¿Quién gana los ballotages?

Alfredo Busmail
juan Andrés Miño
(0)
16 de octubre de 2015  • 10:36

Según los datos de La Borra -la información sobre tendencias electorales más confiable de la que dispone el gran público-, Daniel Scioli se aproxima al 40% de votos, mientras que Mauricio Macri a 28-29%. A poco más de 10 días de las elecciones presidenciales, el interrogante sigue siendo si Scioli logrará la diferencia que le permita consagrarse en la primera vuelta, o por el contrario, habrá ballotage por primera vez en la Argentina. Y en este último caso, si Scioli es capaz de ganar en segunda vuelta o se quedará en la puerta de Balcarce 50.

Es que las reglas electorales en Argentina exigen que los gobernantes tengan un consenso robusto de origen. No alcanza con el apoyo de, por ejemplo, un tercio de los ciudadanos. No al menos en el nivel nacional.

A la espera de que los electores se expresen para resolver esta cuestión, nos propusimos analizar con los datos de Democracia y Elecciones cómo los ciudadanos argentinos procesaron las segundas vueltas en las elecciones provinciales: qué tan frecuente es la doble vuelta en las provincias, y qué tan común ha sido que los resultados de la primera vuelta se reviertan en un ballotage.

La doble vuelta es una regla central de los diseños electorales pluralistas. Como alternativa de la elección por mayoría simple, tiene como propósito aumentar el consenso sobre el futuro gobierno. Los argumentos en favor sugieren que aumenta la legitimidad del ejecutivo porque promueve la superación de una mayoría relativa y amplía las instancias en que los electores participan de la decisión. Al mismo tiempo incentiva la construcción de alianzas electorales y .coaliciones legislativas entre la primera y la segunda vuelta, lo que fortalece la gobernabilidad democrática.

Pero el aspecto estelar –y de mayor debate- de este mecanismo es que puede producir la reversión del resultado inicial. Cuando una mayoría del electorado cree que la opción más votada en la primera vuelta es una mala opción -es decir comparte un "consenso negativo" sobre el primer candidato-, la segunda vuelta electoral permite articular una nueva mayoría e impedir que obtenga la presidencia. En cambio, no altera el resultado cuando el ganador inicial es la preferencia mayoritaria.

Para ejemplificarlo claramente: en 2003 Menem se bajó de la segunda vuelta previendo una derrota aplastante. Si el ballotage no existiera en Argentina -como sucede en Venezuela, México o Paraguay- habría logrado alcanzar la presidencia una vez más, y la historia nunca hubiera conocido a Néstor Kirchner, Cristina Fernández y Daniel Scioli, para alegría de sus críticos y angustia de sus admiradores. La segunda vuelta sigue justamente este propósito, impedir que candidatos con una mayoría relativa pero altamente impopulares, como Menem en el 2003, ganen.

A nivel subnacional el ballotage es una regla poco extendida, pero tenemos algunas experiencias. El debate constitucional sobre cómo acentuar el presidencialismo y aumentar el consenso de los representantes tuvo poco impacto en las provincias, en lo que respecta a la doble vuelta por lo menos. Se introdujo en las constituciones de los nuevos distritos creados en los noventa, Tierra del Fuego y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con la exigencia de una mayoría absoluta de votos para evitar una segunda instancia. En tanto, Corrientes y Chaco replicaron el mecanismo nacional de 45 puntos o 40 más 10 de diferencia, y el resto de las provincias elige a sus gobernadores mediante mayoría simple.

Esto implica que, según la provincia en la que se postulen, algunos candidatos necesitan menores niveles de apoyo que otros para ser gobernadores. De hecho, en las 200 elecciones que se sucedieron entre 1983 y 2015, 34 gobernadores fueron electos por menos de 45 puntos o 40 más 10 de diferencia y solo 8 de ellos efectivamente se sometieron a una segunda vuelta, según las reglas locales. Es decir, si se hubiese aplicado la regla nacional en todas las provincias, uno de cada cinco gobernadores electos hubiese tenido que participar de un ballotage por no reunir el apoyo necesario en la primera vuelta.

Ahora la parte más relevante. Según la experiencia de las provincias en las que hay ballotage, la reversión del resultado no es un fenómeno extraño, aunque no está exenta de problemas: en las cuatro provincias donde está previsto el ballotage fue necesario recurrir a él en 13 de 23 elecciones para dirimir la gobernación, y en 7 ocasiones se revirtió el resultado. Es decir, la mitad de las veces que hubo ballotage, hubo reversión. Sucedió en Tierra del Fuego en 1999, y en 2003, 2007 y 2011, elecciones en las que el peronismo ganó la primera vuelta y perdió en la siguiente. También en los comicios donde resultó electo Aníbal Ibarra en la Ciudad de Buenos Aires (2003), Ricardo Colombi en Corrientes (2001), y Ángel Rozas en Chaco (1995).

En definitiva, las experiencias en las provincias sugieren que en Argentina las segundas vueltas nunca son seguras. El mayor riesgo que enfrenta Scioli en un escenario de eventual ballotage es nuclear un ‘consenso negativo’ que lo deje en la puerta de la casa de gobierno, como a sus compañeros de la provincia del Faro del Fin del Mundo.

Más información en: Bastión Digital

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