¿Podés dejar de gritarme?

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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17 de enero de 2019  • 02:32

El grito es una respuesta emocional que implica agresividad. Es una expresión de emoción agresiva a un estímulo al que se considera amenazante. Por ejemplo, en la pareja de A y B, A le grita a B, y éste se calla. Pero, en realidad es una discusión por el poder. Cuando gritamos no podemos escuchar y reflexionar.

1.¿Qué podemos hacer si en la pareja hay gritos?

Si el grito es muy intenso, lo aconsejable es no enfrentar, no contestar, porque eso puede empujar la agresión física. La sugerencia es poner un límite al grito. Por ejemplo, podemos decir: "Hablemos, pero sin gritarnos", o "así prefiero no hablar, conversemos más tarde", y de esta manera posponemos el tema sin evitarlo, dado que ciertamente luego se conversará.

2.¿Qué sucede cuando las discusiones son constantes en una pareja?

Supongamos que un miembro de la pareja le ordena constantemente al otro: "Sacá la basura"; al día siguiente: "acomodá la ropa"; luego insiste: "Limpiá lo que ensuciás". Imaginemos que esa persona va cumpliendo cada una de estas tareas, pero siempre aparece un requerimiento más, porque lo que anda mal no es la tarea encomendada sino el vínculo. Uno de los integrantes de la pareja es el que demanda las tareas, sin embargo, el tema que subyace es el vínculo entre ambos: "¡Dame atención!". Cuando los planteos de uno hacia el otro son constantes, en general es por la reconstrucción del vínculo.

3.Soy gritón, pero quiero dejar de serlo

Gritar es una señal de debilidad, por lo que requiere trabajar en la estima. Es necesario que aprendamos a pasar del grito a la negociación. Debemos salir de la lógica "ganar-perder" —que nos introduce en "todo o nada"—, a la lógica de "ganar-ganar".

4.Les grito a mis hijos, de lo contrario no me hacen caso

El grito nunca es un límite. Por el contrario, gritar muestra mi dificultad en poner límites al asunto. Por ejemplo, supongamos que le pedís a tu hijo: "Guardá los juguetes", "acomodá tu cuarto", "levantá la ropa del piso". En otras palabras, le decís A, luego B, después C, y gritás. Eso último —el grito— es la sanción a la que tu hijo obedece, pero no registró el límite educativo, que debe ser previo.

El grito no genera el aprendizaje. El niño no obedece el límite, sino la sanción. Él ordena el cuarto, pero no registró todo lo anterior ("guardá los juguetes", "acomodá tu cuarto", "levantá la ropa del piso", etc.). El enojo saltó el límite, no incorporó la tarea.

5.Mi jefe me grita en el trabajo, ¿qué puedo hacer?

A continuación te comparto dos ideas que te resultarán útiles:

  • a. Mirar al que te grita, a los ojos —como una actitud de firmeza— y decirle: "De acuerdo, pero por favor, no me grite". Ese es un límite calmo pero firme.
  • b. Las palabras construyen realidad. Nuestras palabras son semillas: pueden ser semillas que edifican o semillas que destruyen. Cuando le grito al otro, no estoy negociando, sino que lo estoy invitando a subir al ring a pelear. Cuando la emoción del enojo es intensa siempre lo mejor es posponer la discusión para un momento en el que estemos relajados.

En muchas oportunidades el enojo es la acumulación de "micro frustraciones" que se van juntando a lo largo del día, a veces se acumulan semanas e incluso años. Esta acumulación se encapsula en el cuerpo, pudiendo manifestarse en forma de implosión o explosión.

Mientras que el enojo busca descarga, la reflexión busca construir. El enojo intenso ve al otro como adversario, pero la reflexión lo ve como socio para crear un "ganar-ganar".

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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