
¿Qué significa ser padre?
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¿Cuál es el deber fundamental de un padre respecto de su hijo? En torno de este interrogante trascendente y esencial giraron, en parte, las deliberaciones del 2° congreso denominado "Proyecto Padres", que se efectuó recientemente en Buenos Aires y permitió arribar a valiosas y enriquecedoras conclusiones.
Hubo un punto de coincidencia tácito al que todos los participantes del encuentro, sin excepción, adhirieron firmemente y es el que emana de la certeza de que el concepto de paternidad supone la gestación de un vínculo que supera ampliamente los límites de la pura funcionalidad biológica.
El congreso, organizado por la Fundación Proyecto Padres, rescató -en principio- una idea básica: la que encuentra puntos profundos de coincidencia entre la figura del padre y la del maestro. En un sentido auténticamente humano, sólo es verdaderamente padre el que enseña, el que forma, el que introduce a un nuevo ser en el mundo con todo lo que esa responsabilidad supone en el plano de la transmisión de conceptos y valores morales.
En efecto, sólo se engendra un nuevo ser cuando se asume en plenitud el compromiso de educarlo y de conducirlo a su mejor destino posible. Como bien se señaló en las conclusiones finales del congreso, el padre que educa y forma a su hijo no sólo cumple con el compromiso de dar vida integral a un nuevo ser sino que, además, extrae también lo mejor de sí mismo: es decir, se conduce también él mismo al mejor y más noble de los destinos. Ser padre es construir una vida nueva no sólo en el otro ser, sino también en la propia conciencia y en la propia dimensión de humanidad de la persona que ejerce la función paternal. La paternidad es, en definitiva, una experiencia que mejora y dignifica a los dos protagonistas del vínculo: al que forma y al que es formado.
Por otra parte, la crianza y la educación de un hijo fortalece la toma de conciencia acerca de la existencia del "otro". Educar implica transmitir una visión del mundo y supone, al mismo tiempo, "poner límites", marcar un "hasta aquí". El padre reconoce en el hijo al "otro" más cercano, al "otro" más entrañablemente ligado a la esfera de sus afectos. Y el hijo reconoce en el padre a su primer "otro": es el ser que le hará sentir que no está solo en el universo.
Pero ese reconocimiento del "otro" tiene que ver con el cuidado, la entrega afectiva y la solidaridad. A veces se concibe la paternidad, equivocadamente, como un vínculo relacionado con la dominación, con la imposición compulsiva y hasta irracional de determinados criterios o patrones de conducta. Asumir la responsabilidad paternal de una manera rígida o deshumanizada significa tratar al hijo como un objeto y no como una persona.
Ser padre, obviamente, es otra cosa. Ser padre es transmitir un modo de ver la vida y fijar pautas y límites de comportamiento. Pero no se trata de transferir esos conceptos de cualquier manera, sino de comunicarlos en el contexto de una relación vital, enriquecida por el afecto y la confianza recíprocas, nunca por la vía del miedo o la intimidación. Cuando el vínculo está ensombrecido por el miedo, lo que nace entre padre e hijo se parece más a un sistema de seguridad que a una experiencia abierta al amor, a la esperanza, al fortalecimiento del espíritu.
A partir de este análisis filosófico y sustancial de la relación entre padre e hijo y de los lineamientos básicos a que debe ajustarse, el 2° congreso de padres se asomó a la consideración de algunos de los problemas más frecuentes que conspiran, en este tiempo, contra un ejercicio sano, libre y fecundo de la paternidad. Analizó, por ejemplo, los conflictos que se generan cuando el divorcio de una pareja pone en crisis al grupo familiar. En ese punto, las conclusiones del encuentro apuntaron a la necesidad de evitar que esa situación conduzca a negarle al hijo el derecho de sentirse miembro de una familia. Es cierto que esa familia será diferente de la que existía antes de producirse el divorcio, pero de ninguna manera puede convalidarse la desaparición del concepto de familia. El hijo, cualquiera que sea la circunstancia que lo envuelve, no debe verse privado del espíritu de pertenencia a un determinado núcleo familiar.
Otro aspecto en el que todas las opiniones coincidieron es el que se refiere a la conveniencia de evitar que los hijos queden situados en el medio de un enfrentamiento o de un choque entre los padres. El hijo debe estar siempre al margen y "por encima" de ese conflicto, pues su formación moral constituye una obligación prioritaria a la que no se debe renunciar.
El congreso examinó, asimismo, cuestiones vinculadas con las adicciones a que pueden estar expuestos los hijos. En ese sentido, se recordó que la palabra "adicción" se forma con la partícula negativa "a", que significa "sin", y el vocablo "dicción", que alude al valor de la palabra. El adicto es, pues, un ser al que le ha faltado la palabra orientadora del padre.
También fueron motivo de debate y de deliberaciones los encuentros y desencuentros entre la familia y la escuela, un tema sobre el cual será necesario volver una y otra vez en esta columna. También se ocupó del papel de los medios de comunicación en relación con la preservación de los valores y de los modelos de conducta que se les proponen a la niñez y a la adolescencia.
Como cierre de las conclusiones del encuentro, quedó flotando una reflexión. Los padres suelen preguntarse unos a otros: ¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos? Sería interesante -se dijo durante el congreso- que los padres se formularan también, de tanto en tanto, esta otra pregunta: ¿qué hijos le vamos a dejar a nuestro mundo?
El congreso "Proyecto Padres" queda como una experiencia fecunda y enriquecedora, que debería ser repetida en relación con otras áreas de la problemática social y cultural de la Argentina.





