
Por una escuela más exigente
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Con buen criterio, la Dirección General de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires ha efectuado una consulta entre los alumnos, padres y docentes de las escuelas de su jurisdicción acerca de los problemas que presenta el actual funcionamiento del sistema educativo, las expectativas latentes y las sugerencias que se proponen. Las respuestas recogidas servirán -según se ha anunciado- para orientar los cambios a producir.
Centrando el interés del presente comentario en las opiniones de los padres, ellos han puesto el acento en la mejora de la calidad educativa, en el requerimiento de que crezca el nivel de exigencia y estímulo al esfuerzo de los alumnos, y en que exista un efectivo cumplimiento del calendario escolar previsto al iniciar el tiempo lectivo, es decir, un mínimo de 180 días de clases. Esto implica la solución de los conflictos no resueltos que vienen provocando paros en la actividad escolar y, también, un mejor control de las licencias acordadas a los docentes. Asimismo, los padres han expresado la necesidad de modificar los planes de estudio, intensificar las materias básicas, mejorar la formación de los maestros y acordar la recomposición del salario de los docentes.
Sin duda, la opinión de los padres constituye una fuente de propuestas de valiosa consideración. También conviene dejar delimitada con claridad la esfera de la autonomía pedagógica indispensable para el ejercicio de la enseñanza, a fin del mejor entendimiento y acción conjunta. Familia y escuela son instituciones que se necesitan y se complementan, una convoca a la otra y deben compartir una alianza destinada al logro de los objetivos de la educación.
En el orden de los conocimientos, de acuerdo con el pedido de los padres, los alumnos tienen que avanzar más en el dominio de lo aprendido, tanto en el conocimiento de las ciencias exactas como en el uso de la lengua, en el aprendizaje de las ciencias naturales, la historia y en las habilidades para la informática. Todo tiene que concurrir a darle al estudiante que egresa de la escuela media mayor seguridad para afrontar las exigencias del nivel superior y, también, una cierta capacidad para ingresar en el mundo del trabajo.
En lo que concierne al orden afectivo y moral, la clave de lo que proponen los padres se refiere a una educación fundada en los valores que sustentan nuestra sociedad, afirmación esta de suma importancia, ya que no siempre parece corresponderse, en la realidad, lo que se enseña en la casa con lo que se pretende que se enseñe en la escuela.
Ese cuadro de legítimas aspiraciones ha de reclamar una cuidadosa evaluación acerca de por qué no se han logrado esos objetivos, los obstáculos que han mediado, la razón de los logros insuficientes. A la vez, es necesario advertir que las relaciones entre familia y escuela obligan a una acción coherente de ambas partes. Si los padres piden que en las aulas haya mayores exigencias de estudio -lo que es muy positivo-, la familia tiene que acompañar esa demanda y alentar con la palabra y el ejemplo a que los hijos se superen.
Bien hacen los padres en pedir que se cumplan los 180 días de clases prometidos y no cumplidos, pero ellos también han de exigir a los hijos, desde la niñez, no faltar sin causa justificada, el cumplimiento de las tareas cotidianas con esmero, no conformarse con las conductas del menor esfuerzo, que sólo buscan la mezquina picardía del mero "zafar", que cultivan tantos alumnos. Por fin, importa que padres y docentes, respetándose mutuamente, ayuden a reforzar la autoridad de quienes educan, ya sea en el hogar o en la escuela.





