
Razones para decir no a la guerra
Por Ferruccio de Bortoli Para Corriere della Sera y LA NACION
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MILAN
¿Cuál será la postura del Corriere della Sera el día, esperemos que no llegue, en que estalle la guerra? En los conflictos precedentes nos pronunciamos a favor de la vuelta a la legalidad internacional, violada con la invasión de Kuwait (1991); estuvimos de acuerdo con la intervención en Kosovo de 1999 y apoyamos la guerra en Afganistán contra los talibanes cómplices de los terroristas de Al-Qaeda en 2001. Es innegable que el uso de la fuerza, legitimado por las Naciones Unidas, ha sido un bien para la humanidad. Los pacifistas de entonces deberían pedirles la confirmación de esto a los ciudadanos kuwaitíes, a las mujeres afganas y a las minorías étnicas de los Balcanes. Nadie puede decir que se estaba mejor cuando se estaba peor, por ejemplo con el carnicero Slobodan Milosevic o con los degolladores de Kabul.
Hoy la cuestión es distinta. El 12 de septiembre de 2001 escribí un editorial con este título: "Todos somos norteamericanos". Y todavía lo seguimos siendo, porque la trinchera es común. Pero serlo no significa renunciar a las críticas y a las dudas. La amistad está hecha de lealtad, no de fidelidad pasiva. Europa debe encontrar la fuerza (intelectual), además de la unidad política, que le permita reforzar su vínculo con Estados Unidos. Incluso en la disparidad de ideas. La uniformidad de las opiniones y la irritación por las dudas de conciencia no hacen más eficaz la lucha contra el terrorismo. Al contrario. Los norteamericanos están en guerra (y frecuentemente nosotros los europeos nos olvidamos de esto), se sienten seriamente amenazados por el terrorismo, por primera vez han sido atacados en su territorio y han tenido tres mil bajas. Pero desagrada leer juicios demasiado autoritarios y despreciativos sobre la indecisa Europa. Por desgracia, la postura antieuropea crece a la par de ese antinorteamericanismo servil que siempre hemos condenado y que es fruto de la vieja Europa desmemoriada y desagradecida. El Atlántico es más ancho.
Nuestro no a esta guerra es, ciertamente, expresión espontánea de esos interrogantes que desgarran la conciencia de todo ciudadano. Ningún italiano, creemos y esperamos, ama la guerra o entrevé en ella una posible ventaja. Estamos con la paz pero no somos pacifistas en un único sentido (ni con George W. Bush ni con Saddam Hussein) o por pose (qué tristeza leer que para La Civiltˆ Cattolica las violaciones de las resoluciones de la ONU de Irak y de Israel son lo mismo). Pero nuestro no es también un no racional, dentro de lo posible.
Y no porque las pruebas contra Bagdad todavía no sean convincentes. Quizá ni siquiera sirvan. ¿Hay alguien que dude de la amenaza que significa un régimen que ya ha empleado armas químicas contra opositores y kurdos? No. La realidad es que la guerra preventiva es el producto, peligroso aunque comprensible, de la nueva unilateralidad norteamericana y, sobre todo, no está inscripta en el sistema aceptado de las reglas internacionales. Así, mientras se buscan las pruebas contra Irak, surgen bien evidentes las pruebas contra Corea del Norte, que llega hasta a amenazar con atacar a los mismos Estados Unidos. La guerra preventiva corre el riesgo de convertirse en una guerra continua. Después de Irak, ¿le tocará el turno a su vecino Irán, que en pocos años tendrá la bomba atómica? ¿Y qué hacer con Siria que considera patriotas a los kamikaze?
¿Estamos seguros de que una presión internacional constante, una inspección prolongada, una vigilancia férrea (con empleo de cascos azules, como piensan París y Berlín) no obtendría, para la seguridad y para la lucha contra el terrorismo, mejores resultados que un conflicto de consecuencias imprevisibles, especialmente en los países árabes limítrofes? ¿Es la guerra continua la herencia que les dejaremos a nuestros hijos en un Occidente más dividido y, por ende, más vulnerable? ¿Es éste el mejor modo de dialogar con los árabes moderados? ¿Y, sobre todo, con los jóvenes de aquellos países, que serán las clases dirigentes de mañana, para convencerlos de que Occidente es libertad, democracia, que respeta y se hace respetar, y que usa la fuerza sólo cuando se lo obliga a hacerlo?
El autor es director de Corriere della Sera .





