
Psicología de una derrota electoral
En las líneas que siguen pretendemos señalar algunas claves psicológicas que intervinieron en los resultados adversos que sufrió la oposición al gobierno nacional en las primarias del domingo. Este recorte deja intencionalmente de lado los elementos políticos y económicos, que obviamente pesaron de modo fundamental, así como los aciertos del oficialismo.
Incidió negativamente la incapacidad de diálogo de los diferentes protagonistas para poder conformar un grupo común de pertenencia. Dialogar requiere ante todo escucharse y enriquecerse recíprocamente, lo que posibilita encontrar metas compartidas que generen un espacio inclusivo no sólo para los actores del acuerdo, sino básicamente para el conjunto de los ciudadanos.
Cuando esto no sucede, la vivencia consciente o inconsciente que aparece en la subjetividad social es la de estar frente a personajes que, en función del narcisismo de las pequeñas diferencias, obstaculizan la cohesión que exige todo gran desafío. La sociedad no condena la sana ambición, sino los vedetismos que tienen al ego como único depositario. En este escenario emergen crispaciones y luchas intestinas que terminan reflejando lo que intentaban criticar.
El elector no puede menos que sentirse un instrumento al servicio de las aspiraciones de algunos, en lugar de sentirse destinatario de un discurso y una propuesta renovadores. Sometido a esta frustración, la respuesta es el enojo y, reactivamente, el castigo. En este orden, los números son elocuentes. Los líderes opositores parecen haber priorizado la jefatura personal al triunfo grupal. Surge la pregunta: ¿se visualizaron, al menos por un instante, potenciales vencedores? Es factible pensar que ellos mismos creyeron, y colaboraron a construir casi a la manera de una profecía autocumplida, la idea de que la Presidenta era invencible, como se escuchó decir, que "ya ganó" desde el inicio. Podríamos pensar que han quedado ellos mismos fascinados por la imagen que de ella emanaba, que combina una viudez compasiva con una tenacidad y una mística que supo aprovechar.
Se advierte una paradoja: en la oposición se hablaba de consenso, institucionalidad y renuncia a deseos omnipotentes infantiles de aquellos que conducen, todas cuestiones más que deseables y legítimas. Pero, curiosamente, se caía en esto último. Como resultado hemos visto la fragmentación de los candidatos, sus peleas y acusaciones.
Por otro lado, es de destacar que, más allá de su voluntad, terminaron por representar al pasado y no al futuro. En cambio, el Gobierno logró hacer coincidir la noción de modelo con la de proyecto, término que equivale a futuro (del latín proiectus , lanzar). La oposición se vio dificultada para dibujar nuestro mañana, para ofrecernos un proyecto distinto. Seamos claros: sin la promesa de un momento inaugural, la juventud no se siente convocada y se pierde la energía entusiasta y contagiosa de la que ella es dueña. Se hace evidente en el imaginario colectivo que la oposición necesita exhibir nuevos rostros, y no como escoltas sino como timón.
Quedaron anclados más en el enojo que en la creatividad, dejando al adversario la iniciativa que exige todo liderazgo. No olvidemos que un líder sabe conjugar lo emocional y lo reflexivo, y utiliza el carisma en función de un proyecto superador que haga del poder un verbo generoso y no un tesoro del cual apropiarse.
¿Una derrota implica sólo un lamento? Puede serlo, pero también puede significar la toma de conciencia del cambio que deben hacer en su interior los que sufrieron la derrota para proponerse como arquitectos de una transformación externa. Recae en ellos, libertad mediante, la responsabilidad de elegir.
© La Nacion
José Eduardo Abadi es psicoanalista. Bárbara Abadi es psicóloga
Bárbara Abadi y José Eduardo Abadi






