Progreso o crisis recurrente

Por Alejandro Poli Para LA NACION
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31 de agosto de 2001  

Los argentinos hemos pretendido reemplazar el lema positivista del siglo XIX, "orden y progreso", por un lema muy diferente: crisis y progreso. Pero a diferencia del positivismo, este maléfico lema ha generado una corriente de pensamiento que bien se podría denominar negativismo. El negativismo es la teoría que consiste en sostener que el progreso se logra a fuerza de atravesar crisis terminales. Dada la incapacidad de solucionar problemas mediante la obtención de consensos nacionales y merced al respeto de principios de gobierno universalmente aceptados, el negativismo proclama que es deseable que las naciones se hundan en crisis espantosas para ponerlas en condición de asumir medidas correctivas que de otro modo resultan imposibles de tomar. Esta teoría de las crisis extremas equivale a desear la enfermedad grave simplemente porque obliga a adoptar terapias heroicas: es añorar el infarto para dejar de fumar.

Bases del crecimiento

El negativismo origina una amplia gama de efectos perniciosos y atenta contra el crecimiento sostenido. Un principio demostrado por estudios realizados en organismos internacionales sostiene que en el largo plazo las naciones convergen hacia los niveles de renta per cápita determinados por la estabilidad y coherencia de su sistema de economía política más que por la abundancia de sus recursos. Esta definición es la única explicación para la pobre perfomance de la economía argentina en los últimos 70 años: hemos vivido en una funesta combinación de inestabilidad política y pésima economía. Inversamente, explica por qué naciones con escasos recursos han prosperado (entre otros, Japón, Nueva Zelanda, España e incluso Chile). A contramano de la historia, hemos violado sistemáticamente los principios políticos, económicos y éticos que son el fundamento del desarrollo moderno y por eso no puede extrañar nuestro retroceso relativo en el concierto de las naciones. Para no limitarnos a la economía, se ha demostrado que los indicadores de salud logrados por nuestro país (esperanza de vida, mortalidad infantil, etc.) son muy inferiores a los que deberían alcanzarse en función de los cuantiosos recursos invertidos. Otra vez, una acción discontinua y errática en materia de salud lleva al derroche y a ubicarnos por debajo de naciones con menores recursos, pero más perseverantes en sostener programas nacionales. Idéntica conclusión se aplica a la educación y la cultura, a pesar de que en este campo todavía subsisten algunas energías del colosal impulso que se hizo hasta 1930.

Síntoma alarmante

La violación constante de principios tiene un nombre funesto: la crisis. La crisis recurrente es la encarnación viva del negativismo. Pues bien, los argentinos somos especialistas consumados en vivir de crisis en crisis. Un ejercicio histórico de recopilación de crisis desde 1930 hasta la fecha resultaría revelador de este síntoma alarmante de nuestra identidad nacional. Son nuestras crisis permanentes, tanto políticas, económicas, sociales, y hasta militares (Guerra de Malvinas) las que han imposibilitado mantener a lo largo de varias décadas un sistema de organización sociopolítico consensuado y acorde con el buen arte de gobierno en Occidente. Para no remontarnos más lejos en el tiempo, la Argentina es la única nación emergente que ha sido afectada por todas las crisis económicas internacionales desde 1982 en adelante. Y para peor, hoy tenemos el triste privilegio de sufrir una nueva crisis, originada en causas endógenas y que sólo nos afecta a nosotros.

Por eso, cuando se oye decir en todas partes que la crisis es una oportunidad para resolver problemas comienza mi preocupación: basta de tener oportunidades a caballo de crisis permanentes. Si el único medio de solucionar nuestros viejos problemas pasa por tocar fondo, exponiendo a los argentinos a padecimientos indecibles, sepamos que la convergencia hacia niveles aceptables de prosperidad es imposible. La fábula de la liebre y la tortuga nos confirma esta verdad. La liebre tiene recursos muy superiores a la tortuga, pero es indolente, engreída y sólo corre de a ratos. La tortuga, en cambio, es metódica y tenaz. Resultado: la tortuga gana la carrera.

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