Quien dice "crisis"...
Hoy y aquí, no hay palabra más controvertida que la palabra "crisis", y tampoco la hay que sea más acomodaticia, más funcional, más versátil. "El 70 por ciento de los argentinos espera una crisis", tituló días atrás este diario, y la nota que apuntalaba ese diagnóstico hacía referencia a una flamante compulsa emprendida por la consultora TNS Gallup.
Más recientemente, dos artículos publicados aquí el mismo día -en la edición del 24 de mayo-, demostraban que la evaluación de la crisis se presta, de paso, a morboso toqueteo.
Vean, si no: uno recogía la opinión de un economista de Cambridge, para quien la crítica situación de los mercados duraría entre cinco o seis años; el otro ofrecía datos aportados por 1430 altos ejecutivos de todo el mundo a la prestigiosa consultora Bain & Company. Profetas del optimismo, ellos coincidían en que esta crisis, tan espasmódica, ya será recuerdo a mediados del año que viene.
¿Qué deducir? Que la palabra "crisis" tiene alma de "percanta": da para todo, y que los expertos en finanzas deberían concurrir al mataburros para comprobar que la voz "crisis" no es tan funesta, que la Real Academia Española le concede seis ambiguas acepciones y que sólo la séptima, la última, admite que, en tanto oficie de sustantivo, puede vincularse con ciertas complicaciones y dificultades.
Los chinos ven este asunto de muy distinta manera: utilizan dos lindos garabatos para representar el concepto de "crisis". El primer ideograma significa "problema, intríngulis, semáforo amarillo?". El otro alude a "momento oportuno, desafío, encrucijada, ocasión para aguzar el ingenio?".
Para los budistas, toda crisis tiene su lado bueno, ya que propone alternativas de superación personal y/o social, o sea que debe verse como una bisagra que provee el destino. Pero, ¡ojo, cuidado! Esa bisagra chirría, no funciona, si antes no fue lubricada con tres aceites sumamente refinados: la inteligencia, el coraje, la responsabilidad.
En la Argentina, país que sufre crónico estreñimiento y agudas contracturas institucionales, no pocas eminencias del Gobierno y no pocos altos bonetes de la doliente partidocracia -siempre tan dispuestos, unos y otros, a remover el minestrón político y a condimentarlo con el ají del resentimiento- entienden que la palabra "crisis" solo tiene concomitancias de mal agüero e invita a tramar especulaciones más bien pérfidas. A 22 días escasos de la comparecencia popular en los comicios, los menoscabos que padece la democracia y las aflicciones que embargan al sistema republicano obligan a suponer que el lunes 29, producido ya el escrutinio de papeletas, quizá la bendita palabra adquiera exótica resonancia y obtenga una octava acepción, bien criolla.






