
Primero, los fundamentos
Hay dos grandes libros de la estadounidense Martha Nussbaum que nos brindan una perspectiva profunda para abordar el tema educativo: El enfoque de las capacidades y Sin fines de lucro. En el primero, su análisis se centra en que se debe educar para que las personas puedan desarrollarse y tener una existencia valiosa. El indicador, entonces, ya no es el tradicional que se encuentra en las mediciones dominantes de los estudios sobre el desarrollo: el PBI per cápita. Para la autora norteamericana, lo relevante es un indicador que mida las posibilidades que las personas requieren para poder desplegar su proyecto de vida.
Estas posibilidades se basan en las capacidades básicas que tenemos todos los humanos, necesarias a la hora de elegir y llevar adelante nuestro plan de vida con la mayor libertad posible. Nussbaum propone una lista de capacidades que considera esenciales del ser humano: vida digna; buena salud; integridad corporal; sentidos, imaginación y pensamiento; emociones; razón práctica; afiliación en el sentido de poder integrar comunidades y convivir con los demás, incluida nuestra relación con la naturaleza; el juego y las actividades recreativas, y, por último, la individualidad, es decir, la posibilidad de ejercer control sobre la propia vida. A todas ellas les da un estatus de derecho humano y entiende que los gobiernos deben ocuparse de traducirlas en posibilidades ciertas para cada habitante de sus países.
En el segundo libro, Sin fines de lucro, apunta al valor de las humanidades. Según su perspectiva, en la actualidad hay una fuerte tendencia a considerar que el principal objetivo de la educación es enseñar a ser económicamente productivos. Según la autora, esta visión utilitaria, mercantilista y limitada de la educación ha disminuido nuestra capacidad crítica y autocrítica y, también, nuestra posibilidad de comprender a personas y a culturas diferentes. Todo ello, según su punto de vista, constituye un peligro para la democracia y la convivencia mundial.
Su diagnóstico la lleva a impulsar el cultivo de las humanidades (la educación liberal), la cual supone el desarrollo de tres capacidades: la primera es la capacidad de autoexamen, que implica la autorreflexión y el pensamiento crítico sobre la propia cultura; la segunda es la capacidad de verse a sí mismo como un ser humano que está en interdependencia con otros, y la tercera es la capacidad de lo que denomina imaginación narrativa, que implica el cultivo de la empatía y la compasión.
Potenciar las capacidades humanas, transformarlas en posibilidades y educar las humanidades son necesarias para la consolidación de sociedades abiertas y democráticas, en donde las personas decidan en libertad su plan de vida. Pero en la base de todo deben estar los fundamentos educativos sólidamente establecidos. Uno de ellos es saber leer y escribir, comprendiendo lo que se lee. Algo determinante e irreemplazable no solo para superar pruebas de medición educativa, encontrar empleo o acceder a la educación superior, sino también para expandir la imaginación, entender el mundo, pensar con profundidad y comprender nuestra propia vida. Es que pensamos con palabras, nos expresamos con ellas y hablamos con nosotros mismos usándolas.
Por ello, el Plan Federal de Alfabetización lanzado por el secretario de Educación, Carlos Torrendell, con el acuerdo unánime del Consejo Federal de Educación (integrado por ministros y secretarios de Educación de todas las provincias), es una buena noticia que puede comenzar a cambiar una de las mayores vergüenzas que supimos construir en las últimas décadas: que nuestros niños y niñas terminen su educación formal sin saber escribir, leer y comprender como su dignidad humana lo merece.ß







