
Que no cunda el pánico: tengo regalos para todos
Las tradiciones están para ser cultivadas y mantenidas, y más cuando expresan la cultura de una sociedad. Como es bien sabido, todos los años en Navidad me gusta hacerles regalos a los gobernantes y líderes políticos que trabajan esforzadamente por la grandeza del país. ¿Esos esfuerzos resultan insuficientes? No importa, igual se los quiero retribuir. Llevo casi 15 años premiando intentos fallidos. Mi familia y mis amigos dicen que ya he dilapidado demasiada plata, que esos presentes navideños podrían tener mejor destino; me recordaron que el año pasado le mandé a Alberto Fernández el texto completo de la Constitución y se lo dio a su hijo Francisco para que aprendiera a hacer avioncitos.
Tengo que reconocer que mis obsequios temáticos, de intencionalidad explícita, algunas veces son recibidos con desdén, y hasta he cosechado improperios, devoluciones o ver cómo los tiran a la basura. Yo sigo adelante: con que un solo avioncito vaya a parar cerca de Alberto, y de pronto se entere de algo, el objetivo está cumplido. Ojo, también he tenido éxitos: por la falta de agua corriente que hay en regiones enteras de Chaco, el metamensaje fue regalarle al gobernador Capitanich una canilla: el tipo fue, hizo un acto y la inauguró.
Obviamente, el giro de los acontecimientos tras el golpe institucional perpetrado anteayer por el Gobierno me obligó a repensar la lista que había hecho. La foto de los campeones del mundo que iba a poner en el arbolito de la quinta de Olivos, cosa de que no se quedaran con las ganas de verlos de cerca, ya no tiene sentido; irá una foto, pero de los ministros de la Corte Suprema.
Esa idea me pareció más atinada que la de un lector de esta columna que, después de escuchar que Alberto se vanagloriaba de que bajo su mandato la selección ganó tres copas –la de América, la Conmebol-UEFA (la Finalissima) y la del Mundo–, proponía regalarle una cuarta. “Para que ya nadie dude: es un cuatro de copas”.
No fue fácil decidir qué mandarles a los gobernadores peronistas que sacaron de la cama al profesor y lo incitaron a desobedecer el fallo de la Corte que le restituye fondos de la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires. Llamé a Gildo Insfrán, el emir de Formosa, para pedirle ayuda, y de paso le pregunté si les había costado convencer a Alberto de que cometiera el mayor atropello institucional desde la restauración de la democracia. “No –respondió–. Lo que costó fue despertarlo”. Respecto de los regalos, solo habló del suyo: dijo que le vendría bien un helicóptero para recorrer sus campos, “no porque estén lejos, sino por su extensión”. Siguiéndole la corriente, quedé en que consultaría precios. A los otros 17 gobernadores que suscribieron la declaración de desobediencia les mandé lapiceras, con una particularidad: los cartuchos tienen tinta roja. Señores mandatarios, están firmando con sangre la disolución del Estado de Derecho.
En el caso de Kicillof, junto con la lapicera irá un líquido que borra la tinta: se sabe que con la pluma y la palabra Kichi es un tanto atropellado.
¿Cristina? Siempre es un auténtico incordio, porque lo que quiere o necesita, va y tarjetea. Lo resolví tercerizando el tema. Le encargué la misión a Papá Noel: nadie mejor que él para entrar en una casa cargado de bolsos.
Con Máximo, pan comido. Dijo que arregla directamente con el Papá Noel de su zona, al que le consiguió una gerencia en Aerolíneas.
¿Massita? Uh, peor que Cristina; no es que no le falte nada, sino que va camino de poder comprarse todo. Sí, él y Malena se han vuelto ahorristas compulsivos. Marche un chanchito para ellos; un chanchito que hable inglés.
Con Wado de Pedro estuve inspirado (pero, please, no cuenten nada que se pudre el invento). Contraté a un gran imitador y le hice decir, con la voz de Messi: “Perdón, Wadito, juro que en Ezeiza no te vi. Me hubiese encantado saludarte y hacernos una selfie”. Hoy, el ministro va a encontrar el audio en su celular, mañana bien temprano lo va a postear en sus redes, enseguida llegará la desmentida de Leo, y el país entero se matará de risa. Por fin un kirchnerista nos hará felices.
Scaloni no es funcionario, pero sin duda merecía también recibir algo; una distinción que lo enaltezca: el encargo de formar un nuevo equipo de gobierno.
A Macri lo espera en su arbolito un colorido cartel de bienvenida, porque está de visita en el país.
Lo que me llevó más tiempo fue elegir el regalo para los cuatro ministros de la Corte: Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz, Juan Carlos Maqueda y Ricardo Lorenzetti. Un presente que de algún modo contrarreste el presente griego del Gobierno. Finalmente opté por dejarles, dentro de un sobre, un mensaje sencillo, de una sola palabra: “Perdón”.






