo que era venezolano y hacía de publicista, se ocupaba de que en los lugares donde cantaba Gardel salieran autos con altoparlantes gritando: "Concurra esta noche al teatro tal para el grandioso recital...", después venía Corpas Moreno que era el valet, el criado de Gardel, y finalmente yo.

El itinerario más o menos fue por barco a San Juan de Puerto Rico, después a La Guayra, Puerto Cabello, Maracaibo, Lagunillas, Curaao.

De allí fuimos en un pequeño avión, de fuselaje de madera, hasta Aruba. Daba miedo tomarlo. Lo que más me reconfortaba en ese viaje de noche era que el piloto holandés era alto como una catedral, llevaba su traje bien almidonado y daba la sensación de seguridad. Estaba rojo como un camarón por el sol de Curaao el pobre holandés.

-Y Gardel, ¿le tenía miedo al avión?

-Gardel tenía un poco de aprensión, como todos.

-Seguimos, don José.

-Bueno, estuvimos como le decía en Barranquilla "donde se va el caimán" y todo eso hasta Bogotá, recitales, mucha gente: mucho fervor por Gardel y después nos preparamos para seguir viaje y vino lo de Medellín... Yo le explicaré qué sucedió allí. La noche anterior hubo una partida de póquer que se demoró mucho. El capitán del avión Morrison nos había indicado de salir muy temprano. Si lo hacíamos así no necesitaríamos hacer escala en Medellín. Porque el macizo central de los Andes no se vería cubierto de niebla. Entonces él podía llenar los tanques con gasolina a tope y no parar. Podría sobrevolar y ver todo y darle el máximo de techo al aeroplano. De salir más tarde este itinerario resultaba aventurado. Salimos tarde por eso del póquer y él debió cambiar su plan, poner menos gasolina porque ya habría neblina espesa y por lo tanto descender en Medellín...

-Allí estuvieron muy poco tiempo...

-Sí, muy poco. Yo fui el último en entrar en el avión. Tenía que ir al toilette y les dije a los muchachos que ellos se sentaran primero -adelante-, que yo quería colocarme en la silla de atrás de modo que al iniciarse el vuelo se podría, era permisible, abrir el toilette. Hice eso y me senté en la última silla y tomé La vorágine , de Rivera, que venía leyendo. Gardel estaba con Le Pera adelante, detrás del piloto.

-Usted, ¿tenía puesto el cinturón de seguridad?

-No, y eso me salvó. Como también estar atrás. Yo siempre pensaba que en un accidente se mataban los de adelante y que atrás quedaba alguna posibilidad. Bueno, tomo ese libro, el avión comienza a rodar por la pista. Lo manejaba el piloto Samper, que quería tener el honor de llevar a Gardel. Yo no sé bien cómo se produjo esa catástrofe: allí están los informes de la comisión que investigó. Parece que Samper al salir fue tomado por un viento cruzado que lo empujaba hacia los hangares. El, en un intento quiso sobrevolar esos hangares, pero no le dio el motor, el viento se arremolinó y se convirtió en un viento vertical que le impidió saltar, digamos, y así tras elevarnos un poco caímos en picada sobre el otro trimotor que ya con los motores encendidos esperaba su turno para arrancar.

-¿Cuánto se elevó el Ford F-31 en el que iban ustedes?

-No podría calcular, no sé, una planta y media, un piso y medio más o menos...

-¿Usted recuerda gritos, cosas previas al choque?

-No, nada. Eso del tiro de revólver en el avión y otras barbaridades, todas pamplinas. El choque me despidió de mi asiento y caí en el pasillo, pero de tal manera, de costado, que me quemé uniformemente. Ahí me quemo la cara y las manos. Los dedos no quedaron aprovechables y hubo que cortarlos y ponerles guantes a las manos. Yo caí del avión. Hay un hombre de Medellín que todos los años me escribe una carta o una postal. El fue quien con un extintor me apagó el fuego que tenía cuando caí del avión a la pista. Estuve con Aguilar en la clínica de La Merced para las primeras curas y de allí me llevó mi hermano a Nueva York, al Medical Center. Las monjas de este gran hospital me decían que había tenido mucha suerte, pero cuando luego vi qué había quedado de mí... Esos de los aviones no pagaron seguro, ni nada. Eran otra épocas, aunque era un avión chárter.

(José Plaja murió el 11 de septiembre de 1982 y está enterrado en el cementerio de La Bisbal, Cataluña, España.)

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