¿Por qué Juana Azurduy?

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Curiosamente, se la confunde con una heroína indígena, cuando en realidad fue una señora de gran clase
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24 de junio de 2014  • 00:20

Los argentinos no sabemos quién fue Álvarez Thomas, o el Sr. Billinghurst, o Juana Manso, o Tomás Guido. Son calles, simplemente. O estaciones del ferrocarril.

No podemos ignorar, claro, que Cristóbal Colón descubrió América. O se topó con ella, por error. Nunca supo que se trataba de un nuevo continente: más bien un grupo de islas vecinas de Cipango y Catay, o sea China y Japón. Enviado por los reyes de España, al mando de tres carabelas llamadas la Pinta, la Niña y la Santa María, desembarcó el 12 de octubre de 1492 en la isla de Santo Domingo, hoy repartida entre Haití y la República Dominicana. Los españoles siempre creyeron encontrarse en las Indias, que se suponían ubicadas al Oriente de España, y no al Occidente, cruzando el Atlántico.

En fin, ya sabemos que el gran navegante (tal vez judío portugués, tal vez genovés) se llamaba en realidad Cristóforo Colombo. Perdura como un emblema de Italia y su impronta histórica. Italia es nuestra segunda madre patria, por la abrumadora cantidad de inmigrantes italianos que poblaron nuestra tierra y dieron forma a nuestra cultura. Fueron italianos Manuel Belgrano, Juan José Castelli, el coronel Nicolás Levalle (prohombre de la Campaña del Desierto, nacido en Liguria) Carlos Pellegrini, Arturo Humberto Illia, Arturo Frondizi, Ernesto Sabato, Juan Manuel Fangio, Nicolino Locche, Alfredo Di Stéfano y una variedad impresionante de personajes nacionales. Más que nacionales: folklóricos. Por ejemplo, el celebrado narrador de temas criollos don Luis Landriscina, y sería redundante mencionar a Soledad Pastorutti, Darío Grandinetti o Guillermo Francella. Es obvio que la mitad de los argentinos portan apellido italiano.

Todo el enorme aporte de Italia a la República Argentina está sintetizado en la persona de Cristóbal Colón. Que figura también en la raíz de todos los países del continente, desde los Estados Unidos (donde hay un Estado que se llama Columbia) hasta la propia nación colombiana con capital en Bogotá. Pero de todas las naciones americanas, incluso por encima de USA, Brasil y Uruguay, la nuestra se lleva la palma de la "italianidad", por cantidad y calidad de inmigrantes.

¿A qué viene, entonces, la imagen del Gran Almirante derribado, remendado y tal vez confinado a un punto secundario de esta capital, cuando antes vigilaba la Casa Rosada?

¿A qué viene, entonces, la imagen del Gran Almirante derribado, remendado y tal vez confinado a un punto secundario de esta capital, cuando antes vigilaba la Casa Rosada? Parece ser que existe la idea de sustituir ese monumento por otro, consagrado a Juana Azurduy. ¿Quién era ella?

Juana Azurduy de Padilla fue una patriota nacida en Chuquisaca (hoy Bolivia) el 8 de marzo de 1781. En aquel entonces, Chuquisaca (antes conocida como La Plata, ahora Sucre) era una importante sede administrativa y arzobispal del Virreinato. Albergaba a la Audiencia de Charcas. Tenía, pues, sus propios tribunales, su Universidad y allí cerca, en Potosí, las valiosas minas. Conviene aclarar que en el Virreinato había sólo dos universidades: Chuquisaca y Córdoba. Las ideas liberales germinaron primeramente en Chuquisaca, donde estudiaron célebres doctores revolucionarios como Bernardo de Monteagudo, Mariano Moreno, Juan José Paso, Tomás de Anchorena, José Ignacio Gorriti, José Darregueira, Pedro José de Agrelo y otros. "El descontento popular descendió de las clases altas y fue a las multitudes por boca de los agitadores, que eran unos cuantos doctores y jóvenes estudiantes de buena familia y comerciantes de crédito", dice el Diccionario Histórico Argentino de Piccirilli, Romay y Gianello. Entre 1808 y 1809 se desarrolló una fuerte movida "carlotista", es decir, partidaria de la princesa Carlota Joaquina de Borbón y Braganza, casada con el Emperador del Brasil, que había manifestado en agosto de 1808 sus derechos a la corona española mientras el Rey Fernando VII y su padre, don Carlos IV, estuvieran cautivos de Napoleón. Las autoridades reprimieron estas inquietudes. Que precedieron en un año a nuestro 25 de mayo. Buenos Aires no tenía entonces, ni por las tapas, la distinción y riqueza de Chuquisaca: sólo era una ciudad puerto sin un puerto verdadero, inferior a Montevideo y destinada a funcionar como eje del movimiento revolucionario, tal vez precisamente porque pertenecía a la periferia del imperio español.

La señora Petrona Azurduy, de origen vasco, quiso que su hija Juana fuese monja, y la internó en un convento. Pero la chica resultó inadecuada para la vida conventual. La propia madre la retiró al poco tiempo. Juana se casó en 1805 con Manuel Asencio Padilla, nacido en Chayanta, actual Bolivia, militar de carrera. Tuvieron seis hijos. Tanto uno como otro pertenecían a la élite altoperuana, según se deduce de las carreras que sus padres habían elegido para ellos. Padilla se enroló en la causa de la Revolución de Mayo (era nacido en 1773, de manera que en Mayo había cumplido los 27 años) participando de los combates de Tucumán y Salta. Derrotado con el Ejército de Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma, Padilla pasó a encabezar una guerra de guerrillas, con un batallón de indígenas, y después de una larga sucesión de victorias y derrotas fue aprisionado el 16 de septiembre de 1816, en el encuentro de la Laguna, departamento de Villar.

Ese día, Juana Azurduy es herida y su marido Padilla, al verla en peligro de muerte, vuelve a rescatarla. Ella queda libre pero él resulta capturado. El coronel español Javier Aguilera, esa misma tarde, lo ejecuta de un pistoletazo y le corta la cabeza para exhibirla en una pica. Como escarmiento.

Curiosamente, se la confunde con una heroína indígena, cuando en realidad fue una señora de gran clase

La mujer de Padilla, doña Juana Azurduy, fue compañera de guerra de su esposo, caso excepcional en aquellos tiempos. Las familias de distinción no educaban a sus hijas más que en tocar el piano, coser, bordar, las primeras letras y el catecismo. Curiosamente, se la confunde con una heroína indígena, cuando en realidad fue una señora de gran clase, como Mariquita Sánchez de Thompson, de ideas avanzadas para su tiempo y, en el caso de Juana, un insólito coraje combativo. Resultó herida varias veces, encabezó tropas, perdió hijos y marido, y se desempeñó como brillante lugarteniente de Manuel Asencio Padilla. Fue recomendada por Manuel Belgrano y Martín Güemes. Se le otorgó el grado de teniente coronel, con uso de uniforme, por cuenta del director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el 13 de agosto de 1816. Decreto firmado por don Juan Martín de Pueyrredón. Juana vivió muchos años en Salta y luego regresó a Chuquisaca, en 1825. Allí murió el 25 de mayo de 1862, asistida por su hija Luisa.

No existe ninguna oposición entre Juana Padilla y Cristóbal Colón.

En realidad...Si Cristóbal Colón no hubiera llegado a América, no habrían existido ni Juana Azurduy ni Mariano Moreno, Saavedra, Belgrano, San Martín, Rosas, Urquiza, Roca, Mitre o Yrigoyen. Ni tampoco los estancieros del grupo de Anchorena o Alzaga Unzué, ni los escritores angloargentinos como Guillermo Enrique Hudson, Rodolfo J. Walsh o Eduardo Wilde. Ni Borges, ni Sabato, ni Falú.

Más aún: si no hubieran llegado los españoles a tierra americana, los araucanos no habría cruzado los Andes para cazar ganado cimarrón en las pampas. Pues aquellos inmensos rebaños que engordaban sin dueño en la llanura...se los había olvidado don Pedro de Mendoza. En, fin, son especulaciones contrafácticas.

Todos descendemos del almirante Colón. Un respeto.

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