
Prisioneros de la prisa
Por Alina Diaconú Para LA NACION
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Europa le dijo no al fast food a través de un movimiento llamado Slow Food International (comida lenta). Esta iniciativa, cuyo símbolo es un caracol, surgió en Roma en 1986 como reacción a la apertura de una conocida cadena de comidas rápidas en el corazón de la vieja ciudad, en la emblemática Piazza Spagna.
Esta idea, que parece contrariar el ritmo de nuestro tiempo, nos recuerda aquellos años en que, inflamados por las corrientes orientales y sobre todo por un libro zen, Sois todos Sanpaku, íbamos a comer con fanatismo a los pocos lugares macrobióticos que había en nuestra Capital. Cada bocado de arroz integral hervido –o de legumbres, o de verduras– debía ser masticado unas cincuenta veces. Rememoramos lo increíble que se volvía el sabor de los víveres con tanto movimiento de mandíbula y tanta lentitud en la deglución.
Cada grano de arroz se convertía en un poema...
Sin llegar a este paladeo extremo, el slow food europeo propone un mayor tiempo para beber y comer, disfrutando más de lo que se ingiere, transformando la comida casi en un ritual y, desde ya, en un portentoso placer, acaso olvidado en medio de nuestra diaria rutina. Pero más interesante aún es una propuesta que se extiende más allá de la comida y de la cual dio cuenta la revista Business Week: se trata, en general, de una actitud más aquietada ante la vida.
El movimiento que patrocina esta postura se llama Slow Europe y reivindica un modo de vida contrapuesto al norteamericano.
Se promueve, así, una desaceleración de nuestra existencia en todos sus aspectos: comida, trabajo, relaciones afectivas y sexuales, entretenimientos, viajes, vacaciones, etc. Olvidarse del reloj los fines de semana, quizá de los celulares, y tomar el control del tiempo y de muchas actividades que, al cambiar de ritmo, se pueden volver mucho más agradables y gozosas.
Este slow life nos acercaría más a nuestros amigos, a nuestras familias, a la felicidad de una buena sobremesa, de una interesante conversación. Nos devolvería a los valores y, por qué no, a la fe.
Antes, mucho antes de que existieran la tecnología de punta y la globalización, a comienzos del siglo pasado, un autor sufí, Hazrat-Inayat Khan, declaraba: “El peor defecto de nuestros días es la ausencia de quietud. El hombre moderno carece de concentración y arrastra consigo un ambiente de inquietud. Con todos sus conocimientos y su progreso, él mismo se siente incómodo y, de forma involuntaria, contagia esa misma sensación de incomodidad a los demás”. Si sabrán de esto los psicólogos y los psiquiatras...
Hazrat-Inayat Khan (1882-1927) recomendaba enseñar a los jóvenes (de aquel entonces) la quietud. Lo cual no quería decir ociosidad ni parálisis, tampoco pasividad, sino una nueva distribución de nuestras fuerzas para obtener una mayor calidad de vida.
Las sugerencias de Slow Europe aclaran que esta desaceleración del ritmo de vida no implica una menor productividad. La revista norteamericana que publicó el artículo sobre el tema menciona el caso de los operarios franceses que trabajan tan sólo 35 horas semanales y son más productivos que sus colegas ingleses y que los propios norteamericanos. Hay empresas en Alemania en las que se redujo el horario laboral a 28,8 horas por semana y parece que la productividad aumentó en un 20%. Esto demostraría que hacer las cosas sin prisa optimiza los resultados, porque optimiza la atención, el detallismo, la actitud positiva y relajada de los trabajadores.
Lo peligroso de las balas no es el plomo que tienen, sino su velocidad, dice el prólogo del libro De la vida serena, publicado en Bruselas y Munich poco después de la Segunda Guerra Mundial.
En este libro, el clérigo belga Jacques Leclercq asegura que nuestra así llamada vida intensa no es sino una vida agitada. ¿Cómo escuchar nuestra voz interior si por todos los sentidos entra un ruido de Babel, una confusión de sonidos, de colores y de formas, de sensaciones, de ideas, de imágenes en tropel? Y sigue Leclercq: “¿Cómo queréis que con todo ese desorden se oiga cantar la canción interior, esa canción que comienza con la vibración de una gota de rocío sobre el tallo que se inclina, con el canto del pájaro y el capullo que se abre?”
¿Qué diría hoy este hombre que ya hablaba de todas estas cosas en los años 30 del siglo XX, cuando nada se sabía de esta era de la velocidad? Se desconocían la cibernética, los mundos virtuales, la omnisapiente y generalizada tecnología, los videoclips. No existían todas las empresas que actualmente dan un muy promocionado “servicio exprés” (desde un patio de comidas o un shopping hasta una tintorería o una casa de fotos).
Claro que casi todos estamos agradecidos por el lavasecarropas, el microondas, el correo electrónico, el tren bala y tantos otros inventos que nos ahorran tiempo. Pero, ¿qué hacemos con este tiempo extra que hemos ganado? Seguimos corriendo, enloquecidos, ansiosos, con los ojos puestos en el reloj y en el celular.
El profesor alemán Josef Pieper escribió: “Sólo escucha el que calla”. Agregamos a esto: sólo ve el que mira, sólo siente el que está perceptivo. Y así sucesivamente.
La pausa se hace para el trabajo. Su misión es suministrar nuevas fuerzas para seguir trabajando, como el concepto de descanso reparador lo indica. “Uno se repone tanto del trabajo como para el trabajo”, argumenta Pieper en su texto Ocio y culto (1948).
Si pudiéramos hacer todo lo que hacemos con menos agitación, con más concentración, cuánto mejor nos saldría todo...
La vida lenta que recomienda el movimiento Slow Europe parecería ser un llamado, una señal de alerta. De tanto correr, podemos caernos. Caminar despacio y atentos acaso nos lleve a vivir mejor la vida y a empaparnos más de su milagro.
“Vení, charlemos, sentate un poco”, dijo Eladia Blázquez en su canción A un semejante.
Hacerle caso sería, además de un homenaje, un aprendizaje. Una vuelta a la tibieza de la quietud, de la serenidad.






