
Razones para amar a Barthes
La pregunta que nos hacíamos, hace muchos años, cuando empezamos a leer a Roland Barthes era la misma que nos hacemos ahora para poder hablar de él. ¿Por dónde empezar? Esa pregunta la había formulado el propio Barthes a propósito del análisis estructural, pero tiene ahora un matiz diferente.
¿Por dónde empezar, entonces, en el año del centenario barthesiano? No por el nacimiento, evidentemente, que constituye un punto inicial, pero un punto que todavía no tiene historia. En Roland Barthes por Roland Barthes, él se contó a sí mismo en tercera persona. Para nosotros, en cambio, es incómodo referirnos a él en tercera persona. Para quien haya leído a Barthes con atención, diría con pasión, esa lectura es un acontecimiento personal, que transcurre en primera.
Así lo entendió Luis Gusmán en Barthes. Un sujeto incierto, el libro minúsculo recién publicado por Ediciones Godot. El Barthes de Gusmán, el suyo solo, y también el de su generación, es el que leyeron en los años setenta en la revista Literal. El libro es oportuno no solamente por la fecha; siempre se está a tiempo de crearse un nuevo Barthes a imagen y semejanza.
La materia prima de la literatura (esto es algo que Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo ya nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. Esto lo incluye a Barthes, que nos pide que lo nombremos de nuevo, con palabras que no sean ya únicamente las suyas. La jerga se rige por la imitación; el estilo es una espera, la de que alguien lo traiga de nuevo a la vida reiventándolo. Antes del semiólogo, del crítico o del ensayista, hay que rendirse siempre frente al Barthes estilista. Lo dice Gusmán: "El estilo no es otra cosa que una larga cláusula de la incertidumbre".
¿Pero cuál es aquí mi Barthes? No es generacionalmente el mismo de Gusmán. El mío fue el que conocí, en su momento, en la facultad, por intermedio de Nicolás Rosa y, sobre todo, de Beatriz Sarlo. Me acuerdo de un libro, también mínimo, que Sarlo había preparado para el Centro Editor de América Latina. Se llamaba El mundo de Roland Barthes. Era una antología, pero casi tan reveladores como los escritos seleccionados eran la introducción general y las presentaciones de cada sección. Creo que Sarlo nos debe (¿quién soy para recordar deudas ajenas?) un libro sobre Barthes, del mismo modo que cumplió con los fulminantes Siete ensayos sobre Walter Benjamin.
Después vino la música y el cuerpo -una palabra muy deliberada- de los textos que Barthes le dedicó a ella en Lo obvio y lo obtuso. Vino el amor a quien amaba el piano, el amor a quien amaba a Schumann, el amor a quien amaba la canción de cámara alemana.
La conocida impugnación de Barthes a Dietrich Fischer-Dieskau en el "El grano de la voz", de 1972, toca un punto crucial de la poética barthesiana (incluso aquella referida a la literatura), pero ya antes, en el ensayo "El arte vocal burgués", includio en Mitologías, había impugnado a otro barítono, Gérard Souzay: "Los fraseos de Souzay son destruidos permanentemente por la expresión excesiva de una palabra, encargada torpemente de inocular un orden intelectual parásito en la superficie sin costura del canto".
El matiz se impone en este caso desde el exterior como signo puramente intelectual. Frente al arte con grano (fricción entre la música y la lengua) de su amado Charles Panzéra, Barthes encuentra en Fischer-Dieskau un arte excesivamente expresivo, en el sentido de la dicción deliberada, del rasgo técnico, y por eso mismo puramente cultural: "Lo que en su caso acompaña al canto es el alma, no el cuerpo". Se entiende: Barthes escuchaba en Fischer-Dieskau pulmones en lugar de glotis, dientes, tabiques, es decir, escuchaba una voz emotiva en lugar de una lengua.
Extraña predilección, la del cuerpo, para un melancólico. Pero pienso ahora que esa predilección no es ajena a la pasión por los álbumes, que encuentra en Roland Barthes por Roland Barthes su consumación. Vuelvo a Gusmán: "El álbum es un relevamiento de circunstancias. Es lo discontinuo. Por eso el álbum no tiene la fijeza del retrato ya que su género admite siempre una hoja más que se desplaza, o se agrega al azar."
Acaso en ese álbum, Barthes encontró de un solo golpe la superación de la novela y del ensayo.






