¿Qué fichas mover? El caso Nisman y su efecto en la campaña

La muerte del fiscal sorprendió a una clase política virtualmente lanzada a la competencia electoral de octubre. Sin embargo, ninguna fuerza ha impulsado cambios de estrategia ni ha podido responder las demandas de una sociedad conmocionada, que desconfía de sus dirigentes
Diego Genoud
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8 de febrero de 2015  

En plena temporada veraniega, la noticia de la muerte de Alberto Nisman sacudió a un país en el cual, pese a lo que indica la ley, la campaña electoral ya estaba virtualmente lanzada. Sin embargo, y contra lo que podría suponerse, en medio de la crisis institucional más grave de los últimos tiempos, los equipos de campaña de los candidatos con más chance de ingresar al ballotage coinciden en admitir que la muerte del fiscal que denunció a la Presidenta no alteró sus planes ni los obligó a replantearse su estrategia electoral.

"Está claro que este episodio no galvanizó a nadie. Generó un efecto de aturdimiento ante el cual la clase política no ha terminado de articular una respuesta correcta. El Gobierno hace lo de siempre: sale aunque sea a pegar trompadas en el aire, pero reacciona. Aunque retrocedió en los sondeos de opinión, esa especie de vacío político que se generó no ha sido ocupado de forma sólida por la oposición. Es una situación inestable", define el politólogo y sociólogo Vicente Palermo. En otros términos: la aparición sin vida del fiscal especial del caso AMIA generó conmoción, pero no llegó a modificar el núcleo de la trama política argentina.

Las encuestas de Management & Fit y de Carlos Fara y Asociados en torno al caso Nisman indican que la enorme mayoría de los consultados descree del Gobierno, pero también de la Justicia y de la oposición. Entre el 67% y el 71% no cree que los culpables por la muerte del fiscal vayan a ser condenados. El trabajo de Fara indica que el 84% opina que la muerte del fiscal afecta la imagen de la Presidenta, y el de la consultora de Mariel Fornoni revela que sólo el 23,5% de los encuestados entiende que la oposición actuó bien políticamente: el 45% cree que lo hizo de manera regular y el 21,6% afirma que lo hizo mal.

"La caída en la imagen del Gobierno se nota sobre todo en Capital y Gran Buenos Aires, y menos en el interior. Pero obtura toda posibilidad del oficialismo de obtener votos por fuera de su núcleo duro y le pone techo a cualquier expectativa de crecimiento", explica Fara y remarca que el deterioro del oficialismo no benefició a ningún candidato opositor. "Cuando la gente ve la política en términos negativos, ve así a todos, oposición y Gobierno. Ante una muerte como la de Nisman, como político tenés que ser cauteloso y eso, frente a una sociedad indignada, tiene gusto a poco."

Primeras reacciones

El principal candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, se esforzó precisamente por llevar al extremo su habitual prudencia. El gobernador bonaerense evitó referirse al tema, pero no replanteó su estrategia electoral: multiplicó los actos en los que mezcla la campaña y la gestión, aunque sin aparecer en los medios ni arriesgar opiniones. En su entorno, sostienen con pedido de reserva que la noticia no lo afectó, tanto porque no tiene responsabilidad alguna como porque sucedió en los días en que Scioli recibía cuestionamientos del gobierno nacional por su visita al Espacio Clarín, es decir, en un momento de mayor diferenciación.

El primer movimiento político que sobrevino a la muerte de Nisman fue la foto que mostró a Elisa Carrió y Mauricio Macri juntos y sonrientes. La muerte del fiscal especial del caso AMIA les dio argumentos a los que, como la jefa de la Coalición Cívica, afirman que la Argentina vive una crisis terminal, y pareció acelerar una decisión que ya estaba tomada. "Aunque a mí no me entusiasme demasiado ese acuerdo, hay que reconocer que Carrió tiene un talento indiscutible para hacer predicciones funestas y no equivocarse", apunta Palermo. "La foto tenía un proceso de seis meses, no tuvo nada que ver con la muerte de Nisman. Al contrario, postergamos el encuentro una semana a causa de la conmoción", cuenta Emilio Monzó, el ministro de Gobierno de Macri, que está a cargo de la campaña nacional de Pro. Con él coincide el diputado de la Coalición Cívica Fernando Sánchez, que sostiene que se trata "casi de un acto de grandeza" frente a la situación de un país gobernado por las mafias.

La paradoja de la foto que Macri y Carrió difundieron a través de Twitter el fin de semana pasado es que le brindó un breve respiro a un gobierno que llevaba casi dos semanas sin poder salir de la discusión en torno a la muerte de Nisman. Benefició al kirchnerismo, pero sobre todo perjudicó al resto de la oposición, que quedó atrás en la carrera por dar golpes de efecto en la campaña. Por eso, los sectores de UNEN que no comulgan con el entendimiento lo consideraron inoportuno. Distinto fue el caso de Ernesto Sanz, el presidente de la UCR, que saludó el acuerdo y ahora postula la necesidad de sumar incluso a Sergio Massa en una gran interna abierta opositora. El senador mendocino está entre los que afirman que el factor Nisman no alteró la campaña electoral. "Al contrario. Lo de Nisman sirvió para ratificar que la mayoría social que en la Argentina quiere un cambio necesita una mayoría política que la represente. Eso no puede surgir de la fragmentación, sino de un acuerdo de gobernabilidad. A partir de Nisman, muchos dirigentes tienen que repensar el poner lo electoral en primer plano porque queda claro que hay una crisis que puede acrecentarse si gana un partido de oposición sin mayoría parlamentaria. Hace falta un gobierno de coalición", dice.

Para Carlos Fara, pese a la dimensión de la crisis desatada por la muerte de Nisman, lo que se observa es la convalidación de tendencias que ya existían: "Todo lo que están haciendo los candidatos está inscripto en la estrategia que traían previamente", asegura. La diputada del Frente Renovador Graciela Camaño, por el contrario, considera que el país cambió después de la muerte de Nisman. "La campaña fue pensada de una manera, pero tras un hecho tan conmocionante, hay que repensarla. Hay que discutir si el Estado argentino va a seguir financiando el espionaje interno o si vamos a tener organismos de inteligencia para combatir el delito." Aunque aclara que no rehúye a la responsabilidad política que tiene la oposición, Camaño sostiene que carecen de las mayorías parlamentarias necesarias para provocar un hecho político de relevancia.

Más allá de la inmovilidad que aún se percibe, políticos y analistas coinciden en que la crisis post-Nisman podría gatillar un doble movimiento a nivel de las estrategias electorales: mientras un sector de la oposición tendería a unirse en busca de una coalición que pueda ingresar al ballottage, los gobernadores del PJ incrementarían los movimientos para despegar las elecciones distritales de las nacionales.

Monzó considera lógico que la Presidenta sea la mayor afectada, pero hace un diagnóstico en el que nadie sale beneficiado. "Para la sociedad que está ajena al ejercicio político permanente, lo que sucede es una responsabilidad de toda la política argentina. El hecho es tan contundente y tan grave que raya el «que se vayan todos». Me parece que el razonamiento de la sociedad es lógico: involucra a toda la política. Los servicios de inteligencia son una responsabilidad, ahora sí, del próximo gobierno."

Por su parte, el politólogo Marcelo Leiras, director de las carreras de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés, afirma que la oposición vuelve a equivocarse porque especula en lugar de arriesgar. "Los veo en la actitud de siempre, más bien conservadora, y el contexto electoral refuerza esa actitud. Pero creo que en el fondo es un mal cálculo. En algún momento hay que tomar un riesgo y no refugiarse en el silencio. Si están hablando, no se los escucha y es responsabilidad de ellos hacerse escuchar."

Leiras considera que la bala en la cabeza del fiscal no puede dejar de interpretarse en el contexto de un proceso de intervención del Poder Ejecutivo en la Secretaría de Inteligencia, más allá de la torpeza del Gobierno en el manejo anterior y posterior a la aparición del cuerpo sin vida de Nisman. Coincide además con los que creen que el problema trasciende largamente al período kirchnerista. "La intervención sobre los servicios fue un tema de la inmediata transición del 83-84, que luego fue abandonado. Se trata de problemas del Estado argentino y sólo en esa escala se van a poder resolver. Si uno piensa que se resuelven con el reemplazo del Frente para la Victoria se equivoca, del mismo modo que uno se equivocaba si pensaba que el final del menemismo iba a terminar con muertes como la de José Luis Cabezas."

En este sentido, la oposición parece seguir concentrada en su batalla con el Gobierno, sin asumirse todavía como potencial encargada de resolver una crisis que muy probablemente heredará la próxima administración.

"La muerte de Nisman decanta sobre discursos ya hechos: el Gobierno culpando a Magnetto, la oposición imaginando una escalada fascista. Refuerza discursos defensivos porque, como nadie cree en el suicidio, el cuerpo de Nisman se disputa y tiñe el ambiente político de un cierto clima de colapso institucional", dice el periodista y escritor Martín Rodríguez. "No imagino un gobierno que promedie su idea de orden (por derecha o izquierda) sin ese enorme recurso/fantasía de controlar la SIDE. El precio de tenerlo es aceptar esa autonomía que ahora se evidencia: una cultura política de espionaje, apriete, plata en negro y operaciones para disciplinar personajes o para el control social."

¿Tiempo de "carpetazos"?

El investigador y docente de la Universidad Nacional de Quilmes Esteban Rodríguez Alzueta sostiene que, desde que regresó la democracia, cada nuevo gobierno, antes que reformar, prefirió incrustar en las filas de la ex SIDE a su propia camarilla porque creía que de esa manera podía manejar la agencia. "Son camarillas que después le sobrevivieron y siguieron operando, amparadas por gobiernos pero también por jueces y fiscales que habilitaban y requerían sus oficios, y legisladores de todas las fuerzas que mantuvieron inactiva la Comisión de Seguimiento y Control, sumado a una legislación que permite a la SI no rendir cuenta de sus gastos reservados en ninguna instancia. Muchos periodistas son funcionales a las operaciones conocidas como «carpetazos», cuando contribuyen a instalar como cierto algo que -luego del recorrido mediático- ya no importa si era falso." Autor del libro Temor y control. La gestión de la inseguridad como forma de gobierno, Rodríguez Alzueta reivindica los avances del nuevo proyecto del Ejecutivo, pero también cuestiona sus retrocesos y remarca que el problema trasciende a la SI como lo muestran las escuchas ilegales de Ciro James y Jorge Fino Palacios en la ciudad de Buenos Aires y la infiltración -revelada en 2013-del oficial de inteligencia de la Policía Federal Américo Balbuena en la agencia de noticias Rodolfo Walsh.

Rodríguez Alzueta critica la falta de acceso a la información y sostiene que el proyecto del Frente para la Victoria confunde la tarea de inteligencia criminal con la de inteligencia policial. "Estas confusiones no son ingenuas, sino tributarias del desdibujamiento que distintos sectores del poder vienen impulsando: el «policiamiento» de las tareas del Ejército y la militarización de las tareas policiales." Desde la Coalición Cívica, Fernando Sánchez impugna al kirchnerismo por haber sofocado durante 12 años cualquier discusión sobre los servicios de inteligencia y las iniciativas para dar de baja los fondos reservados.

Aunque volverá a cambiar de nombre -pasará a llamarse Agencia Federal de Inteligencia- y resignará algunas funciones, la "disolución" de la Secretaría de Inteligencia que anunció la Presidenta en cadena nacional parece lejos de concretarse porque el nuevo organismo preservará el personal y la lógica del secreto que instauró la vieja SIDE. Desde el Frente de Izquierda (FIT), reclaman que se abran los archivos de inteligencia y que se haga un enjuiciamiento de los agentes involucrados en maniobras delictivas. Para una de sus integrantes, la abogada del PTS Myriam Bergman, existe una crisis profunda de la autoridad estatal que converge con el desprestigio de la Justicia, de las policías y de los servicios de inteligencia. "Somos los que más insistimos en develar este funcionamiento de servicios secretos que todos, oficialismo y oposición, pretenden mantener; hablamos con la autoridad que nos da haber denunciado el Proyecto X de espionaje y los infiltrados como el coronel Galeano en las movilizaciones de Lear o el agente Balbuena de la Federal", dice con escepticismo.

Lo cierto es que, más allá de las posturas frente a los servicios de inteligencia, la clase política no parece sentirse especialmente interpelada por la muerte del fiscal especial del caso AMIA. Actitud que contrasta con la de los especialistas consultados, que acuerdan en que la política tiene, más que la oportunidad, la obligación de convertir el caso Nisman en una bisagra. Asumir los desafíos que durante la etapa que se cierra no sólo no se resolvieron, sino que se volvieron mucho más urgentes no es una tarea sencilla porque implicaría partir -antes que de la denuncia- de una autocrítica que incluya las relaciones de connivencia y complicidad -uso y abuso- de la mayor parte de la clase política con las actividades ilegales de los servicios de inteligencia desde el regreso de la democracia.

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