Putin, ¿demócrata o dictador?

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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8 de marzo de 2012  • 02:44

En 1688, mientras arreciaba la lucha entre católicos y protestantes, el gran predicador francés Jacques Bossuet quiso inclinar la balanza en favor del catolicismo con el argumento de que, en tanto que las variaciones de las iglesias protestantes eran casi infinitas, había una sola religión católica; su "unidad", según él, probaba su "verdad". El libro que Bossuet dedicó a esta polémica recibió por eso, como título, "Historia de las variaciones de las iglesias protestantes". Hoy pensamos que la unidad de un credo no prueba necesariamente su verdad sino su disciplina y, por otra parte, los católicos y los protestantes ya no se odian sino que se aman a distancia, pero la comparación que Bossuet echó a rodar en el terreno religioso podría servirnos en el terreno político.

En efecto, mientras la democracia, aun con sus ricos matices internos, es siempre una sola, esto es el control de los gobernantes por parte de los gobernados, la "autocracia", es decir, el poder vertical de los gobernantes sobre los gobernados, admite abundantes variaciones. Una de ellas es el poder sobre el pueblo ruso que ejerce, desde el año 2000, Vladimir Putin. Un poder que, después de las elecciones presidenciales del último domingo, promete extenderse por lo menos hasta 2018.

La historia de Rusia es, en sí misma, un muestrario de las variaciones de la autocracia. Durante siglos esta inmensa nación conoció la autocracia bajo la monarquía absoluta de los zares. En 1917, se alzó contra el último zar la revolución comunista, que terminó conducida por uno de los más sangrientos déspotas de la historia, José Stalin. En 1953, con la muerte de Stalin, la Unión Soviética fue sometida a una dictadura ya no "unipersonal" como la de Stalin sino "colectiva", la del Partido Comunista, hasta que un idealista surgido de las filas del propio Partido Comunista, Mikhail Gorbachov, intentó precipitar el advenimiento de la democracia. Pero ni Gorbachev ni Boris Yeltsin, su sucesor, consiguieron implantar la democracia en Rusia, sumiéndola al contrario, pese a sus buenas intenciones, en una anarquía de la cual surgiría en el año 2000, para restablecer el orden, el presidente Putin. En el curso de esta traumática transición, empero, Rusia no volvió a la economía comunista. Al contrario, el régimen económico de Putin se parece más al capitalismo, aunque, eso sí, a un "capitalismo de amigos", que lamentablemente conocemos bien.

Así se advierte, con sólo "contar" la historia rusa, que hay múltiples formas de autocracia. Una, la dictadura unipersonal de los zares primero y de Stalin después. Otra, la dictadura colectiva de un Partido único por la cual también atraviesa hoy el gigante chino, quizá desplazándose hacia la democracia con la velocidad de un caracol. ¿Cómo caracterizaremos entonces al régimen que hoy encarna el ruso Putin? Quizás la mejor fórmula de visualizarlo es acudir al concepto de la "democracia delegativa" que acuñó el politólogo argentino Guillermo O´Donnell. La democracia delegativa es un régimen en cierto modo "mixto" que nace en un instante democrático con una elección popular pero que también entiende que esta elección le confiere al vencedor la posibilidad de dominar el país ya sin ninguna competencia que merezca el nombre de tal. La democracia delegativa es una suerte de "dictadura posdemocrática" porque, una vez instalada, no permite el advenimiento de una verdadera democracia, ya que ésta supone la rotación de diversos partidos, de diversos líderes, a lo largo del tiempo. El régimen de Hugo Chávez y los gobiernos latinoamericanos que lo imitan nacieron, al revés de los típicos regimenes militares, de una instancia electoral. También ellos, como Putin, fingen la democracia para llegar al poder pero, una vez en él, regresan a la autocracia en busca de un caudillo o de un zar. Es que el poder lo tiene el pueblo a través de representantes que se suceden unos a otros periódicamente o lo tiene un solo individuo, un solo partido o, incluso, una sola familia. La democracia es una. Sus desviaciones son múltiples. Así lo demuestran Rusia, China y algunos países de América latina, entre los cuales esperamos que nunca se encuentre el nuestro.

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