
Por fin se supo: no hay tarifazo, ni inflación, ni pobres
Sinceramente creo que es injusto evaluar a este gobierno impelidos por la premura de la inmediatez; esto es, encimados con los acontecimientos, sin darnos tiempo a la reflexión, arriesgando calificaciones al calor de intereses de la hora. Sería mucho mejor hacer ese ejercicio crítico con sesgo historiográfico: sopesando los datos en un marco más amplio y poniendo todo en perspectiva. (Odio a esos analistas que se la dan de intelectuales, pero admito que estas primeras líneas tienen un tonito pretendidamente académico; me disculpo y prometo no volver a caer en la tentación.) Retomo. Vayamos a los ejemplos. De Ronald Reagan se decía que era un vago porque iba a la Casa Blanca muy pocas horas por día. Después, muchos años después, fue reconocido como uno de los grandes presidentes de Estados Unidos. Es obvio hacia dónde estoy yendo, ¿no? Sí, claro: también de Alberto dicen que es amigo de la almohada, de la TV, de llegar tarde a todos lados, y enemigo del laburo. Son acusaciones difíciles de desmentir, pero dentro de 50 años los historiadores concluirán en que esa lejanía del cargo fue su mayor servicio al país.
Jorge Argüello, embajador en Washington, habló en una entrevista del “presidente Massa”, y enseguida, irreflexivamente, medios y redes se hicieron un festín. Yo analicé con detenimiento el furcio, y ojo, no estoy nada seguro de que haya sido un furcio. Una posibilidad es que le quiera levantar el perfil a Massita para que no se lo coman crudo cuando se reúna con el FMI, la semana próxima; otra, que intente llevar tranquilidad al gobierno de Biden: en la Argentina no hay vacío de poder.
Tampoco se puede descartar que estemos ante un nuevo ordenamiento en la administración: Massa, presidente; Alberto, locutor oficial, y Cristina, al frente de una suerte de tribunal de última instancia. Si así fuera, ganaría relevancia un tuit de anteayer: “ESCÁNDALO. Alberto Fernández sigue cobrando sueldo de Presidente”.
En cualquier caso, resulta evidente la necesidad de evitar juicios apresurados. Hay otro ejemplo, acaso el más flagrante. Durante el “primer tiempo” de Macri, la jauría kirchnerista ganó las calles, puso el grito en el cielo y armó intifadas básicamente por cuatro temas: tarifas, jubilaciones, inflación y dólar. My God. En aquellos años, tarifas era “tarifazo”, “ajuste salvaje”, “neoliberalismo”; jubilaciones, “el hambre de los abuelos”; la inflación sumergía a millones de personas en la pobreza, y Kicillof nos enseñaba (tuit del 7 de julio de 2017) que el dólar subía “por los manejos del Gobierno”. ¿Hay un mea culpa de Cristina, Kichi y La Cámpora? Sí, lo hay, lo cual demuestra que aprendieron la lección: ya no se habla de aumento de tarifas, sino de “redistribución de subsidios”, como bien lo definió Malena Galmarini de Massita; las jubilaciones crecen menos que el costo de vida, pero el presidente de facto transformó esa mala noticia en el anuncio del premio mayor de la lotería; la inflación del 7,4% parece terrible, hasta que Tombolini, secretario de Comercio, nos tranquiliza: es solo una “percepción” de que los precios suben, y el valor del blue no se lo debemos a la política económica, sino a los especuladores. Vuelvo sobre Malena, que canta el ajuste como ninguna; me cuentan que los papelones que pasó tratando de explicar lo inexplicable y mostrando edificios responden a una cuestión de alcoba: Sergio le había pedido una prueba de amor.
Macri, ingenuo, comunicaba el tarifazo como lo que era, un tarifazo. El tarifazo de estos días, odiosa receta del FMI, fue presentado como una cruzada justiciera: ¡se acabó eso de subsidiar a los ricos! A la bomba de humo del escrache a la oligarquía no le faltaron ni listas ni fotos; una obra maestra del marketing político. Serán tarambanas para otras cosas, pero en esta materia volvieron mejores. Me imagino que ya estarán pensando de qué forma contrarrestar las fotos que develarán la gran patraña: las fotos en las redes de las facturas de luz, gas y agua. Me permito tirarles algunas sugerencias: podría ser una fulminante carta abierta de Cristina a Massita, o el anuncio de que se van a construir los primeros tres metros del gasoducto de Vaca Muerta, o una cadena nacional para informar que finalmente alguien aceptó ser viceministro de Economía.
La otra cortina de humo, involuntaria, es el avance de las causas que se sustancian contra dos de las tres mayores heroínas del nacionalpopulismo: Cristina y Milagro Sala (la tercera, Hebe, también es sospechada de haberse quedado con dinerillos ajenos, aunque el expediente anda medio lenteja). Todo lo que se va ventilando de las andanzas de Cris y Milagrito resulta abrumador, corta la respiración y es preferible no consumirlo antes o después de las comidas. El pueblo probablemente ya las ha condenado, y seguro que la Justicia dirá lo mismo: son corruptas, no pueden justificar sus fortunas, lavaron dinero, mintieron.
Pero ¿qué dirá el reposado juicio de la historia? Lo mismo.






