
Pública, privada y ausente
Por Orlando Barone
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UN 15 de septiembre de 1994, el más efímero de los funcionarios de Cultura de la Nación del actual Gobierno, Jorge Asís, renunció luego de haber desatado un escándalo a raíz de su proyecto de ley para defender el idioma, extranjerizado por la globalización que el mismo gobierno al que él pertenecía había estimulado.
Al no ser recibido por el Presidente se despidió enviándole a la Casa Rosada un ramo de gladiolos. Los gladiolos corrieron el mismo destino de aquel ramo de rosas que Carlos Menem intentó regalar a Isabelita en Puerta de Hierro y que ella, agradecida, puso en la calle junto a los residuos y desechos del día.
En medio de esos simbólicos pintoresquismos florales, un 10 de abril de 1992, con el estímulo de los cinco millones de dólares de un empréstito español, se inaugura la Biblioteca Nacional: uno de esos milagros de prosperidad de una administración capaz de no poder impedir con igual eficacia la proliferación de una cultura donde el televisor y la señal codificada del fútbol llegan antes que el trabajo, los libros y la escuela.
La Biblioteca Nacional dejó de ser la metáfora de promesas tomadas en solfa. Y esa eterna obra, que durante más de veinte años creció y decreció espasmódicamente, tuvo el significado equivalente al de la convertibilidad para la economía: el de hito, símbolo y éxito. En el país de la intención y la promesa no se podía dejar de reconocerle ese mérito tangible aun cuando no todo el edificio es sustancia. Hace poco, por ausencia de recursos, a la biblioteca le cortaron la luz: acaso alguien pensó que con la luz de los libros bastaba.
Paradójicamente, cruzando las cercanas vías, se perpetúa la Villa de Retiro, con pobladores en situación medieval y con la imaginación excluida de considerar una excursión gratuita al Museo de Bellas Artes, enfrente. Desde octubre de 1994 a cargo de Jorge Glusberg, que había sido consagrado con las palmas académicas y la Orden de Caballero de las Letras, por Francia, el museo produjo el movimiento más intenso y multitudinario de su historia. También se convirtió en monopolio: glorificó e inmoló artistas con igual poderío. Unicamente padeció un molesto robo -dos obras de Toulouse-Lautrec- que desaparecieron a menos de un año de que Glusberg fue designado, y nunca aparecieron.
Cinco titulares de Cultura -Julio Bárbaro, José María Castiñeira de Dios, Jorge Asís, Mario O´Donnell y ahora Beatriz Gutiérrez Walker- cubren la década desde el lado oficial, aunque la cultura -y los que más lo saben son los involucrados- no se hace desde un despacho y menos con presupuestos eficazmente jibarizados .
En la primera etapa del gobierno de Menem, el subsecretario de Cultura Julio Bárbaro -confeso peronista heterodoxo- y Castiñeira de Dios -poeta de inspiración religiosa, autor de El santito Ceferino Namuncurá , y entonces director de la Biblioteca- se enfrentaron sin posibilidad de retorno. El laudo de Menem fue a favor de Castiñeira, a quien nombró en el cargo que ocupaba Bárbaro. Después vinieron Asís y su frustrada rebelión idiomática. Después, Mario O´Donnell -psicoanalista, autor de la novela algo juvenil La seducción de la hija del portero -, con su reconocido sesgo aglutinante y mediático , que había lucido en la comuna en igual rubro durante la administración de Raúl Alfonsín, crea un ámbito escénico excitante.
Un ámbito excitante
Se multiplican las conferencias en la Biblioteca, incluso con la participación de intelectuales disidentes; se entrega el Premio Nacional de Poesía a Juan Gelman (un representativo enemigo político) y se realizan conciertos y espectáculos masivos en plazas y parques, e impulsó la ley de libro. Su renuncia, justificada en general por su intento de postularse a jefe de gobierno porteño, se debió más a una divergencia con Alberto Kohan, que desautorizó la aprobación de O´Donnell a un proyecto de película presentado en el Instituto de Cine y cuyo personaje iba a ser el Presidente. Simultáneamente, ATC se empeñaba en saciar la sed cultural de los televidentes: Ante Garmaz, Mauro Viale, Gerardo Sofovich y Pedro Olgo Ochoa logran descultivar a la audiencia.
El balance de la cultura de esta década es coherente con el todo, y también con el pasado, para ser justos. Aunque hoy se ha potenciado la dicotomía que concentra el privilegio. Luce cada vez más creciente el resplandor del circuito de museos y estrados de la Recoleta y aledaños, con el auspicio generoso de empresas y fundaciones privadas. Hubo acontecimientos como el del Palais de Glace, en 1992, cuando por iniciativa de Ignacio Gutiérrez Zaldívar se montó la más grande y exitosa exposición de Raúl Soldi. Entonces, el Presidente lucía en su mejor momento y, como broche de oro, recorrió la muestra (visitada por 400.000 personas) acompañado por el maestro, que estaba en silla de ruedas. Tres años después, justo cuando la desocupación había llegado a su pico más alto, el cuadro de Antonio Berni Los desocupados se vende en 800.000 dólares a un coleccionista que no da el nombre. La cifra, inusual, agitó el mercado y apareció en las primeras páginas de los diarios junto a los títulos que destacaban la súbita exclusión de tres millones de trabajadores.
Igual que en todo lo demás, también en la cultura la concentración opulenta del vértice se contradice con la pauperizada desconcentración de la base. Con las Galerías Pacífico en manos privadas surge el Centro Cultural Borges, un escenario que convoca un movimiento ecléctico y despolitizado. En el reverso, las imágenes de la televisión que muestran barrios del conurbano y miserables caseríos del interior cuentan, sin querer, la historia cotidiana de una cultura ausente. En el mismo momento, sin embargo, más de cuatrocientos espectáculos en los fines de semana enriquecen una oferta cultural y de entretenimientos que no se desmerece ante la de París y la de Manhattan. Sandro, un fenómeno argentino, prolongó sus recitales durante varios meses. El Martín Fierro de oro -equivalente al máximo rating - lo ganó el fútbol. En el examen de ingreso a la Facultad de Derecho de La Plata de este año, de dos mil aspirantes fracasaron mil setecientos. Aparece el auge de los chefs y de la cocina refinada como no hubo nunca en la Argentina; tendencia cultural gastronómica que permite saber que la endibia y la rúcula mejoran la antigua ensalada de lechuga ordinaria. A la par crece el número de incultos estructurales que no pueden diferenciarlas porque el verde es el mismo y consumen la más barata.
En estos diez años, la industria editorial, con abundante afluencia de inversión extranjera, colmó el mercado con una producción de vértigo. Los concursos literarios aumentaron el monto de sus premios. La Feria del Libro continuó agigantándose y debido a esa expansión debió mudarse a la Rural. En tanto, la figura omnipresente de Borges, que para el peronismo histórico había sido "incorregible", es asimilada y consagrada oficialmente en su centenario y el Presidente asiste a la inauguración de la muestra itinerante, en Francia. También se aprovecha allí para que la Academia del idioma considere la incorporación de la palabra "gauchesco", acaso como contraposición a la inminente incorporación en la Real Academia de España, de la palabra "trucho", usada con afán en los últimos años.
Hay también gestos individuales. El jueves 24 de junio, Beatriz Gutiérrez Walker estuvo un largo rato en la fiesta de cumpleaños de Ernesto Sabato. Sentada frente a él, y rodeada de libros que el escritor calcula en treinta y cinco mil (unos pocos no leídos por falta de tiempo) debió de haber advertido la escenografía austera y sencilla que rodeaba al escritor.
Spengler dice: "Cultura es la conciencia personal de una nación". ¿Cuál es hoy la conciencia personal argentina?
La conciencia es siempre un enigma.





