
Preguntas al corazón del idioma
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En la radio donde trabajo a veces me equivoco o yerro en alguna palabra y vuelvo a mi casa avergonzado. También abuso de algún italianismo de mi infancia vivida en casa de abuelos que hablaban cocoliche; aquel idioma enrevesado que satiriza el sainete. Cuando era chico, por copiar a mi abuela Anna, le decía "manana" a la banana. O al planear una visita, decía "voy de tía": vicio que reaparece cuando estoy entre parientes.
A los once años, recién ingresado al colegio Nacional Roca, la maestra de inglés Susana Carneiro me pidió que leyera en voz alta la lección de ese día: una frase de Shakespeare. Tan bruto como ingenuo al nombrar al autor no dije "Seikspier" ni "Yekspir" sino que lo pronuncié como estaba escrito, y para colmo con énfasis. Todavía me resuenan las risas de los otros alumnos un poco más grandes, que venían de escuelas bilingües o de hogares más cultos.
Hace poco, después de publicada una de estas columnas, advertí que había escrito "vate" (poeta) como si fuera el "bate" de béisbol. Y como además el párrafo adolecía de una construcción confusa, el error quedó impune.
Recuerdo en 1984 una entrevista al entonces presidente de la Academia Argentina de Letras, Angel Battistessa, en su casona desbordante de libros. Mientras me mostraba con orgullo el último ejemplar encuadernado del diccionario de la RAE, le pregunté si podía calcular de cuántas palabras, de todas las que allí había, él ignoraba el significado. Contestó sin alarde: "De pocas". Intrigado insistí: "¿De pocas?". "Sí -continuó-; hablo y escribo latín y griego y bastante de árabe. Sé unos siete idiomas occidentales y algo de chino y eso me ayuda". Era obvio, podía reconocerlas por la raíz o por lógica deducción filológica. Siempre me intrigó tratar de entender por qué aquel sabio del lenguaje, que podría saber la mayoría de los setenta mil vocablos del diccionario, no había sido un escritor sino un erudito, mientras que Roberto Arlt, con sus errores y torpezas gramaticales, había dejado un rastro inolvidable en la literatura.
En el prólogo a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, que escribía en inglés a martillazos, Borges decía: "Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que en los vaivenes y fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector".
Acabo de leer Fricciones, de Tomás Abraham. Advertí en sus páginas una bella y profunda prosa que parece superarse respecto a obras anteriores. Encontré allí, creo, uno de los retratos de "lo judío" más profundos y sagaces que puedan escribirse desde las entrañas, pero entrañas que salen hacia afuera para que se las pueda ver. Y me acabo de enterar de que Abraham era tartamudo y de que sus dos lenguas natales fueron el rumano y el húngaro. Así que al llegar a la Argentina tuvo que crearse otro idioma. ¿Cómo pudo? Hay dones que se reparten más desigualmente que el dinero. Es un misterio la lengua. Por eso Dios nos procuró ese símbolo de la Babel caótica para mostrarnos que no es cuestión de hablar sino de entenderse. En Sobre Héroes y Tumbas, Sabato tardó mucho en encontrar la palabra justa que nombrara al cuenco o recipiente donde guardar el todavía tibio corazón de Lavalle. Ese corazón que sus fieles soldados habían extraído del cadáver para llevarlo en la fuga con ellos. La palabra elegida es tachito. Parece fácil, pero era difícil. En 1969, mucho antes de haber sido académico, Blaisten me dijo: "Primero están las palabras, después el diccionario". Para Borges no hay sinónimos. ¿Cómo creer que fallecer es morir? Tampoco un caballo es un corcel. No hay sinónimo de corazón.
Hay hambrientos que no saben que hambre se escribe con hache. ¿Qué se hace primero, corregirlos o darles de comer? A mí me corrigieron, pero yo era gordito.




