Qué mundo maravilloso

Cae la tarde y sigo dando vueltas alrededor del teclado: me resisto a escribir otra plegaria para un niño dormido que no está dormido, sino que está muerto a orillas del mar Egeo. Un chico de tres años vestido como para ir a un cumple o a su primer día de jardín o a la colonia y que parece dormir una siesta sobre la arena mojada, pero no. Un chico muerto sin asesino a la vista que consiguió, en su despojo, hacernos sentir culpables de su destino. En todo el mundo se llenaron diarios, revistas, redes sociales y estaciones de radio y TV con alitas de ángel, globos de colores, osos de peluche, palabras y más palabras de dolor, indignación, desconsuelo y, también, de retóricas vacías y discursos altisonantes atravesados por la ignorancia. Aylan está muerto, como está muerto su hermano de cinco y como está muerta su madre, y como están muertos desde hace años miles y miles de hambreados africanos que se hunden cada día en ese enorme cementerio marino que es el Mediterráneo. La tragedia que se viene dando desde hace tiempo ante los ojos de Europa se hizo por primera vez título obligado para los medios del resto del mundo, que habitualmente se miran el ombligo. Los hacedores de noticias se sintieron al fin interpelados por el drama de los refugiados que ahora se suman desde Medio Oriente, ahí donde el Occidente que dicta cátedra intervino para llevar la democracia por la fuerza y dejó "la tarea" a medio hacer. Como si esa foto hubiera actuado como una flecha al corazón de la empatía en tiempos de selfies: ese chico que está ahí, muerto, podría ser mi hijo, mi sobrino, mi ahijado, habrán -habremos- pensado. Así de elementales somos.
La muerte de Aylan, que actuó como una bofetada para sacudir la parálisis política de las autoridades europeas, despertó una suerte de mundo ideal donde vemos multitudes húngaras o alemanas o austríacas dejando pasar o recibiendo a los abrazos a los refugiados que hasta recién nomás sólo hallaban retenes y alambres de púas en su largo viaje hacia lo que imaginaban como único puerto seguro para preservar la vida, esto cuando no morían ahogados como reses en camiones atestados que luego abandonaban los traficantes en modernas autopistas de los países prósperos. Los videos y las fotos ahora exhiben imágenes inverosímiles en su felicidad, con hombres, mujeres y niños agotados por la travesía -que en muchos casos incluyó ominosas caminatas maratónicas- recibidos entre aplausos en estaciones de tren que hasta días atrás estaban vedadas o eran bocas de lobo en donde militares y policías se ocupaban de deportar a los indeseables.
Mientras abundan las sonrisas de alivio ante la culpa en lo que parece un mundo maravilloso, con su acostumbrada honestidad brutal la canciller Angela Merkel aclaró los límites de esta moratoria de espíritu conmovido: no quedarán abiertas las fronteras para siempre y serán devueltos a sus países aquellos que no corran riesgo por guerra o persecuciones políticas. El hambre, amigos, seguirá sin ser motivo para pedir asilo. Son entre 150.000 y 200.000 los refugiados que Europa se resiste a absorber desde hace meses pese a que Merkel, como estricta directora de escuela, viene advirtiendo a los diferentes países que el riesgo es la disolución de la UE. Recién comenzaron a ponerse de acuerdo (y se verá cuánto dura la ilusión) a partir de un chiquito muerto en una playa.
Ni antes ni después hubo comunicados por fuera de Europa. Como si nadie tuviera nada para decir sobre esa mayoría que huye de Siria acorralada por una guerra civil que arrancó en 2011 y que desde 2013 vive la embestida anacrónica y salvaje de las milicias fundamentalistas de Ejército Islámico. Sería interesante escuchar a Obama opinar sobre esta estampida y sobre el rompecabezas que aún busca rearmar el presidente Bashar Al Assad. Una hipótesis: tal vez Obama crea que el hecho de que el Papa y Putin hayan obstruido en su momento lo que se veía como una intervención segura de EE.UU. lo liberó de responsabilidades en la caja de Pandora que abrieron sus antecesores en la región. Alguien debería sugerirle que no es necesariamente así.

Entre las imágenes que dieron vueltas por estos días, hay una en especial que me conmueve. Es una foto intervenida de una reunión cualquiera de la ONU, realizada por el artista sirio Wissam Al Jazairy. Ahí se ve a los funcionarios discutiendo cualquier tópico mientras en el centro de la escena Aylan duerme su última siesta, esa que vio el planeta antes de que su padre lo llevara de vuelta a Kobane para darle entierro junto a su madre y a su hermano. Mientras tanto, en el edificio de la 2a Avenida de Nueva York, preparan los asientos y los micrófonos para la próxima asamblea de las Naciones Unidas. El espectáculo de acusaciones, pases de facturas y golpes bajos en nombre de Aylan lo tenemos asegurado. Ya se sabe: la vergüenza no es una categoría usual entre los políticos en casi ningún lugar del mundo.








