
Por una ciencia romántica
Por Antonio M. Battro
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Este año se conmemora el centenario del nacimiento del neuropsicólogo ruso Alexander R. Luria , autor de “El hombre con un mundo fragmentado”, “La mente de un memorioso” y valiosos trabajos de investigación sobre las actividades cerebrales en el lenguaje, el razonamiento y las emociones.
En 1931, Luria viajó a Uzbekistán para estudiar el razonamiento de campesinos analfabetos y descubrió grandes diferencias entre ellos y las personas escolarizadas. Analizó minuciosamente por qué eran reacios a las reflexiones abstractas y no aprovechaban los recursos del lenguaje en sus razonamientos. Estas y otras observaciones se contradecían con la doctrina oficial del Partido Comunista; fue denunciado y perseguido por defender una “teoría contraria a la clase trabajadora”.
Aquellos estudios pioneros fueron publicados sólo unos 40 años después; Luria murió en 1977, reconocido en todo el mundo por sus contribuciones científicas. Entre sus méritos se destaca su lucha por una ciencia del individuo, del caso particular, por una ciencia romántica que busca “la riqueza de cada vida personal”. Se convirtió en el modelo de otros destacados escritores-neurólogos, como Oliver Sacks, autor de libros del mismo estilo: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” (1987) y “La isla de los ciegos al color” (1997).
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El científico romántico se ocupa del caso único e irrepetible. Aristóteles, en cambio, decía que “no hay ciencia sino de lo general”, pero en las ciencias de la educación podríamos decir que “no hay educación sino de lo particular”. Todos los educadores somos, de alguna manera, científicos románticos, pues reconocemos que la enseñanza puede ser impartida a un grupo, pero que cada individuo aprende a su manera. El maestro alienta y se complace en la diferencia de estilos, en la variabilidad de los talentos, en el cambio creativo de sus alumnos.
Hoy contamos con recursos que nos permiten ser románticos sin dejar de ser científicos. Podemos utilizar el modelo de los sistemas dinámicos , que ya demostró su eficacia en las ciencias exactas y naturales. Es la primera vez que se pueden tratar con el mismo rigor tanto la estabilidad como la inestabilidad, la conservación como el cambio, durante el desarrollo intelectual y emocional de una persona. Algo que seguramente habría fascinado a Luria, que decía: “Es fundamental que los románticos preserven la riqueza de la realidad viviente, aspirando a una ciencia que conserve esta abundancia”.






