Por qué no podemos dejar de soñar con volver a Manderley, la mansión de Rebeca

Dolores Graña
Dolores Graña LA NACION
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19 de octubre de 2020  • 00:58

Como Rosebud, el trineo de Charles Foster Kane en El ciudadano; como el halcón maltés, "forjado del material que están hechos los sueños" en el film noir dirigido por John Huston, Manderley, la mansión en la que transcurre Rebeca, es un verdadero objeto fílmico, una prueba más de la capacidad del cine de construir mitos perdurables cuyo poder de atracción es proporcional a su resistencia al enunciado.

La leyenda de Rebeca, un bestseller instantáneo desde su publicación en 1938, ha llegado hasta nuestros días gracias a Rebeca, una mujer inolvidable, el clásico de Hitchcock que fue la inmejorable carta de presentación del maestro británico en Hollywood: se llevó dos premios Oscar, a la mejor película y a la mejor dirección de fotografía en 1941. Bastante menos se ha escrito acerca de su problemático proceso de adaptación que sobre el de Lo que el viento se llevó, la "otra" superproducción que David O. Selznick ultimaba en ese mismo período (Hitchcock, para sorpresa de Francois Truffaut, nunca consideró a Rebeca como "su" película: Selznick fue quien subió a recibir el premio mayor, que la Academia reserva a su productor).

Desde la agria relación de Laurence Olivier con Joan Fontaine, a quien hubiese querido ver reemplazada por Vivien Leigh -Fontaine fue aislada del resto del elenco por el director para "ayudarla" a componer su primer protagónico- hasta el fundamental cambio en el desenlace del guion para no infringir el código Hays, que no permitía que un homicida como de Winter pudiera vivir el resto de sus días en el exilio junto a su segunda esposa (quien lo ayuda a encubrir el crimen) la historia de Rebeca es bastante más complicada que una reinvención de Jane Eyre invadida por el inconsciente de Thornfield Hall. Como en su contemporánea El ciudadano, la historia de sus ocupantes se descubre a través de un inquietante recorrido por sus dominios (Xanadu, en el caso de Kane). Es difícil desentrañar quién posee a quién.

"Ayer soñé que volvía a Manderley", dice la segunda esposa de Maxim de Winter en el inicio de Rebeca, tanto en la novela de Daphne du Maurier como en una nueva adaptación cinematográfica que llega esta semana a Netflix a tiempo para conmemorar los 80 años de su estreno. Manderley aún persigue en sueños a la heroína sin nombre de la historia, muchos años después de su destrucción, presa de las llamas. Y no solo a ella.

Más que la persistente presencia de Rebeca, la primera esposa de su taciturno marido -cuya capacidad de seducir a cada "hombre, mujer y niño" con el que se cruzara en vida contrasta con la opacidad de su sucesora, a quien la inicial "R." con el que distinguía sus objetos personales parece marcarle el terreno a cada paso-, aún más que la señora Danvers, el ama de llaves gótica cuya obsesión con su primera empleadora oculta muy poco un subtexto queer, es Manderley la verdadera protagonista inolvidable de esta historia.

Inspirada en el castillo de Menabilly, en Cornualles, que Daphne du Maurier -como los de Winter- restauró durante décadas tras alquilarlo en ruinas a la familia Rashleigh, que lo construyó en el siglo XVII y aún lo conserva, Manderley es mucho más que una mansión señorial oculta a la vista de todos, estratégicamente ubicada en los acantilados reales del extremo suroeste de Inglaterra, conocidos en inglés simplemente como Land's End.

La prolífica e inquietante obra de du Maurier -que solo aceptaba a Los pájaros y Venecia rojo shocking como adaptaciones logradas de sus relatos- abunda en matrimonios prolongados e infelices y en atmósferas de misoginia tan omnipresente que parece lógico que adquieran voluntad propia para perseguir a sus protagonistas. Esos silencios y pulsiones mantienen viva a Manderley -incluso Du Maurier no pudo resistir el impulso de volver a ella en varias ocasiones- atormentando en sueños a los verdaderos villanos de la historia.

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