"Por qué él y no yo"

Fueron compañeros de secundaria, juntos esperaron el sorteo de la conscripción y a los dos les tocó marina, pero uno fue a la guerra y el otro no
José Vales
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1 de abril de 2012  

Aquella guerra no la habíamos elegido ni él ni yo. Ni los que fueron al frente ni los que nos quedamos de este lado sin saber cuándo llegaría la orden de marchar al campo de batalla llegado el caso. Siempre me había hecho la misma pregunta. ¿Por qué él y no yo? ¿Qué engranaje funcionó en esa suerte de ruleta rusa de aquellos días que nos marcaron para siempre?

La misma guerra volvió a convocarnos en la mesa de un bar 30 años después, cada uno con medio siglo a cuestas, para terminar de colocar las piezas del rompecabezas de lo que fue nuestro destino. Una guerra que fue más suya y tan mía. Como lo fue de miles de ex combatientes, por años sometidos a la ingratitud y a la indiferencia social.

Héctor Vega, "el Flaco", fue mi compañero de banco en la Escuela Número 2 Eduardo Wilde de General San Martín, donde nos conocimos el primer día de clases de 1979. Era una escuela nocturna, los dos trabajábamos; él llegaba todos los días desde su empleo en el centro, adonde iba todas las mañanas desde su casa en José C. Paz.

Ahora sonreímos en el bar. Nos acordamos de los gritos de alegría de agosto de 1980, cuando tras el sorteo supimos que ambos haríamos la colimba en la Marina. Fuimos juntos a la revisión médica en el distrito militar San Martín, donde volvimos a coincidir el 2 de abril de 1981. Un año antes de la guerra, pienso hoy; pero ni lo podía imaginar entonces. "Yo ni sabía dónde quedaban las Malvinas, menos idea tenía en esa época de lo que era una dictadura", me dice el Flaco, mientras caminamos por la avenida costanera de Mar de Ajó, donde se radicó hace un año para vivir de cara a ese mar que supo arrancarle de cuajo los miedos y la timidez, pero que lo devolvió "un poco más irascible y peleador". Curtido para enfrentar todo lo que vino después, pero con "algunas marcas indelebles y un problema de circulación en los pies", consecuencia de tenerlos dos días metidos en el agua congelada.

Nos tocó ir a la Base Naval Belgrano. En Campo Sarmiento pasamos dos meses de instrucción. El había recalado en la segunda compañía, yo en la tercera. Solíamos vernos en formación, en el comedor, en los ratos libres. El 2 de junio del 81 nuestros caminos se separaron. Cada uno tenía un destino asignado. El, al crucero General Belgrano. Yo, a la Escuela de Submarinos de la Base Naval Mar del Plata. Pudo haber sido a la inversa, pero no lo fue.

Para el Flaco, a diferencia de muchos hijos de la clase media, el servicio militar había sido todo lo contrario a un martirio. "Yo venía de vivir en un rancho, en la pobreza, haciendo una vida sin sentido. No tengo vergüenza en decirlo. Yo conocí la ducha de agua caliente y las cuatro comidas diarias en la colimba", me dice. Así que hasta llegó a pasarlo bien. La vida en el buque le gustaba. La rutina naval que le había tocado era bastante cómoda.

Eso, claro, hasta el viernes 2 de abril de 1982, en que todo comenzó a ser tan diferente. La tranquila vida naval se había transformado en horas de tensión permanente.

El domingo 2 de mayo, Vega se encontraba en alta mar y yo, al abrigo de la cuadra y de las oficinas de la Escuela de Submarinos. A las 15.45 Vega acababa de concluir su guardia de 24 horas en uno de los cañones. Llevaba puestos varios pantalones y se envolvía en toallones para resistir las temperaturas bajo cero. Buscó las escaleras rumbo a la cocina pensando que el mate cocido podría ayudar a calentar un poco el cuerpo. Pero nunca llegó.

Los dos torpedos lanzados por el submarino británico Conqueror acababan de herir de muerte al crucero General Belgrano. El primero había pegado en la popa a las 15.50 y dejó al buque sin energía eléctrica, sumido en gritos desgarradores, recuerda todavía mi amigo Vega, mi compañero de banco. "Me sacudí en la escalera y aproximadamente cinco minutos después, otra explosión", esta vez en la proa. "El olor a azufre y el humo ya eran insoportables. Pensé que iba a morir pero no sé cómo me mantuve calmo".

Mientras lo escucho hablar pienso que fue esa calma que le era tan propia desde chico y su apego natural al orden lo que lo ayudó a salir vivo. También pienso que no fui yo el que ese día buscaba concentrarse en recordar los simulacros, conservando babor, para llegar a la balsa número 45. Tampoco fui el que le apagó el fuego de la espalada a un marinero con el toallón mojado que antes había usado de abrigo, ni el que tomó coraje para saltar los 18 metros hasta el agua -cuando no sabía nadar- para caer sobre una goma inflable, junto a otras 24 personas. No. Yo no lo hubiese logrado. El y algunos de sus compañeros sí. Allí, en la balsa, desesperados por alejarse lo antes posible de lo que quedaba del Belgrano, que empezaba a desaparecer en las oscuras aguas del Atlántico Sur. "Fue impresionante verlo hundirse -me dice-. Pero se portó bien hasta el final, se hundió sin hacer el efecto succión. Nos perdonó la vida."

A "la 45" la recuerda comandada por el miedo y timoneada por el silencio. Los más creyentes rezaban, alguno que otro se esforzaba con los chistes. La mayoría ya no sentía las piernas y Vega era uno de ellos. "La única forma de darnos un poco de calor era meándonos encima." Los rescataron a todos 47 horas después del hundimiento. Fue la última balsa en que aparecieron náufragos con vida.

Con la noticia del hundimiento del Belgrano en Mar del Plata, me las ingenié para regresar al conmutador de la Base que había operado hasta hacía unos meses y comunicarme con el telefonista de Ushuaia. Me leyó la lista de sobrevivientes y grité de alegría cuando escuché "Vega, Héctor Ernesto". Estaba a salvo. El Flaco acababa de convertirse en un veterano de guerra.

Cuando el 16 de junio lo licenciaron definitivamente en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a donde lo habían trasladado, Héctor Vega, el veterano, se sintió más solo que en alta mar. "Crucé la Avenida del Libertador con el DNI en la mano y me encontré en la más absoluta soledad. ¿Y ahora qué? Me pregunté. Tenía que volver a la pobreza, a empezar de nuevo, golpeado por lo que me había tocado vivir, sin contención alguna; no sabía qué hacer. Ahí sí comenzó mi otra guerra", dice.

Yo ya estaba en la universidad en la primavera de 1986 cuando me lo encontré en la estación Retiro. Hacía una exhibición con un yoyó que proyectaba luces de colores. Nos estrechamos en un abrazo breve; él estaba en horario de trabajo y para vender en la calle se necesita conducta y dedicación.

Al volver del frente, me cuenta ahora, pasó meses encerrado. Se peleaba con cualquiera ante la menor crítica a los combatientes. Había conseguido trabajo en una financiera y cuando quebró no volvió a conseguir un empleo similar.

Tal vez por eso, ante el reclamo de los soldados que fueron movilizados en el continente y que por estos días piden ser considerados también veteranos de guerra, no tiene dudas: "Creo que hay una única verdad. Estuviste o no estuviste en el teatro de operaciones. Ahora es fácil porque aparecieron los subsidios, pero me hubiese gustado que reclarmaran junto con nosotros cuando éramos muy pocos y nadie nos escuchaba".

Antes de despedirnos no supe cómo decirle gracias. Y ya no espero responderme alguna vez esa pregunta: por qué él y no yo. Pero a los Héctor Vega que supo parir esa guerra absurda muchos de nosotros jamás podremos terminar de agradecerles el haber salvado todo aquello que no se nos murió en aquel otoño del 82, aquello con lo que pudimos construir esto que hoy somos.

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